Un plan perfecto de Iván Farías

Publicado Enero 2018 Edición 122

La curiosidad de conocer lugares, “con miedo y todo”, la lectura de libros en la casa de sus abuelos y el impacto de las notas rojas de las publicaciones que leía de niño cuando iba a la peluquería, despertaron en Iván Farías Castillo la inquietud de escribir his­torias policiacas o de personajes citadinos, además de tener la oportunidad de cola­borar en revistas como Play Boy y Open.

El cine es uno de sus amores para este escritor originario de la Ciudad de Méxi­co hace más de 40 años, pero con mu­chos nexos con Tlaxcala a raíz de que sus abuelos compraron una casa en esta en­tidad cuando él era pequeño.

Revista Momento platica con Iván Farías posterior a la presentación de su libro Un Plan Perfecto en el Museo de Arte de Tlax­cala (MAT) a inicios de diciembre de 2017.

“Desde que era niño venía a Tlaxcala cada fin de semana, mis abuelos com­praron una casa cuando yo tenía tres o cuatro años. Era una especie de construc­ción perpetua, era un shock para un niño de ciudad de repente llegar a un lugar al que no le daban miedo las ratas, los pe­rros callejeros, pero si veía una vaca o un caballo se espantaba”, recuerda el escritor de cabello ensortijado.

“Era como vivir dos vidas al mismo tiem­po. Mis abuelos eran muy previsores y te­nían clara la idea de que no querían vivir en el Distrito Federal. Mi abuelo es originario de Tamaulipas y la familia de mi abuela de Tula, entonces buscaron una ciudad que les gus­tara porque mi abuelo ya se iba a jubilar”.

Relata que sus abuelos tenían una ami­ga de Tlaxcala y cuando llegaron a estas tierras les gusto el agua y el aire frío que se respira, así que de inmediato compra­ron un predio cerca de un río y empezaron los viajes cada fin de semana.

“Me acuerdo mucho de los pájaros por­que eso no lo oía en la Ciudad de México, me acuerdo que el coche era chiquito, un Rambler, viajaba en la parte de atrás y sa­bía que habíamos llegado a Tlaxcala por los pájaros del centro de la ciudad. Eso me gustaba. Sabía que estando acá estaba un poco más seguro, no sé”.

Iván estudió hasta la secundaria en el Distrito Federal y la preparatoria en Api­zaco, la licenciatura en Comunicación en Puebla, aunque la Angelópolis “nunca me ha gustado, me ha gustado más Tlaxcala”.

Observa que a pesar de que ambos estados comparten el valle poblano–tlax­calteca, las personas son muy diferentes, “entonces en la universidad me llevaba bien con la gente de Veracruz y de Tlax­cala, pero casi no tenía amigos poblanos”.

Estudió comunicaciones, aunque su de­seo era prepararse en cine, pero como le llamaban también la atención el reportaje y las crónicas, “acabé estudiando comuni­caciones no por la televisión, sino por las cosas escritas”.

También había previs­to estudiar literatura, pero pensaba que lo iban a po­ner a leer en la universidad cosas que no quería.

–Comparte tres anécdotas que te marcaron para involucrarte en el mundo de las letras

–Una de las cosas impor­tantes es que en casa siem­pre había libros, mi abuelo estudió hasta cuarto o quinto grado de primaria y mi abuela hasta tercero o cuarto, pero los dos siem­pre fueron grandes lecto­res. A mi abuelo le gustó la historia, sabía al derecho y al revés el texto de Los bandidos de Río Frío, creo que lo ha leído cerca de 50 veces y le gustaba porque reflejaba un México que ya no existe. Me acuerdo que íbamos caminando por el centro cuando veníamos a Tlaxcala y me decía que había un río, que Manuel Paino decía esto o aquello.

Anota que en casa siempre había un estante lleno de libros y sus tíos, hermanos de su mamá, siempre platicaban sobre las películas que salían al mercado, pero ellos ya ha­bían leído la novela antes de haber visto la película.

“Era muy interesante porque después de comer o de la cena nos ponía­mos a platicar de esos li­bros como si fuera hablar de partidos de fútbol o un programa de televisión, en­tonces como los libros es­taban ahí y no era obliga­torio leer, yo los empezaba a leer, a dedicarme a ellos. Me acuerdo de una enci­clopedia que tenía varias lecturas de Miguel N. Lira, de Octavio Paz, poesía, cuentos, novela compen­diadas de ciencia ficción y cosas así”.

Otra anécdota relacio­nada con la literatura es que los hombres cuando quieren gustar a las chi­cas, sin importar si son grandes o guapos, a las mujeres les gusta que uno platique y considera que no se puede platicar muchas cosas si no hay lectura pre­via, “entonces por eso me gustaba leer el dicciona­rio, todo el tiempo estaba leyendo para estar atento sobre diversas situaciones. Había un almanaque que contenía datos de la URSS (la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas So­viéticas) y me ponía a pla­ticar de ello con las chicas que me gustaban y a ellas como que les caía en gra­cia. Ahí empecé a ver con más gusto la literatura”.

Además, “uno de mis primeros amores ha sido el cine desde que era chavi­to. Iba a las funciones que costaban 10 o 20 pesos, ahora el cine cuesta 100 o 150 pesos; en ese tiempo había funciones dobles, iba a la preparatoria en Api­zaco, y a diario iba a ver películas a las tres salas. La dueña del cine me veía tantas veces y me decía tú nada más pagas una fun­ción y te metes a todas las demás salas”.

Por su gran afición al cine quiso escribir una pe­lícula, pero no sabía cómo. Lo que hizo, sin saberlo, fue un cuento que fue su pri­mer invento, que la verdad era un plagio descarado de “Los sobrevivientes de los Andes”, porque su abuelo trabajaba en el comedor del Banco de México y los sábados y domingos hacía banque­tes a domicilio y uno de sus clientes era René Cardona III, quien hizo “Los sobrevivientes de los Andes” y esta­ba haciendo una película que creo no jaló y dijo vamos poner la de “Los sobrevivientes de los Andes”, tenía una salita de cine de 12 butacas y la pantalla, “para mí fue como órale, él tiene un cine dentro de su casa y él es el director que hizo la película. Me pareció sorprendente de la película la parte del canibalismo porque me daba asco, no la soporto y me gene­raba miedo”.

Dice que se le quedó en la cabeza esa trama e hizo su primer cuento. “Hice una cosa muy chistosa porque eran “Los sobrevivientes de los An­des”, en donde una persona conoce a alguien, cae en el avión y hay un monstruo que se los empieza a co­mer, lo bueno que tiré ese cuento”.

–Dime tres anécdotas de tu infancia.

–En San Miguel de Allende tenía unas tías ya muy grandes de edad, tenían como 80 años, eran señoras muy gordas, caminaban lentamente, eran personajes extraños, su casa era vie­ja, de esas con fuente en medio del patio, ya caída, por cierto. Se ve que habían tenido mucho dinero esas tías y de repente ya no tenían nada. La leyenda decía que debajo de la fuen­te había un túnel. Decía qué extraño que hubiera eso, siempre he sido ló­gico, a pesar de que me gustan los fantasmas y cosas así, pero no creía, me preguntaba para qué va a haber un túnel ahí.

Pero le gustaba meterse a jugar en un ropero gigante y en una oca­sión que se atora la puerta, en ese tiempo Iván tenía 5 o 6 años de edad y pensó que se iba a aquí atrapado, “me voy a morir aquí”.

Pero empujó la pared y la pared se movía y podía pasar del ropero al otro de la habitación contigua. “Dije, órale entonces sí existen esas cosas, era como si esa ficción de repente se podía hacer plausibles y creíbles. Para mí esa casa fue como el cas­tillo del terror, después se la robaron literalmente, se murieron mis tías y se la iban a dar a mi abuelo, pero llegó un holding gringo y el inmueble lo convirtieron en hotel, He regresado a ese lugar por fuera y me pregunto cuántas más puertas secretas habría y cuántas cosas pudieron haber en­contrado”.

Otra vivencia que cuenta se dio en Tlaxcala, pues en San Pablo Apeta­titlán cruzaba el río para ir a Belén y en ese tiempo había bosque, ya tenía 10 años de edad y se le metió en la mente atravesar de noche.

“Bajé solo, de repente te das cuenta que estaba bien oscuro, escu­ché a alguien cortar cartucho, nunca había visto una pistola, pero sabes cómo suena y era uno de los dueños. Fue la primera vez que alguien me amenazaba con un arma de fuego, pero cuando vio que estaba chavillo, nada más me dio con el canto de un machete en la espalda, creo que para espantarme y no me fuera a meter ahí en las noches para que no me fuera a pasar algo”.

“Siempre fui curioso, no había un lugar a donde no me metía, con mie­do y todo, pero lo hacía”.

–¿En qué momento decides empezar a escribir?

–Siempre he sido mentiroso, siempre he sido imaginativo, siempre he te­nido como eso. Al principio me cau­saba muchos problemas el no poder contar la verdad, simplemente sin adornarla. En verdad me pasaban determinadas cosas así, la gente no me creía, recuerdo que vi una pelí­cula que era “La Mitad Oscura”, que es una adaptación de la novela de Stephen King, me parecía muy inte­resante que las cosas malas que a él le pasaban las podía plasmar para escribir.

Así empezó a escribir cuentos a partir de antologías sobre tramas fantásticas, de terror o policiacos que antes se vendían mucho en los supermercados, pues ahora “te ven­den pura basura. Antes llegaban co­sas increíbles, a muy buen precio”.

Iván empezó a escribir a los 12 o 13 años de edad cuentos de terror y policiacos en los que había personas que morían.

“Creo que las peluquerías fueron las culpables porque en ese tiem­po se tardaba años en atenderte y mientras esperaba leías la nota roja del Alarma y me espantaba. En mí había una especie de fascinación por la brutalidad de la vida, un deseo de justicia, que esos crímenes no que­daran impunes. Antes, en realidad quería ser policía, pues en las series de ese tiempo, como los Intocables, siempre había un castigo y a mí me gustaba mucho la idea de la justicia y de que no quedaran impunes esas cosas. Empezaba a leer, en especial al Güero Castro que escribía sobre crímenes”.

La mayoría de publicaciones que estaban en su casa era de novelas de terror, policiacas, y de crónica.

–¿Cuántos libros has escrito?

–He escrito cinco o seis libros, lo que pasa es que empiezas a pensar en lo que sigue, en el siguiente proyecto. Este es el más reciente, tengo el de Antropía con el que gané el Premio Beatriz Espejo en Tlaxcala, uno que se llama De ida y vuelta que es de entrevistas a artistas de Tlaxcala. Extraños es un libro de cuentos que salió en Tierra Adentro, una novela que se llama Testosterona, que la pu­blicaron o escondieron en la BUAP, la voy a reeditar. Y esta que es Un Plan Perfecto y varias antologías, una an­tología que se llama México Noir que es una recopilación de 27 escritores policiacos de México.

A la fecha colabora en las revistas Play Boy México y Open, en donde publica artículos en los que habla de cine y a veces realiza reportajes y crónicas.

–¿A qué hora escribes?

–Al principio escribía en la noche, pero en realidad la cabeza no funciona bien a esa hora, entonces me levanto a escribir cuatro y media o cinco de la mañana, todavía está dormida mi esposa, los vecinos no están moles­tando. Sin embargo, todo el tiempo estás pensando en la historia.

Además, menciona que le gusta caminar en la ciudad de Tlaxcala, antes iba de un lado a otro, “conoz­co varios lugares que otras personas no conocen. Cuando te alejas de la ciudad, como en mi caso que estoy en la Ciudad de México, empiezan a recordar esos sitios de otra forma y empiezo a ficcionar. Hay ciudades que son muy aburridas, pero Tlaxca­la siempre ha tenido personajes muy peculiares. Estaba el indigente cono­cido como Robinson que se metía a las fuentes de la iglesia de San José, el Tigre Musical, la señora que hacía blusas de pepenado y tomé para esta novela personajes. Había un cuate que siempre está bebiendo acom­pañado con su perro, por eso ya no me le acerqué, pero siempre estaba tomando en la plaza Xicohténcatl, te preguntas de qué vive, cómo le hace para estar siempre ahí. El doctor que todo el tiempo se la pasaba bebien­do y un día desapareció y cuando lo volví a encontrar dice que lo habían metido a la granja y como era doctor se inyectaba vitamina B y quién sabe qué tantas cosas. También hay taxis­tas, no sé, siempre hay mucha gente peculiar”.

Iván Farías apunta que en la novela Un Plan Perfecto toma de referencia a un taxista que llevaba a la gente a donde le dijeran, pues conocía los lugares lupanares y escondidos, solo le tenía que marcar a su teléfono ce­lular.

También habla sobre el persona­je al que identifica como el Sonrisas, que tenía un negocio en donde ahora está una tienda de conveniencia en el centro de Tlaxcala. “Me caía bien el que atendía ahí y cuando quitaron el negocio, decía al chavo que le gusta­ba su trabajo y a los que están ahora ahí se ve que no. Esos son como los personajes, pero también hay sitios que menciono como la placa de Car­los V y los huehues que nunca paran de bailar”.

Refiere que la portada de su libro es algo que peleó en la impresión, pues la editorial quería algo más universal y no entienden la jiribilla que tiene la cultura popular con una máscara de huehue.

–Si hicieras una novela sobre tu vida, ¿cuál sería el título?

–Sería algo así como “Tuvo mucha suerte”, creo que muchas de las co­sas buenas que me han pasado han sido por una serie de consecuencias que implica la suerte, a lugares in­sospechados he llegado por suerte o tal vez por la facilidad que tengo para no meterme en problemas con determinadas personas. Eso me lo enseñó mi abuela, me decía no te pe­lees, no sabes cómo esa persona va a regresar a ti. Pienso que es como en el boxeo, en lugar de soltar el gol­pe, te vas haciendo a un lado hasta que el adversario se cansa. Creo que así ha sido mi vida, porque hay gente que la tiene más fácil, va a determi­nadas escuelas y no tiene que tra­bajar para poder escribir. En cambio, yo tenía que ir a las bibliotecas para consultar determinados libros. Una amiga me dijo que le había gustado escribir porque sus papás eran ami­gos de Juan Rulfo y Arreola, incluso ellos iban a cenar seguido a su casa. Ella fue a un colegio privado y cuan­do dijo que quería escribir, le dieron chance de no trabajar ni estudiar, y uno va peleando la contra, uno es necio.

Otro título de su vida podría ser “El Necio”, porque es difícil dedicarse a escribir algo que no está tan bien visto como el tema policiaco, que no está tan bien aceptado como escribir una novela bonita o un soneto.

“De cierta manera les llega a más personas el policiaco, si lo leen más personas es malo, pero hay novelas buenas y malas, siempre he sido ne­cio de querer escribir sobre las cosas que a mí me gustan y que sean ho­nestas. Mi literatura es honesta, así tal cual, no hay ninguna pretensión de querer ser una u otra cosa. En el Facebook de repente aparece gente que quiere contactar conmigo y dice que compró mi libro en tal lado y le gustó. Que me vieron en una entre­vista y que les gustan mis libros, hay una chica de nota roja que me dice me gustó la novela. Eso funciona por­que es honesto lo que uno escribe, no hay un doble juego.

–¿Hay mercado para este género?

–Sí, fíjate que en México no, pero en el resto del mundo es uno de los gé­neros que más se lee, En México se lee más la novela histórica, ahí está Taibo, empezó a escribir policiaco y ahora escribe novela histórica y le va muy bien. Sus últimos tres libros que se llaman Patria I, II y III son un hita­zo. Otro libro cercano es el de México Bizarro que son anécdotas de histo­ria que hace Alejandro Rosas, quien es de los escritores que más venden. En México, si quieres vender, escribe novela histórica”.

Al libro Un Plan Perfecto le ha ido bien, “no es un best seller, pero para un autor que es muy poco conocido como yo, que de repente haya apos­tado Grijalva para distribuirlo en todo el país y parte de Centroamérica, Guatemala y Costa Rica, le ha ido bastante bien al libro y los números finales llegarán en unos seis meses. Ya estoy pensando en otra novela, el título lo pienso hasta el final, tengo un título del trabajo que se llama Ningu­no de los dos veremos el cielo, trata de un personaje que se mete en broncas porque se enamora de una chica y se mete con la mafia China, en eso es en lo que estoy trabajando”.

–¿Esta es la única novela en la que te basas en Tlaxcala?

–En los cuentos, por ejemplo, en el li­bro Extraños todas las historias pa­san en Tlaxcala, el lector común no lo ve, pero hay muchas referencias sobre cosas y eso, no hay como una tal cual, pero en Extraños muchos de los cuentos suceden aquí. En Antro­pía hay un par de cuentos también y en la novela corta, que se llama Tes­tosterona, hablo de un hombre que trabaja en el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura (ITC).

–¿Cuál es el plan perfecto para que México sea otro?

–Todo parte de la educación, a partir de ahí, principalmente que se mejo­rara la educación, que fuera un país más lector. Las becas no se necesi­tarían si la gente leyera libros y los comprara, una de las cosas que más me llamaban la atención cuando es­tuve en Buenos Aires y Montevideo es que cuando te subes al metro, a los omnibuses, la gente iba leyendo y los libros por lo tanto eran más ba­ratos porque había más demanda. En México, leer es como una carga, es como una monserga, el no leer te hace ignorante, te cierras al mundo y no ves más allá, hay gente a la que un libro la lleva a viajar.

Como ejemplo, cita que leía a mu­chos autores argentinos y por eso quiso ir a Buenos Aires, así que “mu­cho atraviesa por la educación que te das, la lectura te lleva a conocer que existen otros mundos y que en otros lados pasan otras cosas.

Es por eso que a los mexicanos les parece común que haya salas VIP en los cines o que los políticos tengan que moverse con guaruras y osten­tando cosas, “pero cuando lees te das cuenta que en otros países hay mayor equidad, más justicia, los po­líticos no se mueven así, ni tampoco hay salas VIP en los cines, porque la idea es que todos tengamos las mis­mas oportunidades”.

Sin embargo, concluye, “aquí por ignorancia se piensa que uno debe comprarse un coche de lujo, demostrar a las personas que tienes más que el otro, ese es como el plan perfecto que tardará mucho tiempo y no se va re­solver con un presidente ni nada, es un trabajo de mucho tiempo porque se echó a perder este país en un tiempo, ya no tenemos esos secretarios como Torres Bodet o Vasconcelos, ahora te­nemos funcionarios de medio pelo”.

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