Fabiola Carillo Tieco

Estudios: licenciatura en Historia
por la BUAP. Maestría
en Estudios Mesoamericanos
en la UNAM. Actualmente estudia
el doctorado en Estudios
Mesoamericanos.
Estado civil: casada.
Edad: 36 años.
Familia: un hijo

Mujer de luchas, proyectos y resistencia. Originaria de San Pablo del Monte, de sus abuelos aprendió la lengua náhuatl, hecho que orienta­ría elecciones en su vida llevándola a obtener reconocimientos importantes y a destacar en diversos espacios a nivel estatal y nacional como escritora y hablante en lengua náhuatl. Está a punto de concluir un doctorado en Estudios Mesoamericanos. Es hija, hermana, esposa y madre.

—¿Cómo se siente en este momento?

—Contenta porque he logrado varias cosas. He concluido mis estudios profesionales. No imaginé llegar a estudiar un doctorado como lo estoy haciendo, también cómo ha surgido la creación literaria. Escribía algunos cuentos y ahora estoy enfocada en la creación literaria en lengua náhuatl y me siento contenta; también me siento agobiada, porque me he puesto muchos trabajos.

Reconozco que sobrellevar una casa, un hijo, es bastante pesado. Me ha costado darle a cada cosa su tiempo y a veces me preocupa eso. Está en puerta un trabajo por parte de la Secretaría de Cultura, mi proyecto PECDA (Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Tlaxcala), que es la elaboración de texto con poemas tanto en náhuatl como en español y la conclusión de mi tesis doctoral. Me agobia poder sacar todo adelante.

—¿Qué extraña de su niñez?

—Extraño a mis abuelos, platicar y convivir con ellos. Les aprendí mucho: la lengua náhuatl, tantas cosas que ahora me han dado a entender mis orígenes, lo que soy, lo que significo y significa el lugar donde crecí y he vivido. Esa es la parte que más extra­ño, “el aprender de ellos”. También convivir con mis padres, porque casi no los veía, ellos trabajaban y a veces me sentía como una niña abandonada, pero la parte que más me gustaría es tener a mis abuelos.

—¿Existe algún recuerdo que tenga muy presente de sus abuelos?

—Mi abuelo era tlachiquero. Él pro­ducía y vendía pulque. A mí me daban pulque de niña y un día que quería pulque me vacié un barril y me dio mucha comezón en la piel, porque es muy pegajoso y produce mucha comezón. Es uno de mis recuerdos.

—¿Ha sido difícil ser mujer?

—Es difícil contestar eso, porque amo ser mujer. No ha sido fácil en cuestión de luchar por querer estudiar, por querer llegar a tener un grado más de estudios, por trabajar y al mismo tiempo tener un hogar. Mi mamá en ocasiones me decía: “¡Para qué vas a estudiar más, ya mejor cásate!”. No la culpo, porque la educaron así. Cuando ella veía todo lo que yo hacía se ponía contenta y decía: “¡Qué bueno que no me hiciste caso y sigues estudiando!”. Para ingresar a la licenciatura obtuve becas para pagar mis estudios, trabajaba y estudiaba.

No ha sido fácil lidiar con as­pectos de dominio machista en algunos lugares. Es cierto que se le da preferencia en ciertos espacios a los hombres. En una ocasión un compañero y yo realizamos jornadas de cultura náhuatl en la universidad, ambos nos repartíamos el trabajo, pero al final los beneficios se los llevaba él; resultó muy fuerte darme cuenta de eso. En mi casa no hubo diferencias entre mi hermano, mi hermana y yo, nunca hubo como tal ser tajante con aspectos machistas.

—¿Cómo la ha acompañado la violencia en su vida?

—Aspectos de discriminación: por la estatura, el color de piel, por la forma en que hablaba. La parte más compli­cada de violencia fue la preparatoria, porque estudié en una preparatoria BUAP; ahí todos los niños eran de papá (sic) y yo trabajaba e iba a la escuela. Sufrí discriminación, [pero] violencia física jamás.

En una ocasión un tipo en el trans­porte público se estaba masturbando frente a mí y fue muy duro; sola me defendí, los demás se dieron cuenta y no hicieron nada para ayudar.

—¿Cómo mujer cuál cree que ha sido el mayor reto en su vida?

—Sacar adelante a mi hijo. Desde que uno lo concibe hasta que sigue creciendo, ese es el reto más grande como mujer. Otro reto ha sido es­tudiar. Comencé desde los 14 años a trabajar, toda la preparatoria y universidad trabajé para solventar mis estudios.

—¿Quiénes son sus aliados o aliadas en todo este proceso de ser mamá, esposa, hija y escritora?

—Ha sido mi familia, mi mamá, mi papá. Mi mamá murió hace seis años; ella ha sido uno de los pilares que me ha permitido sostenerme hasta hoy. Mi hermana Valeria y mi hermano; actualmente mi esposo es el pilar que me sostiene en todos los aspectos.

—¿Cree que la situación ha cambiado para las mujeres?

—Han cambiado algunas cosas, pero no del todo. Nací en el 86 y para el 2016 tenía 30 y en el 2006 tenía 20. Recuerdo que en San Pablo era más difícil que las mujeres estudiaran, trabajaran o fueran profesionistas; ahora hay más posibilidades de estudiar, ya no es obligatorio que te dediques a las labores del hogar. Pero ahora hay diversas posibilidades de estudiar, se ha ampliado que las mujeres lleguen a otros espacios. Hay otros aspectos que tienen que atenderse: la salud de las mujeres, la injerencia en la política en las artes y muchas cosas más. Vamos lento, pero vamos avanzando.

—¿Qué hacer para que las mujeres puedan tener igualdad?

—Seguir trabajando desde donde están; igual no quiere decir que se anulen hombre o mujer y viceversa. Algunas ocasiones estoy de acuerdo en algunos aspectos feministas, pero en otros no, porque son muy radi­cales. Debe haber un apoyo mutuo para que nos apoyemos ambos. Con el trabajo que estamos haciendo las mujeres estamos generando esas reciprocidades con los demás.

—¿Se arrepiente de alguna decisión?

—En esta última etapa de mi vida, aunque me gusta la investigación, la parte histórica del estudio de las comunidades indígenas, quizá en vez de estudiar el doctorado en Estudios Mesoamericanos, me hubiera gustado con otra carrera que tuviera más injerencia con la creación literaria o la literatura.

—¿Cuál es su palabra favorita?

—Yolotsin, que significa corazón.

Lucero Ivonne Peña Jiménez
Fotografía: Federico Ríos Macías
Melisa Ortega Pérez
Vanessa Quechol Mendoza

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