Felipe Hernández Camacho – Y la palma de sotol

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Publicada Septiembre 2019 Edición 142

Felipe Hernández Camacho parece sentirse a gusto en el silencio, concen­trado en tejer las hojas de palma de sotol con las que elabora diferentes piezas de cestería, como bolsas y chiquepextles. Parco a la hora de hablar, cada una de sus respuestas encuentra eco en sus manos, que no dejan de moverse. Siguen una ruta tra­zada por la memoria de los cientos de días que ha dedicado a su quehacer artesanal.

En un lugar de La Soledad

Con 51 años, Felipe Hernández Camacho ha dedicado la mitad de su vida a la ces­tería hecha con palma de sotol. Mientras atiende esta entrevista con Momento, no deja de tejer.

De sus días de niño casi nada recuerda. Apenas algunos de sus juegos: canicas y ra­yuela, en el poco tiempo que le dejaba su tarea de pastor: “Cuidábamos en el monte a los animales”, rememora.

Fue, en síntesis, una infancia “medio pe­sada”. Sólo pudo terminar la primaria. Fue en aquellos años que algunos de sus com­pañeros pastores le enseñaron a elaborar chicotes de ixtle, que ocupaba para arriar a los animales que cuidaba en la misma comunidad donde ahora vive: La Soledad, municipio de Tequexquitla, una de las de­marcaciones con mayores índices de mar­ginación del estado.

“Aquí no hay empleos. No hay fábricas, no hay nada. Usted ve que no hay nada”, ex­plica. En cuanto a escuelas, agrega que hay desde preescolar, hasta secundaria, pasan­do por primaria. Los jóvenes que quieren cursar la preparatoria tienen que ir hasta El Carmen Tequexquitla.

—¿Se van caminando hasta allá?

—No. Ya hay combis que llegan hasta El Carmen, pero antes no había.

La mayor parte de la gente se dedica a las faenas agrícolas, a pesar de que es una de las zonas más agrestes del estado. El paisaje se antoja casi rulfiano. Quizás eso explique el laconismo de don Felipe. Lo cier­to es que él aprendió por su cuenta el oficio del que ahora vive: la cestería.

Regalos de la naturaleza

De sus días de infancia, la memoria de Felipe Hernández da un salto hasta su ju­ventud, justo a sus 25 años. Fue entonces cuando decidió dedicarse de lleno al tejido de piezas artesanales, elaboradas con un material que crece de manera natural en La Soledad: la palma de sotol.

Asegura que su trabajo es benéfico para el medio ambiente, porque la materia prima se la obsequia la naturaleza, a la que no ocasiona daños.

—¿Quién le enseñó a tejer?

—Los vecinos que vivían cerca hacían ca­nastos para guardar tortillas, que se les lla­ma chiquepextles. también hacían sembra­dores, para echar el maíz. A mí me gustaba. Se veían bonitos los canastitos. Por eso les pedí que me ense­ñaran. Ya después aprendí y practiqué solo.

La mitad de su vida
la ha dedicado al arte
de la cestería

Ahora él es el único que se dedica a esta labor en La Soledad. Para surtirse del material camina unos dos kilómetros, rumbo al monte, donde abundan las palmas. Ayudado por su es­posa y sus cinco hijas, selec­cionan y cortan las hojas a la mata. Pero eso no daña a las plantas, porque las hojas siguen saliendo, “a como va creciendo la palma, le van saliendo las hojas. Cuando inicié me hicieron un estudio, donde vieron cómo cortaba la palma y cómo queda. No dañamos al medio ambien­te. Antes bien le damos vida a las palmeras que hay en el monte. Esa se ve bonita después. Me da gusto ver bonita la palma. Me gusta el trabajo”, asegura.

Así, para hacer una bolsa necesita una palma “largota, grandota. Esa la tengo que ir a buscar debajo de los piñones. Anteriormente de­cían las personas ‘Vamos a cortarle las flores al sotol’, es decir, al que florea. Esa flor se la daban a los animales. Mi esposa y mis hijas nos va­mos temprano, desde la ma­ñana. Llegamos al monte y nos ponemos a seleccionar. De ahí se separa por tama­ños. Si se van a hacer cestitos para recuerdos, se necesita palma chiquita y para bolsas es más larga. Para canastas también se necesita palma larga. Buscamos palma que esté suavecita. Hay unos que son duras. Esas no sirven para este trabajo. La dura a veces sirve para hacer frute­ros”, detalla.

De vuelta en su casa, empiezan a emparejar­la, es decir, a quitarle los extremos. Así se evita que salgan “chuecos” los cortes. Después de emparejar, se quita el filo, luego se pone en sombra durante un día, para que se oree la materia prima, pero no se deja el sol, para evitar que se dañe.

Artesano de tiempo completo

“Nos han hecho encargos para hacer muebles, pero la palma de sotol no sirve para eso. Sólo sirve para cestería”, acota mientras si­gue tejiendo una bolsa cuyo destino será San Luis Potosí.

—¿Dónde vende sus piezas?

—Cuando empezamos a hacer los modelos de los canastos, era Casa de las Artesanías la que nos invi­taba a exponer.

A los funcionarios de esa dependencia los conoció por los concursos que aque­llos organizan o que difun­den. Ellos los ayudaron a participar en expo-ventas, aunque ha dejado de asis­tir a esos encuentros. Ahora don Felipe y su familia tra­bajan a partir de encargos puntuales.

“Después de que hacía los canastos para sembrar y para las tortillas, empecé a hacer los otros, los de forma de abanico. Los canastos. Fue así que empecé a ela­borar cestería. Ahora ha­cemos bolsas de mandado, canastas”. De rato en rato se atreve con otros diseños, como lámparas.

—¿Qué se requiere para aprender lo que hace?

—Tener mentalidad. Yo nomás con ver aprendí. Sólo se nece­sita un poco de conocimiento.

Felipe Hernández Cama­cho reconoce que su esposa y sus hijas le ayudan en este oficio, porque “hay que es­tar tejiendo todo el tiempo. Trabajo diario. Si no, nos da tiempo cuando nos hablan para pedir los encargos”.

A veces descansan un poco los domingos, aunque la mayor parte de las veces la dedican a alguna de las faenas del proceso: reco­lección, emparejado, oreo o tejido. La venta la realizan en su propia casa, ya que carecen de un local.

Añade que ha dejado de ir a las expo-ventas por el alto costo para tener un puesto. Por ello, pide a las autoridades que brinden más apoyos y facilidades a los artesanos, que se ven re­basados por los gastos.

Ha obtenido
reconocimientos nacionales por su trabajo

Considera que sus pre­cios favorecen a la cliente­la. Por ejemplo, una bolsa la vende en 150 pesos, a pesar de que les lleva ocho días hacerla. Un florero grande ha sido la pieza más cara que ha vendido, ya que la comercializó en 2 mil pesos. De ahí, el resto de los pro­ductos los vende en 800 o 500 pesos. “Esos son los más caros”. Además, resalta que son creaciones personales, diseñadas por él mismo.

—¿Qué es lo más difícil que ha hecho?

—Las lámparas. Son un poco difíciles. Es el mismo tejido, pero se tarda más. A veces me las llegan a pedir, aun­que lo que más hacemos es cestería para recuerdos. Todo está difícil. No es fácil de hacer algo. Se ven las piezas que están bonitas, pero para armarlas no es tan fácil. Son muchos proce­dimientos que llevan. Lo más difícil del proceso es la pre­paración, desde ir a cortar la palma, orearla, cortarle el filo, lavarla. Es un trabajo de tiempo completo.

Hasta ahora han man­dado a otras entidades, como Guanajuato y la que elabora justo mientras da esta entrevista, que acaba­rá en San Luis Potosí.

Reconocimiento al esfuerzo

Antes de dedicarse de lleno a la cestería, Felipe Hernán­dez trabajó como albañil. “Aquel trabajo era pesado. Aquí no se gana más, pero es más descansado y es propio. Y en la albañilería hay que trabajar con patro­nes y hay que andar duro y duro”, acota.

Ahora, tras dos décadas y media de tejer con la palma de sotol, ha cosechado varios reconocimientos. Recuerda que en 2005 obtuvo un segun­do lugar en un premio nacio­nal convocado por el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart).

“Hice un canasto en for­ma de abanico en lo de aba­jo y lo llevé al concurso de Fonart. Después me avisaron que me tenía que presentar en México, porque mi pieza se había ganado un segundo lugar nacional. Es bueno. Es bueno que haya ganado en México. Eso fue en 2005.

Después, en 2011 obtuvo una mención honorífica en el Concurso Gran Premio Nacional de Arte Popular. En esa oportunidad pre­sentó un frutero, también hecho con palma de sotol. Además, ha obtenido reco­nocimientos en certámenes estatales.

Para cerrar la entrevista, recuerda que cuando acu­día a las expo-ventas, apro­vechaba para seguir tejien­do, detalle que llamaba la atención de los visitantes, ya que otros artesanos sólo se dedicaban a mostrar y co­mercializar sus productos.

—¿Alguien de aquí le ha pedido que le enseñe?

—No, nadie. No les llama la atención, aunque de otros lados sí me lo han pedido.

Yassir Zárate Méndez
Revista Momento
Marisol Fernández Muñoz

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