La ciencia, de la mano con la discapacidad: Miriam Águila Cruz

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Durante la pandemia se organizó para visitarlos en sus casas, recorrido que le lleva dos días por las distancias y porque se traslada en transporte público.

La suspensión de clases por el confinamiento ordenado para frenar la COVID-19 obligó a muchos profesores a buscar opciones para seguir en contacto con sus alumnos. Ese fue el caso de Miriam Águila Cruz.

Ella tiene 49 años, es ingeniera agroindustrial, egresada del Tecnológico Agropecuario de Xocoyucan; su familia la forman su mamá y dos hermanos, además de su papá, quien falleció hace más de cuatro años. Es soltera, pero al mismo tiempo mamá adoptiva de nueve de sus alumnos, que presentan una discapacidad.

Originaria del municipio de Apizaco y parte de una familia de docentes, confirma que en un principio no era su objetivo ser profesora, aunque las circunstancias y los consejos de sus padres la convencieron de lo que hoy es su pasión. Recuerda que su primera experiencia fue para dar cursos a jóvenes con alguna discapacidad; veinte años más tarde sigue atendiendo a alumnos en estas condiciones.  

Actualmente es docente en el Centro de Atención Múltiple (CAM) 2, en el municipio de Tlaxco. Los CAM en Tlaxcala atienden a niños desde los 45 días de nacidos, y siguen haciéndolo en preescolar, primaria, hasta llegar a un área laboral, donde se les capacita en un oficio, que puede ser cocina, panadería, manualidades y carpintería.

Actualmente, Tlaxcala cuenta con veintiún centros ubicados en Apizaco, Huamantla, Cuapiaxtla, Atltzayanca, El Carmen Tequexquitla, Ixcotla, Contla de Juan Cuamatzi, San Francisco Tetlanohcan, Teolocholco, San Pablo del Monte, Ixtacuixtla, Nativitas, Santo Toribio Xicohtzinco, Hueyotlipan, San Sebastián Atlahapa, Tlaxcala, Calpulalpan, San Tadeo Huiloapan, Nanacamilpa y Tlaxco, donde colabora Miriam.

Ella se ha salido de las normas y tiene alumnos más del tiempo permitido, pues considera que cuentan con las mismas capacidades para desenvolverse como adolescentes normales; prueba de ello es que ha logrado participar en cuatro eventos nacionales de ExpoCiencias, en diferentes partes del país, identificados como “Manos especiales cuidando el medio ambiente”.  

ExpoCiencias es un evento de alcance internacional reconocido por el Movimiento Internacional para el Recreo Científico y Técnico (MILSET) que tiene como objetivo promover la participación de niños y jóvenes a través de proyectos científicos y técnicos, de investigación, innovación y/o divulgación con la participación de instituciones y empresas dedicadas a la educación, así como divulgadores y profesores.             

Antes de la contingencia sanitaria, participó en los eventos organizados en Villahermosa, La Paz y Monterrey, donde presentó proyectos como eco-ladrillos elaborados con PET, plantas medicinales cultivadas de forma orgánica y un limpiador orgánico a base de cáscaras de cítricos.    

Sus alumnos presentan una discapacidad, aunque eso no les ha impedido participar
en ExpoCiencia Nacional, donde explican el proyecto sin ayuda de su profesora.

Con el inicio del confinamiento en marzo del año pasado, decidió implementar estrategias para mantenerse en contacto con sus alumnos; para ello, fue necesario dirigir un oficio a su directora para notificar que estaría visitando a sus alumnos bajo su propio riesgo, deslindando a la institución de las consecuencias de salud que pudieran tener.

De abril a diciembre de 2020 realizó seis visitas, aproximadamente cada dos meses. A las reuniones llevaba material impreso para que sus alumnos pudieran trabajar; además, se apoyó en aplicaciones como WhatsApp para tener comunicación más frecuente con ellos.  

Esta entrevista la realizamos el pasado 17 de diciembre, después de las ocho de la noche, tras el recorrido en el que el equipo de Momento acompañó a Miriam desde las nueve de la mañana.

—¿Cómo te sientes después de esta jornada?

—Bien, me siento muy bien, cargada de energía para seguir trabajando por mis alumnos.

—¿Qué representa para usted hacer cada una de estas visitas?

—Dar más por ellos; dar el cien o el mil y no rendirme. Buscar nuevas estrategias, nuevas formas para que ellos puedan brillar y ser triunfadores en lo que están haciendo, que es ExpoCiencia, presentar proyectos, pero más que presentarlos es decir “Aquí estamos. Véannos. Sí podemos hacer cosas igual que todos y podemos ser exitosos”.

—¿Cómo llega la docencia a tu vida?

—Yo estudié [una ingeniería en] Alimentos, porque me gustaba el enfoque en el área alimenticia. Cuando salí de la carrera, como todo estudiante, empecé a repartir mi currículum por todos lados.

“Haciendo prácticas en el Tecnológico, me tocó ir a dar cursos sobre alimentos a diferentes comunidades y a algunas dependencias, como el Instituto Tlaxcalteca para la Educación de los Adultos (ITEA). Ahí me contactan y me preguntan si me gustaría trabajar dando cursos a jóvenes con discapacidad y acepté.

“La verdad no estaba muy convencida de la docencia, además de que recibía la aprobación de quedarme en la iniciativa privada, pero mis papás me dijeron: ‘Mira a tus tías y primos cómo les va en la docencia. Ve y prueba’. Me dije ‘Bueno, soy mujer de retos. Voy a ir, y si no me gusta, pues tengo una carrera y puedo buscar otro trabajo’. Y pues, oh decepción, me gustó. Me gustó la docencia y, sobre todo, atender a este tipo de adolescentes”. 

—¿Dónde empezó?

—En el Centro de Atención Múltiple (CAM) de Tlaxco, donde estuve un año; de ahí me cambiaron a Huamantla, después pasé al de Apizaco por tres años y de aquí me regreso a Tlaxco, donde ya tengo más de diez años trabajando.

—¿Cuántos años tiene en la docencia?

—Veintiuno. Me siento muy bien, muy comprometida con mis alumnos.

—¿Nos podrías explicar qué es un CAM?

Es un centro que atiende a niños con alguna discapacidad; se recibe a bebés desde los 45 días de nacidos, después hacen preescolar y primaria, para posteriormente pasar al área laboral, donde se les capacita en un oficio, que puede ser cocina, panadería, manualidades y carpintería, que son los talleres con los que cuentan aquí en el estado.

—¿Hasta qué edad puede estar un niño en los CAM?

—No hay un límite de edad. Cuando termina la primaria, pasa al área laboral; en algún momento se dice que nada más pueden estar cuatro años, pero en mi caso mis alumnos continúan conmigo, sobre todo porque nos salimos un poquito del esquema. No estamos haciendo proyectos por ciclo escolar, sino algo nuevo, algo que tenga un impacto, que tenga un beneficio y que nos permita seguir participando en ExpoCiencia.

—¿En qué momento decide involucrarse en ese tipo de actividades, donde pareciera que sus alumnos no tienen la capacidad de participar?

—Cuando me hacen llegar la convocatoria me doy cuenta de que no dice educación especial. Dije, ‘Bueno voy a preguntar, no pierdo nada’. Pregunté y afortunadamente me dijeron que si el proyecto que presentaba se apegaba a la convocatoria y cumplía con los requisitos que se piden, podría participar sin ningún problema.

“Empecé a trabajar en mi proyecto, que es una tesina, ya que tiene objetivo, hipótesis y marco teórico. El primer proyecto era un eco-ladrillo, que funcionó. Pagué mi inscripción, porque se paga, tanto del asesor o docente, como de los participantes. Llevé mi proyecto, participamos en la etapa estatal y fue algo muy novedoso para mí llegar y ver que no éramos tratados como los discapacitados o los de educación especial; éramos tratados como cualquier joven que llega y presenta un proyecto y que va a ser evaluado.

“Me gustó esa experiencia. Afortunadamente tuve la oportunidad de estar en mi primer nacional en 2016, en Villahermosa, Tabasco. Después de esa experiencia vi que valía la pena, porque les cambia la vida, porque a lo mejor yo o cualquier otra persona puede viajar, irse de vacaciones en cualquier momento, pero mis alumnos no.

“Esta es la forma que ellos tienen para viajar, para conocer gente y otros lugares, y para que sepan que están ahí y demostrar que la ciencia puede ir de la mano de la discapacidad.

“En 2017 participé con un proyecto que se llama plantas medicinales cultivadas de forma orgánica por los alumnos. Tenemos un jardín medicinal y los muchachos lo cuidan y están al pendiente de sus plantas. Gané nuevamente la fase estatal y estuve en La Paz, Baja California Sur, representando al estado.

“En 2018 presenté el tercer proyecto, que es una tintura de romero; desafortunadamente no tuvimos la fortuna de acreditar al nacional, pero me quedé en la fase estatal.

“En 2019 presenté el proyecto de un limpiador orgánico a base de cáscaras de cítricos y ese me llevó a la fase estatal, que ganamos para llegar al nacional en Monterrey.

“En 2020, a pesar de la situación que estamos viviendo, presentamos dos proyectos; el primero es un herbicida orgánico hecho por mis alumnos, el cual tuvo una acreditación para estar en el nacional en Hermosillo, Sonora, de manera virtual. No tuvimos la fortuna de pasar con el segundo proyecto que era un abono orgánico, hecho a base de cáscaras de plátano, pero lo intentamos con dos participaciones”.

—¿En Tlaxcala su CAM es el único que ha participado a nivel nacional?

-Sí; a nivel estatal cinco veces, y nacional en cuatro. El año pasado fue de manera virtual.

—¿Y a nivel nacional hay otros estados que participen con estudiantes en condición de discapacidad?

—No hasta este momento, o al menos hasta 2019 que estuvimos presentes en Monterrey; éramos el único.

—¿Y cómo se anima a participar sabiendo que son jóvenes que tienen dificultades, algunos incluso para hablar?

—Porque sí lo pueden hacer. Ya depende de la persona que pasa a evaluar, que quieran entenderlo. Yo siempre les llevo material para poder presentar el proyecto, ya sea impreso para que ellos puedan explicar y el evaluador pueda entender el proyecto que están presentando. Porque ellos exponen el proyecto, yo en ningún momento intervengo de acuerdo con la convocatoria.  

—¿Usted recibe apoyo de la Secretaría de Educación Pública del Estado?

—Un apoyo como tal para participar, no; en 2016 tuvimos una ayuda por parte del gobernador Mariano González Zarur, a quien tengo que agradecer, porque me dio para pagar la camioneta y llevar a mis alumnos a Villahermosa, Tabasco, y llegar un día antes del evento para que pudieran estar descansados y presentar sus proyectos; con este gobierno no hemos tenido muy buena comunicación en ese sentido, y aunque se nos dio un apoyo en el 2018, fue una situación muy desgastante para comprobar los gastos.

—¿Cómo le ha ido en las fases nacionales donde ha participado?

—Trato de que estén al nivel de las mejores delegaciones, porque hay algunas que van muy bien conformadas, desde el lugar donde se alojan, el transporte, los uniformes, su presentación. Me dije: “Aquí hay que invertirle”, y es lo que hago. Vendo residuos que recolectamos en las tiendas, como cartón, PET, latas. Mis alumnos piden con sus vecinos y con eso vamos haciendo la vaquita para llevarlos con una buena presentación, con playeras nuevas, también llevamos algún suvenir para regalar, porque también vienen a este tipo de eventos personas de otros países y por lo menos regalar un llavero, una paletita o un lapicero. Hay que invertir, pero vale la pena.

—¿Cómo se ha ganado el apoyo de los papás?

—Yo creo que al ver los resultados que tienen sus hijos. Si vieran que sus hijos no han cambiado, creo que no me darían ni el apoyo ni la confianza de permitirme viajar con sus hijos una semana, porque viajo sin papás. Viajo con el objetivo de que mis alumnos sean independientes, de que se vean en un entorno diferente, sin mamá y sin papá, y que puedan tener la decisión de estar solos y ver que no va a pasar nada, que lo pueden hacer, que lo pueden lograr como cualquier otro chico de su edad.

—¿Cuál es el mayor temor de los papás cuando los chicos se tienen que ir con usted una semana?

—Yo creo que el mayor temor es que [no] lleguemos con bien, que nos pase algo. Siempre que salimos, antes de subirnos a la camioneta o de abordar el transporte que nos va a trasladar, hacemos un ritual con ellos de abrazarnos, hacer una oración y pedir que nos vaya bien en el viaje. Sé que es mucha la responsabilidad, estoy consciente y yo le pido mucho a Dios que así como salgo, regrese con ellos bien.

—¿Cómo salirse de un esquema de su institución cuando ya hay talleres específicos y usted decide no tomarlos y hacer su propio proyecto?

Lo que pasa es que yo creo que como taller les quedamos a deber a ellos y en esa búsqueda de otra cosa, es que encontré los proyectos de ExpoCiencia, porque soy de profesión ingeniera en alimentos, y ellos saben preparar dulces típicos, que es lo más sencillo.

“Ya hicimos manualidades, ya fui carpintera una temporada, y ahora me enfoco en los proyectos, pero también en el cuidado del jardín medicinal, que es de ahí donde nos ha permitido generar nuevos proyectos que hemos puesto en práctica.

“Sí he tenido que explicarle a la autoridad inmediata, él por qué, él para qué, el cómo, pero al ver los resultados, que somos el equipo que está participando, que estamos rompiendo los esquemas y que de alguna manera estamos abriendo esa puerta de inclusión que tanto se pide ahora, porque llegamos y presentamos un proyecto igual que cualquier chico de cualquier otra institución.

—¿Cuáles son los resultados que usted ve con sus alumnos?

—Los veo con mayor seguridad, más sociables, ya no se cohíben. Pueden llegar a un restaurante, a un hotel, pedir el servicio, pedir su llave, piden la carta cuando van al restaurante, cuando vamos a la cafetería, al cine; verles la sonrisa y decir “Me gusta estar aquí”, creo que vale la pena. Armar un proyecto, desvelarse, investigar y bajar la información para que puedan entender, vale la pena.

“Nos sentimos muy orgullosos y desafortunadamente puedo decir que aquí no han valorado a mis alumnos, pero cuando llego a una ExpoCiencia y saben que son de manos especiales, llegan los extranjeros, uruguayos, italianos y colombianos, estos últimos tienen mucha empatía con la discapacidad, porque les piden fotos y ahí se siente la inclusión, pero llegamos a nuestro estado, a nuestro municipio y se acaba el encanto, porque aquí somos invisibles para todos”. 

—¿En qué momento decide identificarse como Manos especiales cuidando el medio ambiente?

—Manos especiales surge porque en diciembre hicimos una expo venta y mis alumnos elaboraban todos los productos. Ahí decidimos poner una etiqueta que dijera “Manos especiales”, a raíz del proyecto del eco-ladrillo, que se hacía aprovechando los residuos generados en la escuela, agregamos “cuidando el medio ambiente” Ahora ese es el nombre de nuestra página en Facebook: Manos especiales cuidando el medio ambiente; ahí comparto todos los trabajos que hacemos.  

—Platíquenos sobre la profesora que la apoya. Tenemos entendido que usted paga el sueldo de ella. 

—Por el exceso de trabajo que tengo, agradezco mucho a la maestra María Teresa Alvarado Rodríguez, que es mi apoyo; sin ella yo no estaría aquí y no estaría tampoco en los nacionales en los que hemos estado. Soy de la idea de que Dios proveerá. Si tú das, en algún momento se te va a multiplicar y a nosotros se nos ha multiplicado en trabajo, en la satisfacción de ver a los chicos en lugares que jamás pensaron. He aprendido que las cosas materiales van y vienen.

“Además, porque a pesar de que ya son grandes, llevar a Valeria en silla de ruedas, porque no la puedo dejar, no puedo decir ‘Ella no va’, porque antes de la pandemia yo los llevaba al cine, a celebrar el 14 de febrero, a una cafetería o a un restaurante en Tlaxco para nuestros convivios de fin de año.

La ayuda de la maestra Tere vale la pena para que estos chavos triunfen y se desenvuelvan en escenarios nacionales. 

Estudiar en casa fue experimental, pero no funcional

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—Platíquenos sobre lo que ha hecho durante la contingencia sanitaria.

Nos dejaron que cada maestro optara por la mejor estrategia. Desafortunadamente, cuando empezó la pandemia surgió lo de “Aprende en casa” y para nosotros no fue funcional. Había temas en los que ellos no encajaban. Ahora que ustedes estuvieron en el recorrido, se pudieron dar cuenta de que algunos de los papás no tienen un grado de estudio y ellos son los que acompañan a los alumnos.

“Entonces también se estresaban porque no habían entendido el tema y decidí que no era una buena opción. Lo intenté, porque sí lo intenté por tres semanas, pero fue experimental, no funcional.

“Empecé a buscar material impreso, hacer pequeños cuadernillos y llevarlos, hacer el recorrido que el día de hoy hicimos, nada más que yo lo hago en dos días, por las distancias.

“Estoy con ellos un tiempo para platicar, revisar el cuadernillo, ver qué fue lo que no entendieron y, sobre todo, que no se pierda lo que ya tengo ganado, que no se olvide lo que ya saben sobre el cuidado de las plantas, sobre los proyectos que han desarrollado, encaminados al cuidado del medio ambiente, a separar la basura, el cuidado de los residuos.

“Para poder hacer las visitas fue necesario ingresar un oficio con mi directora para hacerme responsable de mi integridad y la de mis alumnos y así deslindar a la institución de mi decisión”. 

—¿Y funcionó?

Sí, hasta ahorita me está funcionando. Los visito cada dos meses y les llevo el material, platico con ellos, revisamos sus trabajos y también los papás están un poquito más tranquilos, porque en las tres semanas experimentales estaban estresados, porque no le encontraban el hilo a la situación.

“Había llamadas de desesperación de los papás para decirme ‘Maestra, no le entendí’, ‘Pasó muy rápido’, ¿Cómo se lo explico?’. En cambio, con el cuadernillo, si hay dudas, yo las vuelvo a explicar. Los lunes grabo un video con las actividades que van a realizar esa semana, y si hay alguna duda, pues los papás se comunican conmigo y reforzamos lo que no se entendió. Además, hago llamadas, porque el encierro ha sido difícil para ellos. Son llamadas porque están llorando, haciendo berrinches y los calmo, les digo que pronto iré a verlos, que trabajen en sus cuadernillos.  

—¿Todo este material es por cuenta de usted?

—Sí.

—¿Nada recibe de la institución?

—No, el material lo pone cada maestro.

—Maestra, descríbanos el recorrido que hicimos hoy.  

—Cada vez que realizo la visita me emociono mucho. Estoy como los niños cuando les llega el cumpleaños o los Reyes Magos. No duermo y eso me pasa a mí. Aparte, empiezo a recolectar el material que voy a llevarles, la emoción de buscarles un dulce, un detalle para motivarlos.

Al primero que visitamos fue a Micky, quien tiene 25 años con síndrome de Down. Él sale todos los días de su casa a las cinco de la mañana para llegar a su escuela, pues su localidad pertenece al estado de Puebla. Después de conocer dónde vive, todo lo que recorre, ¡híjole!, con él tengo que dar el mil. Apenas me lastimé la pantorrilla y tenía que ir a verlo, ya lo había prometido y me di de alta. Me dije: “Tengo que ir y no le puedo decir a mi Micky que no puedo”. Así me fui porque, él me espera, sabe que voy a ir. No le puedo decir: “Está muy lejos tu casa”. Él todos los días hace esa vuelta dos veces; con él es doble el compromiso.

“Fanny tiene 28 años y presenta una discapacidad intelectual, pero ya viaja sola de su casa a la escuela. Es una chica que me gustaría mucho verla consagrada en alguna situación laboral, porque tiene para hacerlo. Es muy solidaria y ayuda a todos sus compañeros y maestras. Sí me gustaría mucho llevarla a un internacional; en el caso de Micky no lo menciono porque él tiene un problema de corazón que le impide viajar en avión.

“Luz Marcela tiene 21 años y síndrome de Down; con ella me gustaría mucho demostrar que las personas con Down están presentes. Luz Marcela y Micky presentaron el proyecto del abono de cáscaras de plátano en plena pandemia. No tuvimos suerte porque desafortunadamente ese día Micky había pasado una mala noche con una infección en el estómago; iba muy decaído, pero aun así estuvo ahí para presentar su proyecto.

“Por la situación de la pandemia les tuve que poner caretas y no se escuchaba muy bien. Cuando grabamos lo tuvimos que hacer en un lugar abierto, estaba haciendo mucho aire y entonces quizás eso fue lo que demeritó que no pudieran llegar al nacional, pero sí tengo la intención de consolidar un equipo Down en un nacional.

“Antes de la pandemia ya estábamos consolidando que viajara sola de su casa a la escuela, pero falta pulirla más para que ella pueda moverse de manera independiente.

“Mari Carmen tiene 30 años y presenta una discapacidad intelectual; a ella también me gustaría llevarla a un internacional y verla incorporada en un trabajo. Su salud es una limitante, pero no descansaré hasta verla en un internacional.

“Lupita tiene 21 años y presenta síndrome de Down. Con Lupita me gustaría su independencia personal, consolidarla más y presentar un proyecto ella sola. Yo creo que si la pulo lo pueda hacer.  

“Valeria tiene 25 años y presenta una discapacidad intelectual y motriz, pero es la risa y el corazón del equipo; espero que su familia me permita seguir viajando con ella, porque es muy entusiasta, laboralmente no, por su condición, pero seguir participando en expo-ciencias, le encanta viajar.

“Luz María tiene 27 años y una discapacidad intelectual, pero ella es la joya de la corona; siempre lo he dicho, en ella hemos visto los avances de manera palpable; de la niña que yo recibí a la chica que ahora es, está lista para un internacional. Ha participado en todos los proyectos y laboralmente también es funcional. Ella se traslada sola a la escuela de ida y regreso”. 

—Hoy confirmamos que usted marca la diferencia con estos chicos.

—Pues me pagan para eso y recibo un sueldo; creo que tengo que regresarles lo que la vida me ha dado a mí.

—¿Y qué le ha dado la vida?

—El estar viva, tener una familia… uf, si puedo darles algo de lo que yo tengo. Lo doy y lo doy con gusto.

—Pudimos ver la disposición de todos, de recibirla con mucho entusiasmo.

—Ah, es que ellos son únicos. La discapacidad no los hace diferentes. Para mí son magníficos, porque son abrazos que te llenan y me motivan para seguir buscando alternativas para que trabajen. Por ejemplo, esta semana, que le llamé “La semana navideña”, hicieron una manualidad, que fue una tarjeta, y un platillo navideño que debían hacer ellos. Cuando veo las evidencias, me digo ‘Tengo que seguir dando el mil’.

Por derechos para todos

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—En el tema de inclusión, ¿cuál es el problema principal con estos adolescentes?

—Considero que es el miedo, la falta de saber cómo tratarlos. Yo creo que debes tratarlos con el mismo respeto con que tratas a cualquier otra persona. Cuando nos quitemos ese miedo de qué va a pasar, cómo lo trato, ahí estamos abriéndole la puerta a la inclusión a estos chicos, son como cualquier otro chico de su edad que tiene sueños, que tiene ganas de salir adelante.

—Mencionaba durante el trayecto que ya lo intentó en la parte laboral, ¿qué pasó?

—Yo lo intenté en el CAM de Huamantla, desafortunadamente ya no se concretó, pero me acerqué con un empresario y le pedía que no tuviera miedo de aceptar a este tipo de chicos, porque son responsables, son puntuales y si tú le enseñas la actividad que va a hacer, la va a hacer correctamente.

—¿Y cuál fue la respuesta?

—Qué lo iban a pensar… que lo iban a pensar.

—¿Ese sería su sueño?

—Sí, poder insertarlos al área laboral y que sean casos exitosos, tener un seguimiento; entré así y después de cinco años está aquí, sigue con su trabajo; que el empresario pueda decir: “Valió la pena la contratación de este chico o de esta chica”. Eso sería mi máximo en cuestión laboral con ellos y en cuestión de ExpoCiencia mi objetivo es estar en un internacional con ellos, diciendo “Aquí están; aquí están con la discapacidad acompañados de la ciencia y representando a su estado”.

—¿Qué ha aprendido de la discapacidad?

— Que son seres humanos maravillosos, inocentes y transparentes. Los “Te quiero”, los de “Eres mala, hoy no quiero trabajar”, eso es lo que sienten, el abrazo que te dan, el beso.

—Platíquenos a qué se enfrentan estos chicos, a esta independencia de la que hablamos. Por ejemplo, Luz María, que fue la última que visitamos.

—A la poca sensibilidad de las personas, sobre todo ella, que usa el transporte público. Muchas veces me ha tocado ver qué pasan 40 minutos o una hora para que la levanten. El transporte simplemente no la levanta porque saben que ella usa una tarjeta de descuento y la usa porque tiene la necesidad; no tiene papá y su mamá vive del pepenado en el relleno sanitario que está cerca de su casa, y gastar 100 pesos a la semana, en sus condiciones, es para comer: Trabajo con ella y le digo “Ignóralos, no les hagas caso”. Sonríe y da las gracias. Eso marca la diferencia.

“Fanny, por ejemplo, tiene la tarjeta, pero la línea de transporte que pasa por su casa no la hace válida; con Micky también han tenido algunos desplantes, y aunque va acompañado de un familiar, uno que otro chofer les dice una mala palabra, algún desplante, y a veces los papás sacan la moneda para pagar y evitar los comentarios. Tener la empatía, la sensibilidad, no les cuesta nada, es un pasaje. Yo creo que no va a perder mucho y sí vas a ganar que un alumno con discapacidad llegue a su escuela o regrese a su casa”.

—En el recorrido usted ha mencionado los derechos que tienen los jóvenes en condición de discapacidad, porque el plan de estudio marca solo estar cuatro años en los talleres y egresar.  

—He tenido que negociar, porque la ley lo dice: la escuela es gratuita y es para todos. Yo no soy quién para decirles a los papás, “Pues ya estuvo cuatro años conmigo, ya se lo puede llevar”. Si el papá está convencido que el trabajo que estamos haciendo es bueno y tiene algún impacto en su hijo y él lo está viendo y decide seguir el siguiente ciclo y paga su cuota, yo no soy nadie para negarle ese derecho. Aparte, yo no recibo la cuota, la recibe la directiva, porque quienes somos maestros, estamos para atender a los alumnos así sean 5,10,15 los que lleguen, y pueden estar el tiempo que ellos consideren. No les podemos cerrar la puerta y decir no te atiendo porque ya estuviste muchos años, yo creo que la Ley de Educación no dice que un alumno no puede estar tantos años.

—¿Ha sido difícil abrir esta brecha?

—Un poquito nada más [Risas]. Un poquito.

—¿Qué cree que nos haga falta como sociedad aprender e incluirlos en la vida social?

—Como sociedad quitarnos ese chip de ser egoístas y elitistas, y que somos perfectos, porque nadie es perfecto. Ellos son iguales a nosotros, tienen y sienten lo mismo que nosotros; tienen los mismos derechos.

Desde que nacemos nos ponen el chip de que él es diferente, él, que está enfermo. La discapacidad no es una enfermedad. Si los vieran trabajar en las ExpoCiencias, porque al final a quienes evalúan es a ellos, no a mí. Yo solo me encargo de armar los proyectos, de estar buscando las ideas de cómo hacerlo; al contrario, todo mundo pasa y los felicitan. No son los bichos raros. Están ahí esperando al evaluador para presentar el proyecto. Nos falta mucho como sociedad.

—¿Hay una deuda de la sociedad con ellos?

—Sí, sí hay una deuda muy grande, y si en las escuelas no subsanamos esa deuda, cómo esperamos que la sociedad lo haga. Yo los veo iguales, les enseño y les repito las veces que sea necesario hasta que lo logren. Sí hay una deuda histórica, pero también está en nosotros los docentes hacer ese cambio, porque tenemos que verlos como seres humanos, como personas, no como personas con discapacidad.

—Sus hijos adoptivos, como les dice usted, ¿son un ejemplo para la sociedad?

—Yo creo que sí, y por ahí dirían que soy mamá gallina, pero para mí, mis alumnos sí son un ejemplo, porque están dónde están gracias a que le han macheteado, a que se la han rifado.

—¿Qué mensaje les daría a los maestros?

—Eso sí está difícil, porque todos somos maestros y también estoy en este grupo. Más que marcar la diferencia, es hacer lo que haces con esto (corazón), porque si lo haces con esto (cabeza), no va a haber resultados, no vas a impactar y en cualquier nivel tienes que ponerle algo de aquí (corazón), porque si nada más es acá (cabeza), no vas a marcar esa diferencia y por eso yo creo que se ha perdido esa figura del docente.

“Todo mundo habla que hace años la figura del docente era de respeto y ahora dices “Ay, es maestro, no hace nada y le están pagando”. Yo creo que eso también nos lo hemos ganado, porque el papá no ve resultados y tú tienes que esforzarte por hacer esa diferencia, pero tienes que hacerlo con esto (corazón). Cada vez que llegas tienes que hacerlo con amor. Ellos no tienen la culpa de todo lo que te pasó en el transcurso del día, o si tienes problemas en casa o económicos.

“Tú llegas a un salón de clases y tienes que dar lo mejor de ti, así te duela la muela, el estómago o estés que te lleva la fregada tienes que hacer la diferencia con una sonrisa, con un te quiero mucho, con un abrazo, esa es la diferencia.

“Pero si tú llegas en tu plan de que lo sabes todo, de que eres el mejor docente, de que tienes doctorado, maestría y no sé qué, tienes que hacer tu trabajo con amor y así en todas las profesiones.

“Yo llego a mi escuela con la mejor actitud de ver a mis alumnos, a ver cómo están hoy, qué vamos a hacer hoy, si alguien viene con la pila baja motivarlo.

Ya después me pondré mi costalito de problemas encima y veré cómo lo solucionó, pero de ocho a una de la tarde, tienes que ser la maestra que tu alumno espera, la que lo apapache, que lo oriente, que lo guie, que lo motive; tus problemas son aparte.

A pocos días de informarle a la maestra Miriam que la entrevista sería publicada, nos compartió que a través de la página de Facebook de Manos especiales cuidando el medio ambiente la contactó una mamá de Argentina para ver si su hija podía incorporarse en sus actividades.

Desde entonces lleva un mes trabajando a distancia, gracias a una aplicación móvil, interactuando dos veces por semana. Camila tiene 23 años y una discapacidad intelectual.

Marisol Fernández Muñoz
Fotografía: Federico Ríos Macías
Melisa Ortega Pérez

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