Hambre, frío y vejaciones, la vida de los migrantes centroamericanos.

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Publicada Diciembre 2009 Edición 25

* Julieta apoya a gente indocumentada con comida y ropa.

* Este año el INM ha deportado a 714 personas ilegales en su tránsito por Tlaxcala.

* Las policías municipales y estatales violan sus derechos humanos constantemente.

Podría asumir la indiferencia de la mayoría de las personas y las autoridades, pero es una mujer de bondad excepcional. Julieta N. ofrece apoyo humanitario a centroamericanos indocumentados que viajan “colgados” en el tren, a pesar de que las leyes migratorias lo prohíben.

Ella no los deporta, mucho menos es capaz de cerrarles la puerta cuando le piden un vaso con agua, un taco o un suéter, la razón es simple: es una mujer de acrisolada integridad. Como muchas ironías de la vida, Julieta lejos de ser reconocida por sus actos ha sido calificada por los agresores de los migrantes como “pollera”.

Pese a ello, es de los pocos mexicanos que cumple una consigna publicitaria difundida por las autoridades federales hace unos años: “no tratemos a los migrantes centroamericanos como tratan a nuestros paisanos en la frontera con Estados Unidos”.

La bondad va antes que la grandeza, escribió Jonathan Foreman, cantante y guitarrista de la banda estadunidense Switchfoot; sin conocer ese pensamiento, Julieta actúa sólo por humanidad y ofrece lo poco que tiene.

“Varias veces me han tocado la puerta y me han dicho: oiga señora regáleme un taco o una tortilla, yo les doy lo que tengo, frijoles, aunque sea un huevo siempre les he dado de corazón. Diosito siempre socorre, a veces pasan cuando hace mucho frío y les doy un suetercito viejo o una playera”, refiere convencida de que lo menos que puede hacer ante la pobreza es ser solidaria. Julieta es una mujer sencilla, se desempeña como cocinera en un restaurante, está casada y tiene hijas, su salario apenas le permite vivir en uno de los vagones cerca de la estación del tren de Apizaco, en la colonia Santa Rosa. En ese reducido espacio de casi 10 metros de largo, ha dado “posada” a uno que otro centroamericano que viaja en la época invernal, ha atendido a quienes sufren lesiones menores y ha dado de comer a grupos de hasta 20 personas.

“Se me hace injusto cómo los garroteros (guardias privados que custodian los trenes cargueros) y los policías (municipales y estatales) tratan a los centroamericanos, me he agarrado con ellos infinidad de veces porque me molesta la forma en que les hablan, los apedrean, los bajan del tren y los ofenden”, refiere indignada la mujer de 27 años de edad.

Mientras comparte sus experiencias, pide que su nombre se quede en el anonimato, porque hace un año su esposo, que es albañil, fue detenido por las autoridades migratorias y ella ha sido amenazada e intimidada constantemente por ayudar a los migrantes.

“Una ocasión a mi esposo se lo llevaron diciendo que era pollero, que traficaba con gente, le hicieron una serie de preguntas y después lo soltaron. Me pregunto por qué los policías siempre abusan de los ciudadanos y a los verdaderos delincuentes no los detienen”, reflexiona al evidenciar su molestia ante esos hechos.

VIAJE SIN RETORNO AL OLVIDO

El sonido del tren en la vivienda de Julieta es cotidiano, esa resonancia también anuncia que el coloso trae centroamericanos sobre sus vagones, que ambicionan mejorar su nivel de vida. Que buscan el sueño americano.

Pero también viene cargado de historias escritas con crueldad. Las cifras oficiales pocas veces se acercan a los hechos reales; las desapariciones, accidentes, muertes y violaciones a los derechos humanos de los ilegales en el trayecto son cifras cotidianas y pocas veces registradas.

De acuerdo con la organización civil Cerecen, defensora de los derechos de los inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, en los últimos cinco años han muerto o desaparecido al menos 9 mil salvadoreños y hondureños, que son los que más buscan cruzar el territorio mexicano para llegar a su frontera norte. Además los indocumentados son víctimas de la extorsión de los coyotes o polleros, así como de las autoridades mexicanas, principalmente las municipales y estatales, reporta la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH).

La ombudsman tlaxcalteca, Luz María Vázquez Ávila, refiere que es incalculable el número de migrantes que atraviesa por la vía ferrocarrilera del estado, pero asegura que son los más pobres. Expone que aunque es un hecho que los centroamericanos padecen transgresiones a su integridad de parte de las autoridades municipales y estatales, principalmente, pocas veces denuncian porque su objetivo es atravesar el país.

“Esporádicamente tenemos señalamientos de que las mujeres que vienen viajando son víctimas de acoso o abuso sexual de parte de elementos policíacos municipales y vigilantes del tren, otras veces les hacen propuestas de tipo sexual para provocar a sus compañeros y de esa manera generar un conflicto para detenerlos o robarles”, precisa Vázquez Ávila.

Admite que el proyecto de abrir una Casa del Migrante que planteó a principios de este año no se podrá concretar a corto plazo por falta de financiamiento. De acuerdo con las cifras de la CEDH, durante el año 2009 sólo se ha interpuesto una queja en contra de las policías estatales porque agredieron a unos centroamericanos, sin embargo no se le dio seguimiento.

No obstante, la visitaduría de Apizaco, que es un paso de migrantes, recibe al menos siete audiencias a la semana, ahí los centroamericanos denuncian hostigamiento de las autoridades, robos, persecuciones y otras violaciones a sus derechos humanos.

La mitad de esas audiencias son para pedir la repatriación, pues desilusionados y cansados de la travesía desisten de continuar, para realizar ese trámite la CEDH pide la intervención de la delegación del Instituto Nacional de Migración (INM). Durante los operativos que ha llevado a cabo el personal adscrito a Tlaxcala en el INM este año, se ha asegurado a 714 centroamericanos sin documentos, de ellos 133 eran de Guatemala, 416 de Honduras y 139 de El Salvador.

Según el informe de la delegación del INM, los ilegales son repatriados casi de manera inmediata, previa revisión de su estado de salud para evitar cualquier riesgo de su integridad física.

NO ES EL VIVIR, SINO EL DAR

Entre tanta adversidad, los centroamericanos que tienen la suerte de encontrarse a Julieta, o bien a otras personas que asumen entre sus valores el compartir lo que tienen sin ningún interés, viven uno de los mejores momentos de la naturaleza humana, la satisfacción de dar y recibir ayuda.

Julieta no es la única ciudadana de Apizaco que ofrece apoyo a los viajeros indocumentados, existen otras familias y un párroco que realizan a discreción esa actividad para no ser molestados por las autoridades. Hace cinco años Julieta llegó a la ciudad fundada por ferrocarrileros, al percatarse de la situación de los migrantes, desde hace cuatro años comenzó a protegerlos.

Aún exponiendo su integridad, la joven mujer ha recurrido al apoyo de la iglesia para darles ropa o bien recibe prendas de los vecinos que saben que ella es de las personas que no teme ayudar a desconocidos. Ha visto de todo, desde las injusticias que cometen los vigilantes del tren y otras autoridades, hasta accidentes fatales como la pérdida de piernas y brazos en el intento de continuar el viaje “colgados” al ferrocarril.

– ¿Cómo fue que empezaste a ayudar a los migrantes?

– Porque no me gusta lo que veo (en las vías y la estación del tren), pero no puedo ponerme al brinco con las autoridades, así que preferí darles la poca ayuda que puedo.

– ¿Hubo algo en particular qué te motivo a ofrecerles esa ayuda?

– Sí, cuando vienen muchachas, tengo tres hijas y a veces me pongo a pensar en el destino que les espera a ellas, vienen muchachas embarazas, con niños o son menores de edad, veo lo que sufren, lo que pasan, me han contado muchas historias y yo me siento muy mal por lo que les hacen.

¿Qué te han platicado esas mujeres?

– Que pasan días sin comer, sin asearse, que se encuentran con cada pelafustán que se pasa de gandalla con ellas, me han comentado que les roban o las violan, que son las mismas personas que vienen con los migrantes o las autoridades. Hay un grupo de allá mismo (Centroamérica) que les llaman Los Zetas los que abusan de los indocumentados.

– ¿Alguna vez has visto a alguna autoridad excederse con los migrantes?

– Hace un año me tocó una experiencia con un supuesto jefe de migración que decía que iba a ayudar a unas chavas, ellas me pidieron comida, viví la desafortunada situación de dejarlas ir con él, no pude hacer nada, una de ellas regresó después y me dijo que la misma autoridad se había burlado de ella, que la violó.

¿Qué situación con los migrantes te ha conmovido más?

– Una muchacha que venía con un embarazo muy avanzado, era discapacitada. No traía una manita y no podía hablar bien. Me dio mucho sentimiento, me dije: ¡No es posible que en ese estado ande viajando! Le ayudé porque no podía subirse al tren, se cayó muy feo y vino conmigo porque tuvo varios raspones.

¿Cómo cuántos migrantes ves transitar por el tren al día?

– Son muchos, a veces pasan grupos de unos 30 o hasta 100, en época de frío disminuyen pero cuando está más o menos el clima pasan muchos.

– ¿Qué autoridades te han molestado?

– Los policías municipales y estatales, los de Migración y los que cuidan el tren, los veo cómo se ponen muy agresivos con los chavos, no pueden ver a un centroamericano porque luego, luego los apedrean, los maltratan y les roban.

“A mí me han dicho que soy pollera. Una ocasión a mi esposo se lo llevaron diciendo que era pollero, que traficaba con gente, le hicieron una serie de preguntas y después lo soltaron”.

– ¿Has permitido a los migrantes pasar la noche en tu casa?

– Sí, he dejado que se queden en mi casa a pesar del riesgo que tengo, de que llegue alguna autoridad, pero hay épocas en las que está helando afuera y ellos se quedan cerca de las vías.

– ¿No te da miedo que se quede en tu casa gente que no conoces?

– Sí me da miedo, especialmente cuando vienen hombres o muchas personas, pero el que está pendiente en esas situaciones es mi esposo, él decide si los deja pasar, pero siempre los metemos porque hace frío y vienen niños o mujeres embarazadas.

– ¿Con qué has ayudado a los migrantes?

– Con comida, medicamentos, suéteres, ropa, una cobija o un lugarcito donde quedarse, no les doy dinero porque no tengo, aunque algunos sí te piden, pero luego se les nota que son malvivientes.

“Veo que la mayoría de las personas les cierran la puerta cuando les piden ayuda, porque algunos tienen la idea de que (los centroamericanos) son personas malas, pero creo que regalarles un taco o un vaso con agua no nos quita nada”.

Tere Ramirez Ojeda
Fotografía: FOECAT

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