Tras los pasos de Xochitiotzin – Cuauhtlatohuac Xochitiotzin Ortega.

A finales de Enero, el Congreso del estado declaró a 2022 como el Año del Centenario de Desiderio Hernández Xochitiotzin. De esa manera, los legisladores buscan rendir homenaje al tlacuilo que se dio a la tarea de investigar sobre la historia de Tlaxcala y luego llevar ese relato hasta los muros del Palacio de Gobierno.

Los murales de Hernández Xochitiotzin retratan los testimonios de numerosos cronis­tas, que abundaron sobre parte de la historia de Tlaxcala.

Testigo directo de esa labor fue Cuauht­latohuac Xochitiotzin Ortega, parte de la numerosa descendencia del pintor y cronista. En esta entrevista, da cuenta del minucioso trabajo desarrollado por su padre, un hombre de profundas creencias religiosas, tradiciona­lista en su trazo y en el discurso pictórico que desarrolló en su principal obra.

A través de la memoria de Xochitiotzin Or­tega nos asomamos a la personalidad de un personaje singular en la vida de la entidad.

¿Qué significa su nombre?

—Mi nombre, Cuauhtlatohuac, es el nombre original de Juan Diego, a quien se le apareció la virgen del Tepeyac. El significado de mi nombre, textualmente traducido al español, es «El que habla como águila». La interpretación de las personas que aún hablan náhuatl sería «El que habla con voz de verdad»

—¿Cómo está conformada su familia?

—Mi familia se conforma, primeramente, con la unión de mi señor padre, el maestro Desiderio Hernández Xochitiotzin, y mi señora madre, Lilia Ortega Lira de Xochitiotzin, y una serie de diez hermanos en total (siete varones y tres mujeres), de los cuales todos, o al menos la mayoría de nosotros, tenemos nombres prehispánicos: mi hermano mayor, de nombre José Guadalupe, en honor a la virgen Guadalupe, quien posterior­mente hace llamarse Cuicatzin; después siguen mis dos hermanas Xóchitl y Citlalli.

De ahí sigue mi hermano Xicohténcatl, que es sacerdote; luego Motenehuatzin, quien actualmente vive en la Ciudad de México. Mi otro hermano, que también es sacerdote, Ne­zahualcóyotl, y luego sigo yo, el séptimo de la familia, Cuauhtlatohuac. Detrás de mí siguen mis hermanos Topiltzin y Tecayehuatzin, y finalmente mi hermana Cicueltzin.

Todos tenemos nombres prehispánicos, sobre todo, por el cuidado que tenía mi papá de seguir con la tradición familiar de resaltar la cultura tlaxcalteca a través del uso del náhuatl, lengua nativa de Tlaxcala, en nuestros nombres, misma acción que llevó a cabo para consigo mismo; debido a que su apellido paterno era Hernández, él de alguna manera pensó que el apellido materno Xochitiotzin era el que debería perpetrarse.

De hecho, en Europa lo empezaron a co­nocer como Xochitiotzin y a su regreso todos comenzaron a llamarle “El maestro Xochitiot­zin”. De modo que a todos nosotros nos coloca nombre prehispánico y el apellido también, aunque todos nosotros debimos haber tenido por apellidos Hernández Ortega, él decidió hacer arreglos con el juez para po­der implantar en todos nosotros el mismo apellido que él y así todos nosotros pudiéramos ser reconocidos de manera pública como sus hijos.

El Hernández se comprimió únicamente a la H, con lo cual mi padre bromeaba más tarde, diciendo que la H. era por honorables.

—¿Cómo ve la decisión que su padre tomó en ese momento?

—A mi manera de pensar es una decisión muy buena. Debido a que con los apellidos Hernández Ortega no nos sentíamos muy identifica­dos con él. Lo cual le preocupó y decidió darnos la oportunidad de seguir con el legado Xochitiotzin. Este apellido es muy antiguo y sobre todo con gran tradición prehispá­nica. Mi padre, siendo un hombre muy apegado a la tradición cultural mexicana-tlaxcalteca, se preocupó en ese sentido y nos hereda a su vez esta manera de pensar.

—¿Dónde nació su papá?

—Mi padre nace en San Bernardino Contla, específicamente en el barrio de Tlacatecpa, barrio muy antiguo de Contla Tlaxcala. Nace el 11 de febrero de 1922. Para esas fechas la familia de mi papá estaba viviendo en Puebla, pero semanas antes del parto mi abuela pide regresar a Tlacatecpa y ahí es donde tiene a mi papá. En ese lugar todavía existe una casa donde se encuentra una placa, donde se especifica que ahí nació mi padre.

—¿Ahora, usted específicamente, cómo recuerda su niñez?

—Hay varios aspectos, pero tomaré como punto de partida mi niñez en relación con mi familia. Mi ni­ñez rodeada de mi familia era muy interesante en el sentido de que teníamos un padre que la mayoría del tiempo se la pasaba trabajando (tenía conferencias, clases, entrevistas, platicas, asesorías); era una persona muy activa. Pero los momentos que podíamos compartir con él, era para empaparnos de historia.

Durante las horas de comida, él hablaba siempre de historia, hechos históricos como acerca de los revolucionarios, la historia de Tlaxcala, anécdotas históricas. Al principio era como que muy empalagoso el hecho de escuchar siempre las mismas historias, pero ya con el tiempo empieza uno a absorber conocimientos y, sobre todo, a valorar realmente lo que nos platicaba.

En otro sentido, los hermanos, como éramos muchos, estábamos como jerarquizados en lo que eran las élites familiares: los tres hermanos mayores eran los que tenían la vara alta, por decirlo de alguna forma. Eran los que mandaban; luego los tres siguientes, quienes también tenían una gran influencia; y los últimos tres, quienes teníamos que hacer todo y seguir las ordenes de los hermanos mayores, aunado a las ordenes de mis padres.

Con el tiempo eso fue cambiando, al surgir en nosotros la necesidad de aprender y poder compartir con mi padre un diálogo que resultara enriquecedor en cuestión de cono­cimientos históricos, propiamente. Es como pudimos dirigirnos con él directamente y ya no a través de los hermanos mayores, quienes llevaban la batuta de todos nosotros.

Mi padre era una persona muy parca, en el sentido de que era muy serio con sus hijos, nosotros como hijos lo veíamos trabajar. Pero no era lo mismo ver al señor trabajar allá en los murales o verlo trabajando en el caballete cuando sabías que ese era su espacio sagrado, al grado de que si llegabas a hablar o interrumpirlo, se molestaba muchísimo.

A mí de pequeño me gustaba mucho sentarme en una silla pequeña, cerca de donde él estuviera trabajando, a ver cómo pintaba. Sabía que no tenía que estar de pre­guntón o hablando, porque eso le molestaba, a menos que él me preguntara algo es como podía hablar. Era muy interesante ver cómo de los lienzos blancos empezaban a aparecer colores y figuras; era impresionante para mí, porque la creatividad que él manifestaba era algo muy importante. Sobre todo, me daba curiosidad cómo creaba las cosas, pues no cualquiera tiene la facilidad de crear cosas de la nada.

Cuando me daba la oportunidad de hablar, yo le preguntaba: “¿De dónde sacas esas figuras? ¿Cómo sabes que ese personaje debe de llevar esa ropa?”. Él contestaba: “Hay que estudiar, usa la biblioteca, su biblioteca era de unos 15 mil libros, aproximadamente; busca ‘x’ o ‘y’ libro, y ahí están las formas de la vestimenta. Me decía el lugar donde estaba el libro y en algunas ocasiones la página exacta en donde podía corroborar lo que él me decía.

Me sorprende la capacidad mental que tenía. Recuerdo bien una anécdota que nos contaba: cuando fue chico nunca tuvo los recursos económicos suficientes para comprar libros de un solo tajo; lo que hacía era irse a la Ciudad de México y en la calle Donceles, que era donde estaba la mayoría de tiendas de libros, caminaba y se metía a la tienda número dos, por ejemplo. En esa tienda buscaba el libro, no sé, La historia de Tlaxcala, y lo empezaba a leer ahí mismo, dentro de la tienda, hasta que los vendedores se percataban de ello y lo corrían porque obviamente debía comprar el libro para poder leerlo.

Lo que él hacía era memorizar la página del libro, salir de esa tienda, caminar un poco más y entrar en otra, donde preguntaba por el mismo ejemplar para retomar la lectura en la página que se había quedado. Así de tienda en tienda, recopilando información que memorizaba sin necesidad de adquirir el libro. Eso en verdad me sorprendía y me resulta muy interesante.

—¿Usted recuerda cuál fue la plática de cómo él empezó a involucrarse con esto de los murales?

—Recuerdo que al respecto mi padre

siempre le dio el crédito a Miguel N. Lira. Él nos llegó a mencionar que en cierta ocasión N. Lira lo citó y le preguntó “¿Por qué no pintaba un cuadro acerca de la grandeza de Tlaxcala?”. Entonces él se propuso a hacerlo. Pero al momento de em­pezar a investigar, recopilar datos y apoyándose de historiadores de la época, se percató de que la historia de Tlaxcala es muy amplia. De todo lo que había recolectado se dio cuenta de que un solo cuadro no era sufi­ciente para plasmar la grandeza de Tlaxcala. De modo que se empezaron a hacer los movimientos culturales con el gobernador de esa época y se creó el proyecto para comenzar los murales del Palacio.

En el Palacio de Gobierno de Tlaxcala capital podemos percatarnos de que la parte inferior, donde uno camina normalmente, es la primera época (prehispánica). Muchos de los aspectos de esos murales de la parte baja, mi padre nos platicaba que tenían que ver con la época antigua, pero no como se es concebida en los libros. El investigó por cuenta propia, la situación histórica vista desde los tlaxcaltecas; también investigó la forma en que se pintaba en la época antigua. Y aquí sucede algo curioso, cuando él ya estaba trabajando en los murales de Palacio de Gobierno, en 1973-75 aproximadamente, se descubre Cacaxtla.

Mi padre acude a observar los murales que están en Cacaxtla y los compara con su trabajo. En ese mo­mento se da cuenta de que no estaba tan equivocado con la estética antigua y la que él estaba trabajando. Si puedes ir y visitar el Palacio de Gobierno, te darás cuenta de que los murales de la planta baja están realizados con una paleta de colores al estilo prehispánico. Y si posteriormente visitas Cacaxtla podrás percatarte de que la similitud en ambos murales en cuanto a colores, estilos y trazos es muy similar. Lo que mi padre quería lograr con ello es que, al observar su mural, realizado con esa paleta de colores similar a la de Cacaxtla, la gente pudiera tener esta unificación visual y estética con el mundo pre­hispánico que nos antecede.

—¿Qué es lo que más le impactaba del trabajo de su padre?

—Aparte de la manera en cómo creaba las figuras y cuál era la concepción de las piezas. Me impactaba su manera de adentrarse a lo histórico. Él tenía mucha inquietud en el querer rascar más allá, es decir, dentro de lo que es la pintura de caballete o mural.

Él buscaba que no solo fueran pinturas y ya, sino que estas tuvie­ran un trasfondo importante, pero desde el mundo antiguo. Todas las composiciones o trazos que hacía siempre tenían una estructuración detrás. No nada más se trataba de pintar por pintar; de alguna manera lograba fundamentar sus pinturas. Al igual que un arquitecto construye una casa, para que esta se mantenga en pie durante mucho tiempo, necesita de buenos cimientos. Detrás de una obra mural o pictórica, también. Lo que él hacía era contemplar los ele­mentos geométricos detrás de cada una de sus obras. Para así lograr hacer de ellas algo atractivo y balanceado (con centros, laterales, profundidad). Todo eso a mí me cautivaba y llamaba mucho mi atención, porque había cuadros que él hacía, los cuales tenían esa magia muy peculiar. Cuadros que daban una impresión gráfica, la cual parecía ser mística, que cuando uno los ve detenidamente, la impresión que te dan de inmediato parece ser de algo sagrado.

—¿Cuál fue la forma en que se in­volucró directamente con el arte de su padre?

—Comencé ayudando a mi padre a hacer diplomas que instituciones públicas y privadas le encargaban. De más pequeño solo me dejaba ayudarle con la elección de pieles donde se plasmaría el contenido del diploma. Mi padre era de la idea de que es el padre de familia el único que ha de encargarse del sustento económico de la familia. Sin embargo, yo realmente sentía feo el ver que eran las 2 de la mañana y él seguía trabajando. Me comencé a acercar más a él y demostrarle que era capaz de ayudarle a hacer un diploma casi igual a los que él hacía. Tiempo más tarde, cuando finalmente logré convencerlo, me dejó ayudarle con la elaboración de las letras. Nos alternábamos él y yo; mi tarea era hacer todo lo que eran letras y él se encargaba de hacer todos los ornamentos laterales (el arte verdadero). Él ponía la firma y, sobre todo, él cobraba. Con el tiempo ya comenzó a darme una pequeña parte del pago.

Posteriormente, comencé a ela­borar también los ornamentos de los diplomas, o sea, trabajar las tintas en colores sobre la piel, que es muy difícil de trabajar. Los clientes de mi padre se comenzaron a percatar de que alguien más hacía los diseños de escudos dentro de los diplomas y comenzaron a contactarme. Hice escudos de Tlaxcala y Puebla.

Tiempo después me contacta­ron para realizar un escudo para el Museo Hidromineral. Me puse a trabajar el escudo de Tehuacán, que es la embotelladora Peñafiel. Cuando lo terminé, se lo mostré a mi padre para que me diera el visto bueno, pero todo me lo deshizo corrigiendo cosas que no debían de ir en el escudo. Así sucedió de tres a cuatro veces, hasta que logré el escudo adecuado y lo aprobó.

Con el tiempo estas mismas personas me dicen que en el mismo museo van a querer un mural con la historia del agua de Tehuacán. Hice maquetas con dibujos, como aprendí en la escuela cuando cursé la licen­ciatura de arquitectura y les entregué el proyecto, con maquetas y dibujos, a los gerentes de la embotelladora. También les entregué un libro con las pinturas que se encuentran en el Palacio de Gobierno, a manera de persuadir a los gerentes con que el mural quedaría con esa misma calidad estética. Claro que fue una mera presunción de mi parte en esos momentos, porque yo nunca había realizado un mural.

Dos semanas después me contactan los gerentes para que decirme que sí se va a realizar el mural, fijamos costos y todo. Pero al final, me dicen que quieren que sea mi padre quien lo pinte. Evidentemente dicha no­ticia me cayó como balde de agua, porque el autor iba a ser yo. Le tuve que decir a mi papá para que me apoyara en el proyecto, a lo cual tardó en acceder. Pero finalmente decidió pintar el mural y asesorar­me en el proceso. Yo creí que sería demasiado fácil pintar un mural, lo veía todo el tiempo pintar, sin embargo, estaba muy equivocado. La forma en que pintaba mi padre era un proceso sumamente complejo y detallado, con lo cual conseguía ese nivel estético en todas sus pinturas. Tardamos un año y nueve meses en terminar el mural de Tehuacán.

—¿Fue el único hijo que se interesó por el muralismo?

—Sí, porque es algo muy complejo. Y yo veía que mis hermanos tenían inclinaciones diferentes y formas de pensar distintas. Yo desde pequeño me interesé por el dibujo al ver a mi padre pintar, aunque no sabía dibu­jar. Eso me trajo algunos problemas en la escuela, porque me decían: “¿Cómo es posible que siendo tu papá Desiderio Xochitiotzin, tú no sepas dibujar?”. Entonces tienes que empezar a hacer algo, en este caso, quise empezar a intentar dibujar. Pero no es tarea fácil, como todo arte, es algo que debe ser cultivado y reforzado día a día en la práctica. Recuerdo que mi padre al estar siempre ocupado, con diferentes labores que realizaba, no tenía tiempo de enseñarme. Tampoco hice el intento de pedírselo, pues siempre lo veía ocupado. Así que lo que hice fue empezar a dibujar por mi cuenta. En una cierta ocasión, en mi habitación tenía una mesa en donde solía dejar mis dibujos.

Un día llego de la escuela y veo que mi papá tiene en su escritorio todos mis dibujos. Y me dice: “En­contré esto en tu mesa, a ver, ven para acá”. Me dirigí con él y con un plumón de tinta permanente que tenía, empezó a rayar mis dibujos haciendo muchas correcciones y diciéndome: “Este árbol está mal estructurado, esta perspectiva ni siquiera existe”. Yo quedé sorprendido y a la vez molesto porque nunca le pedí que me enseñara; sin embargo, mi padre a pesar de ver mis expre­siones siguió rayando todos y cada uno de mis dibujos.

Con el coraje y la sorpresa le dije: “Bueno, Okey, está mal todo. Ahora dime qué es lo bueno, para partir de ahí y perfeccionarlo”. A lo que él me contestó: “Lo mejor de todo esto, hijo, son tus hojas en blanco”. Me enojé muchísimo, porque pensé que no tenía sentido lo que estaba haciendo. Sin embargo, no dejé de dibujar y ahora tomé precauciones: cerraba mi cuarto con llave. Pero de todas formas mi padre consiguió la forma de meterse a mi cuarto, con su propia llave y lo volví a encontrar con mis dibujos, haciendo exactamente lo mismo, rayando todos mis dibujos.

Me daba mucho coraje el hecho de que una gran persona como mi padre me dijera: “No sirve lo que estás haciendo”. Pero no dejé de hacerlo, llegó la ocasión en que estaba yo dibujando un águila que me estaba gustando muchísimo, de hecho, aún la tengo. Un día llegué de la escuela y lo vi con mis dibujos nuevamente; el águila estaba hasta debajo de todos. Entonces empezó a rayarlos. Cuando agarra el águila, lo detengo y le digo: “¡Espera, espe­ra!”, a lo que él me contestó: “¿Por qué? Esta águila está mal dibujada, tiene los ojos mal, el semblante está chueco”. Y le dije: “¡No! Esta águila me gusta. Es mía y así la quiero”.

Mi padre me dijo: “¡Hasta que por fin te diste cuenta! Tú eres el único que debe defender tus cosas, tus dibujos, porque nadie más lo hará por ti”. Era una manera muy especial de enseñar­me. Me daba coraje, en efecto, pero no me percataba de que también me estaba enseñando, a su manera, claro. Me enseñó entonces que si el día de mañana el maestro ‘x’ de gran talla me dice: “Es que tu obra está mal”. A mí no me ha de importar, porque es mía y es lo que sé hacer. Pintar esto es lo que a mí me da alegría. De esta manera empecé a tomarle un cariño diferente a una persona como él. Su forma compleja de vivir era muchas veces silenciosa entre la gente.

—¿Qué significa para usted ser hijo de Desiderio Hernández?

—Es algo muy honorable. No es lo mismo llegar y decir, mi padre es, no sé, “Juan Pérez” sin demeritar. A mi padre lo vi muy accesible, muy sereno, sencillo y por lo mismo diría: “Si él fue tan sencillo y tan humilde con la gente ¿quién soy yo para andar con una bandera diferente?” Es un gran orgullo que Desiderio sea mi padre, una persona que trabajaba todo el tiempo (no por necesidad u obligación) por mero amor a su tierra tlaxcalteca. Mi padre no fue conocido solo en Tlaxcala, hay que reconocer que fue un personaje realmente grande, importante e influyente.

—¿Ahora a sus 52 años hacía dónde va dirigida su obra con todo este aprendizaje que le dejó su papá?

—Tiene varias vertientes, una de ellas es cumplir una tarea que mi padre dejó inconclusa. Los murales de Palacio de Gobierno están incon­clusos. En la parte de las escaleras falta una sección que es cuando él enferma y ya no puede terminarla. Entonces por un lado sería concluir ese fragmento. Y, por otro lado, es despegar lo que es mi trabajo artístico del trabajo de lo que es el maestro. Porque muchas veces es para mí honor, claro que sí, pero llego hasta cierto punto de decir: “Me estoy haciendo la caravana con un sombrero ajeno”. No sería algo digno hacer eso. Por otro lado, sería entonces, crear mi propio nombre, en el sentido de mis proyectos, mis trabajos. Así que realicé un nuevo procedimiento plástico al que le llamé “fresco real transportable”. Es un procedimiento igual que el de un mural pintado al fresco, pero en un soporte movible. Entonces en lugar de que te dirijas a una institución a pintar un mural, tú puedes pintar esos murales en soportes especiales y darles un cierto matiz de antigüe­dad con procedimientos naturales. Lo que se llama una meteorización natural. Esto se hace dejando las piezas trabajadas en exteriores por un periodo de tiempo (sic) y esto hace que la obra empiece a deterio­rarse de manera natural. Entonces todo lo que yo he aprendido de mi padre quise plasmarlo en estos nuevos procedimientos, los cuales han dado buenos resultados. De hecho, hay piezas que se han llevado a Alemania, hay otras que están en Austria y Barcelona.

—¿Qué cree que le diría ahora su padre?

—Yo creo que me diría lo mismo que me dijo cuando ya estaba enfermo: “Estás empujando fuerte”. Recuerdo que cuando ya estaba muy enfermo, él me pidió un favor. Tenía un cliente que le había pedido un cuadro, pero ya no podía pintar de la misma ma­nera, porque sus manos ya estaban muy mal. Así que me pidió terminar el cuadro en su lugar, ocupando el mismo estilo que ocupaba él en to­das sus obras. A lo cual accedí sin problema alguno. Él me proporcionó el lienzo y los materiales para llevar a cabo el cuadro con el cual se había comprometido a entregar. Se trataba de pintar la guerra de los tlaxcaltecas contra los texcocanos.

Empecé a pintar el cuadro y re­cuerdo que cuando estaba a punto de terminar, soñé que a los tres días de entregarle el cuadro terminado a mi padre, él moría. Entonces pensé en no terminar el cuadro, o al menos postergar su entrega, por miedo a lo que había soñado. Después de tres meses de aplazar la entrega del cuadro, sucedió lo que tanto temía. Llevé el cuadro a mi padre y, en efecto, justo tres días después, muere. Lo que hice después de eso, fue rastrear al señor del cuadro y decirle: “Te pinto lo que quieras, no me pagues nada, pero devuélveme el cuadro por favor”. Por fortuna, el señor aceptó. Me pidió que pintara a su madre o algo así, nada similar a lo que le habíamos entregado. Logré recuperar el cuadro, aún lo tengo, y es muy importante para mí porque prácticamente ese fue el último cuadro que mi padre pudo ver antes de morir.

—Y a cien años de su natalicio ¿qué le diría a la gente de su padre?

—Mi padre fue una gran persona, hablando en pasado, lamentablemente. Sin embargo, pues estamos de paso. Yo le comento a las personas que no es tanto la leyenda de lo que vemos en sus murales, sino es la persona quien lo hizo. Aquel maestro que fue muy allegado con las personas. En Contla me he encontrado con personas que me cuentan: “Yo un día acompañé a tu papá a comer unos tamales”. “Un día tu papá pasó por el parque y me quedé platicando un buen rato con él”. Cosas como de ese estilo. Todas esas personas que tienen esos recuerdos y que todavía los mantienen vivos. Es lo que mantiene viva la memoria de él. Entonces digamos que hoy día, a cien años de su nacimiento, la gente tiene una gran concepción de lo que fue el maestro. Con mi padre, a diferencia de otros pintores, se genera una cercanía tremenda con las personas. Yo podré ser una persona muy humilde, muy amable. Pero nunca voy a ser el gran maestro Desiderio Xochitiotzin.

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