Silvia Avelina Nava Nava

Cargo: consejera social por
Tlaxcala ante el Instituto
Nacional de las Mujeres.
Estudios: TURISMO, TÉCNICA EN
BIBLIOTECONOMÍA, CIENCIAS
POLÍTICAS, TEMAS SOBRE GÉNERO
Y DERECHOS HUMANOS
Estado civil: soltera
Edad: 59 años
Hijos: hijos biológicos no,
afectivos muchos

Silvia Avelina Nava tuvo una niñez marcada por muchísimas responsabilidades; eso la ha orientado a reconocerse a sí misma como producto del esfuerzo personal y, al mismo tiempo, afortu­nada. Su principal reto ha sido ser por sí misma y es de ahí de donde parte para reconocer a aquellos y aquellas que pueden acompañarle.

Nava Nava es una mujer estudiosa. Hoy nos permite acercarnos a conocerla a través de sus respuestas a esta entre­vista donde nos guía por una impronta esencial en su vida: el esfuerzo.

Actualmente se desempeña como consejera social por Tlaxcala ante el Instituto Nacional de las Mujeres; es ella la primera consejera que Tlaxcala tiene en los veinte años de esa dependencia federal.

—¿Cómo se siente donde está ahora?

—Profesionalmente, creo que soy muy afortunada, porque, pese a las circunstancias desiguales en que la mayoría de las mujeres que somos producto del esfuerzo personal que hacemos, he tenido la oportunidad de remontar los obstáculos y modificar los estereotipos. En lo personal, soy una persona plena; soy mujer ple­na, tranquila, satisfecha. En lo que respecta a mi desarrollo personal y social, estoy satisfecha. Creo que finalmente he logrado desarrollar un trabajo que me permite sentirme satisfecha del esfuerzo, pero también que, probablemente, me decía una amiga, que soy útil a la sociedad.

—¿Qué extraña de su niñez?

—La inocencia, los sueños. La niñez no fue una etapa muy tranquila para mí, fue una etapa de muchísimas responsabilidades. Hay algunas co­sas que extraño, pero la mayoría, si tuviera la oportunidad, me gustaría cambiarlas de manera significativa.

—¿Ha sido difícil ser mujer?

—Sí, yo creo que sí. No ha sido difícil serlo biológicamente, sino que ha sido difícil desempeñarse y conservar tu esencia de mujer en un mundo donde, por un lado, se exalta la feminidad con base en los estereotipos, y por la otra se descalifica, se castiga y se violenta el ser una mujer autónoma. Eso ha sido complejo.

—¿Cómo la ha acompañado la violencia en su vida?

—Siempre. Toda la vida. Lo que más hemos tratado de combatir en la época o en las épocas recientes es la violencia física, la psicológica y un poco la cultural, pero está la económica, la sexual, la institucional, la política, en cualquier momento y en cualquier etapa de tu vida, está la política, no solo por competir para un cargo o en una elección. La política es una cuestión que permea todos los ámbitos de la vida y creo que por eso decidí cursar la carrera de Ciencias Políticas.

—Como mujer, ¿cuál ha sido el mayor reto en su vida?

—¡Ser yo misma! Siempre que tú quieras ser por ti misma es difícil. Recuerdo que cuando era muy jovencita me decía alguien: “Y tú la verdad, como decían, la neta, la neta del planeta, ¿qué quieres? Ah, pues yo quiero vivir de mi trabajo, de mi propio esfuerzo”. Y me decían: “Nooo, pues sí quieres muchísimo”.

Creo que en mi caso particular el reto está superado. Está asumido como una cuestión que decido yo, pero que también tiene costos per­sonales, si quieres ser por ti misma, vas a tener que construir por ti misma y asumir que las relaciones de apoyo generalmente son relacio­nes de establecimiento de valores entendidos. Entonces aquí lo que se cambia es la aplicación de los valores por el esfuerzo y relaciones igualitarias, lo cual es sumamente complejo, porque entonces los seres humanos y particularmente entre mujeres y hombres se busca la dependencia y cuando no tienes esa dependencia y rechazas ese rol, entonces eres una mujer peligrosa.

—¿Quiénes son sus aliadas o aliados en este proceso de ser mujer?

—Las mujeres y los hombres trabajadores, que comparten al igual que yo su convicción de que podemos ser por nosotros mismos y que los estereotipos y los niveles establecidos, si bien son una forma de relación en ciertos grupos socia­les, no necesariamente son los que deben prevalecer al interior de las relaciones humanas.

—¿Cree que la situación ha cambiado para las mujeres?

—Sí, yo creo que ha cambiado. No que sea satisfactoria, pero sí ha cam­biado. Estamos aquí, en otra época; en otros siglos esto hubiera sido impensable, las mujeres hubiéramos sido verdaderamente rechazadas por desarrollar una labor periodística, por mostrar estos tipos de mujeres más plenos, más autónomos.

—Desde su entorno, ¿qué conside­ra que hay que hacer para que las mujeres tengan equidad?

—Yo diría igualdad, porque la equidad en términos del significado de la palabra significa darle a cada uno y cada una lo que necesite, entonces, eso puede ser subjetivo desde el punto de vista de alguien que te quiere ayudar, pero no te reconoce como igual. Entonces lo que necesitamos es reconocernos como diferentes, pero iguales y en ese sentido, no necesitamos que nos den lo que alguien piensa que requerimos. Necesitamos que nos reconozcan y se comporten como iguales y si no es así, nosotras en este caso tenemos que marcar la nueva forma de relación.

—¿Se arrepiente de alguna decisión?

—Creo que sí. Pero no que me arrepienta estrictamente, sino creo que la madurez es muy importante, y que a veces debemos aprender a escuchar a los demás, no solamente a los que nos rodean, sino a los críticos más rudos que nos encontremos, con creatividad, con un rigor de recuperar lo positivo. Eso creo que sería lo más útil. A veces los sueños nos cuestan caros, eso sería lo que pienso, pero no tienes elección. O luchas por ser algo, por ser alguien, por tener un camino en la vida o te conformas con lo que decidan los demás y, en este caso, yo no lo quise, quise ser por mi propio esfuerzo.

—¿Cuál es la mayor virtud de las mujeres?

—Tenemos muchas. Dicen algunas que nosotras estamos educadas con mayor solidaridad, no todas, pero sí tenemos un poco más de visión solidaria, un poco más de visión social que muchos de los varones.

—¿Y el mayor defecto?

—La sensibilidad o sensiblería con la que nos educaron y la que a veces, para muchas es cómoda.

—¿Cuál es su palabra favorita?

—No lo había reflexionado, pero es ¡vamos a hacer las cosas!.

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