Los orígenes del festival de títeres de Tlaxcala

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Publicada Octubre 2019 Edición 143

La memoria es un animal escurridizo. Los recuerdos se escapan, no se dejan atrapar; se escabullen. Son marionetas que de repente cobran vida y se enmascaran o se metamorfosean.
En un ejercicio memorístico, Revista Momento se ha acercado con dos personajes clave en la construcción de una de las actividades culturales más importantes de Tlaxcala y de México: el Festival Internacional de Títeres “Rosete Aranda”. Hablamos de Alejandro Jara y de Guadalupe Alemán

Alejandro Jara Villaseñor

Alejandro Jara Villaseñor es un tráns­fuga. Como muchos personajes con un temperamento similar al suyo, una vocecita en su mente le decía que eso de ser ingeniero en Comunicaciones y Electrónica no era lo suyo.

Sí, es cierto que cuando tenía 18 años, en el emblemático 1968, había ingresado a la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica, la famosa ESIME del Poli. Pero también es cierto que además de las clases de matemáticas y de física, en sus ratos li­bres empezó a acercarse a un mundo que no le era tan ajeno: el del arte.

Momento conversa con Alejandro Jara Villaseñor, quien, en 1983, luego de un lar­go camino y de numerosas gestiones, pudo alumbrar el nacimiento de lo que acabaría siendo una de las actividades culturales más importantes de Tlaxcala y de México: el festival de Títeres, que lleva el nombre de los Rosete Aranda y ahora presume un carácter internacional.

Con carteles, programas y reseñas de los grupos participantes literalmente hechos a mano, aquella primera edición tuvo unos orígenes bastante humildes, pero contaba con el entusiasmo y la entrega de Alejan­dro Jara y de su cómplice en esa peregrina idea: la actriz y directora escénica Guada­lupe Alemán.

Preludio: en un lugar de Tlaxcala, allá por 1983…

Imaginemos la escena: un hombre de tez blanca y abundante barba negra está al volante de un raudo Volkswagen sedán, el auto del pueblo, según la literal traducción del alemán. A su lado viaja una joven mujer, que en un futuro no muy lejano lucirá una larga cauda de cabello, que será uno de sus sellos distintivos. Pero eso ocurrirá algunos años después. En el asiento trasero va un niño, de nombre Simón. El pequeño mira con asombro el paisaje que se abre ante sus ojos.

Los tres son todo el elenco de una obra que en unos minutos se representará en una de las tantas comunidades de Tlax­cala, donde el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos trata de combatir el analfabetismo. Los tres forman el grupo Tiripitipis, prácticamente la única compa­ñía titiritera de Tlaxcala. Para ese entonces, los apellidos Rosete Aranda prácticamente nada le dicen a la gente.

Estamos en 1983. El país acaba de sufrir una de sus más severas crisis económicas. La era del nacionalismo revolucionario está a punto de dar paso a la del neoliberalismo. Tiempos aún más difíciles se asoman en el horizonte del tiempo.

Alejandro Jara Villaseñor

Pero eso no lo saben nuestros tres per­sonajes a bordo del vochito que recorre los caminos de Tlaxcala. Por lo pronto su misión es llegar a la comunidad donde de­ben ofrecer la obra de ma­rras, titulada sencillamente Tlahuicole, guerrero tlax­calteca.

El hombre al volante del Volkswagen es Alejandro Jara Villaseñor, y su acom­pañante es Guadalupe Ale­mán. No lo saben aún, pero están poniendo los primeros adobes de un enorme cas­tillo de ilusiones llamado Festival Internacional de Títeres Rosete Aranda. Pero eso vendrá después. Tengan paciencia. La película ape­nas está comenzando.

(Guadalupe Alemán re­lata en un texto hecho lle­gar a Marisol Fernández, directora de esta revista, que el proyecto apoyado por el INEA se denomina­ba Sensibilización, apoyo y promoción de actividades teatrales en comunidades tlaxcaltecas, que operaba “en pueblos marginados, en donde el INEA tenía instala­das Salas de Lectura para apoyar la alfabetización. Se crearon seis grupos de tea­tro campesino que daban funciones en su propia co­munidad, pero también sa­lían a representar las obras en los poblados vecinos. Este proyecto estaba dirigido a los adultos para apoyar la recreación y la alfabetiza­ción, pero en algunos luga­res los niños se interesaron por participar y se crearon algunos grupos de teatro de títeres, a los adultos también se les instruyó en este arte. En los pueblos a los que lle­gábamos recopilábamos in­formación de las leyendas y de las manifestaciones de la cultura popular del lugar, para que fuera publicada en la revista del INEA o en ocasiones convertirla en un producto escénico”. Fin de la digresión. Cabe aclarar que Momento solicitó una entre­vista a Guadalupe Alemán, quien amablemente declinó concederla. A cambio, surtió textos y materiales gráficos que se irán escanciando a lo largo de este artículo. Se ha respetado la redacción original).

El caso es que Tlahuicole, guerrero tlaxcalteca fue la punta de lanza que sirvió a Jara y a Alemán para perge­ñar un proyecto de más al­cance: un festival de títeres. Ahora hagamos un salto al presente.

Forward: Museo Nacional del Títere, 2019

Es sábado. Sábado 14 de Septiembre. El sol está en todo su esplendor de ve­rano agonizante gracias al cambio climático, aunque lo más probable es que la lluvia se deje caer un poco más tarde. Un hombre de abundante barba entre­cana atraviesa el parque principal de Huamantla. Se dirige al Museo Nacional del Títere.

Varias horas antes ha­bía salido de su casa en la Ciudad de México, allá por el rumbo de la basílica de Guadalupe, para volver a Tlaxcala. Una vez más. “¿Cuántas veces habrás hecho este viaje, Alejan­dro? Seguramente ya per­diste la cuenta”, le espeta el narrador de esta historia a nuestro personaje. Hay que tenerles mucho amor a los títeres para poner en prác­tica la peregrina idea de viajar en sábado, en el pre­ludio de las fiestas patrias. Imposible obtener boleto para salir a las siete y estar en Huamantla a las diez.

Exposición de títeres en la casa de Cultura de Humantla

La Terminal de Autobu­ses y Pasajeros de Oriente, la célebre TAPO, está ates­tada de viajeros.

“Chin, tengo ya casi 70 años, y aquí parado. Me duelen un poquito las ro­dillas, pero tengo que ir. Mi obligación es ir, aunque lle­gue ya tarde, es mi deber. Es mi deber”, se dice a sí mismo en la sala de espera, mien­tras aguarda por un boleto que tarda horas en salir.

A su alrededor todo es agitación, pero Alejandro Jara es un tipo resistente. Todos estos años le han servido para encontrar la paz interior. Ha aprendido a esperar, a ser paciente. El viaje ha valido la pena.

Ahora que atraviesa el parque de Huamantla, para llegar al Munati, está a pun­to de volver a contar una historia de perseverancia y de triunfo. Es su historia, una que empezó a construir un día de 1977 bajo el suelo de la capital francesa.

Flashback: París, 1977

Armado con una guitarra y un titerito hecho “con mate­riales de desuso”, un joven de abundante barba negra y alborotada melena, se apresta a montar un breve y clandestino espectáculo en el metro de París. Pocos po­drían pensar que se trata de un mexicano. Su tez blanca y sus ojos claros lo camuflan.

El incipiente titiritero ha llegado a Francia para cursar estudios de pos­grado en Sistemas de In­formación y Comunicación. Pero a estas alturas del viaje, sabe que ese mun­do no es el suyo. Donde se siente realmente feliz es el universo de los títeres.

Jara lleva dos años en Francia, y en su futuro no ve, no se ve a sí mismo hacien­do lo que hacen los ingenie­ros en comunicaciones ni los especialistas en sistemas de información. Lo suyo, lo suyo tiene que ver con esos seres que ahora están a punto de cobrar vida en el subterrá­neo parisino.

Ilustración realizada por el Maestro Desiderio Hernández Xochitiotzi

La función está a punto de empezar.

Forward: Huamantla, 2019

“¿Cómo estás?”, me pregun­ta Alejandro Jara. “¿Cómo va la literatura?”, agrega con un gesto de cortesía. Hace muchos años que no lo veía. “Bien. Va bien”, le con­testo mientras estrecho su hábil mano de marionetista.

Es poco más del mediodía de este patriótico 14 de Sep­tiembre de 2019. Jara Villa­señor ha viajado más de 150 kilómetros. La idea original era entrevistarlo en su casa de la Ciudad de México, pero amablemente ha sugerido que charlemos en el Munati, donde ahora buscamos a su director, Fausto Hernández, otro personaje legendario de la cultura en Tlaxcala.

Fausto no está, pero ha dejado instrucciones para que podamos usar las salas que sean necesarias. A la entrada del museo, un inte­grante del grupo Marione­tas de Huamantla manipula un muñeco con aspecto de esqueleto, pero con un ele­gante bombín negro.

“Segunda, segunda lla­mada. Seguimos invitado a todo el público en general, a que asistan de este lado, en compañía de familia y seres queridos”, clama un segun­do titiritero auxiliado por un micrófono. La función está a punto de empezar. Jara reconoce de inmediato a sus compañeros de oficio. Un abrazo sella el fugaz encuentro. Hay que hacer lo que ha venido a hacer a estas tierras de los Rosete Aranda.

Con la prestancia que le dan años de trayectoria (42, para ser exactos) el maes­tro titiritero se cambia en el baño del Museo.

Es hora de comenzar un largo viaje de miles de años, que lo llevará de la India y Egipto, a Grecia, Roma, Xo­chitécatl y otras estaciones de la historia. Ajústense bien el cinturón, que el viaje es largo.

Primer acto: los Rosete Aranda, 1845

Primer cartel hecho a mano del Primer Festival de Títeres en Tlaxcala

Poseído por el espíritu de la historia, Alejandro Jara dice: “Vimos que las figuras articuladas, de arcilla, de barro, son muy fecundas, no solamente en Tlaxcala, sino en muchas regiones de México. Aquí mismo, cerca de Huamantla, se encontró alguna figurilla, según rela­ta un libro alemán de hace varios años.

“Ya había una base, ya había una semilla, que es sembrada cada vez que los grupos europeos pasan por Huamantla, para ir a la Ciudad de México y luego a otros lugares. Aquí daban funciones.

“Según cuentan los in­vestigadores, en 1835 es cuando varios hermanos Aranda ven eso y se les an­toja comenzar a hacer una compañía de marionetas. Ellos, y luego los hijos de ellos, van creciendo y van haciendo cada vez más y más títeres. Se unen con la familia Rosete.

“[Entonces] se forma la dinastía Rosete Aranda y es muy importante. A prin­cipios del siglo pasado, la compañía de autómatas de los hermanos Rosete Aranda recorre muy buena parte del país, donde no había auto­buses, sino que todo era en tren, y también hay crónica de que estuvieron en el ex­tranjero.

“Había otras compañías, no solamente ellos. Pero tal vez era la más importante, por su organización. Te­nían grupos de música, una murga, según nos decía don Francisco Rosete, por cierto una murga que se llamaba Pirititipis, con p al inicio.

“Y hasta donde tengo en­tendido, a la muerte de don Leandro Rosete Aranda, que fue el gerente más dinámi­co de toda esa dinastía, la compañía va perdiendo su fuerza, y creo que fue allá por los 1940, aproximada­mente, que ya pasa un poco al reposo. Se vende el nom­bre a la Compañía Espinal, pero esa es otra historia que no vamos a contar.

“Aquí en el Munati hay tí­teres de Rosete Aranda, mu­chos, qué bueno, y también de la compañía Espinal. Ese ir y venir de los grupos euro­peos fortalece en Huamant­la esa tradición y Huamantla da al mundo la compañía de títeres Rosete Aranda”.

Fin del pasaje.

Segundo acto: el Festival de Títeres, 1983

En un testimonio publicado en un diario de circulación local, Celia Flores Macías, originaria de Huamantla y hermana de Fernando, presidente municipal de aquella ciudad en los años ochenta, reconoce que cuando era niña, no había escuchado hablar de los Ro­sete Aranda.

El artículo de Celia Flores también recoge que había conocido a Alejandro Jara en París, en los años seten­ta, lo que la conecta con la historia aquí cronicada. Sin embargo, en este punto su personaje hace mutis por la derecha y sale del escena­rio. A veces las vivencias que compartimos con otras personas no coinciden en el recuerdo ni en la memoria.

 A veces, en nuestro afán por ser fieles al pasado, construimos una historia divergente. Pero, también a veces, la memoria es tan lúcida, que extrae el pasado casi intacto; trae al presente recuerdos exactos. Solo de tanto en tanto algunos de­talles se extravían o difieren.

El testimonio de Flores Macías viene a cuento por­que evidencia que la maqui­naria del olvido había echa­do a andar sus engranajes. Los Rosete Aranda eran par­te de un pasado caliginoso, arrumbado en los sótanos de la historia. Ya casi na­die sabía que sus funciones habían sido presenciadas por personajes como Beni­to Juárez e Ignacio Manuel Altamirano, quien escribió deliciosas crónicas sobre las soberbias presentaciones de la compañía huamant­leca en el teatro-circo Orrín.

Pero entonces, sobre el escenario de la histo­ria reaparece la dupla del Volkswagen sedán. Cede­mos la voz a Guadalupe Alemán:

“Con la guía del maestro Desiderio H. Xochitiotzin, leímos lo poco que había de Miguel N. Lira, se hurgó en el siglo XVI, lo que nos permitió conocer la importancia del teatro de evangelización y la participación del pueblo tlaxcalteca en este aconte­cimiento, —como lo mencio­na Fray Toribio de Benaven­te Motolinía; en la Historia de los indios de la Nueva España—, y de manera na­tural el cauce de la historia nos llevó a la información de la familia Rosete Aran­da, causándonos asombro la importancia que tuvo esta Compañía en el siglo XIX hasta los años cuarenta del siglo XX. Durante varias tardes, acudimos a visitar a don Francisco Rosete Aran­da, —el último descendien­te de esta dinastía— el (sic) atendía su botica ubicada frente al parque principal de Huamantla, Tlaxcala. Entre cliente y cliente, le manifestábamos nuestro interés por la historia de los Hermanos Rosete Aranda y poco a poco desempolvaba sus recuerdos y los compar­tía con nosotros, después de varias visitas nos invitó a pasar a su casa y nos mostró fotografías, carteles, folle­tos, marionetas y entabla­mos una amistad muy sin­cera con don Panchito. La conclusión de esas charlas fue que la tradición de los Rosete Aranda, estaba casi desaparecida, al menos, en Tlaxcala. Le prometimos dar a conocer la importancia de la Compañía y que en la pri­mera oportunidad, le orga­nizaríamos un homenaje”.

Maestros Gilberto Ramírez Alvarado (Don Ferruco) y Mireya Cueto

Para ese momento, Ale­jandro Jara había recalado en Tlaxcala: “Yo venía de Francia, de haber estudia­do una especialización en ingeniería, pero conocí allá un titiritero norteamerica­no, que me enseñó las ba­ses de la marioneta. (Eso le permitió ofrecer funciones clandestinas en el metro de París, como se contó en el flashback de arriba).

“Luego, Don Ferruco (alias Gilberto Ramírez Al­varado, uno de los más im­portantes titiriteros del país, acota el cronista) ya en Mé­xico, me tomó como su dis­cípulo. Había que sobrevivir, porque como titiritero no es fácil. [Entonces] la Universidad Autó­noma de Tlaxcala me invita, en 1982, a dar clases de francés, no de ingeniería.

“Trabajo con ellos, y con Guadalu­pe Alemán Ramírez, y con el niño de seis años, Simón Álvarez Alemán […] Presentamos un primer proyecto de hacer un festival de títeres. Conven­cemos a la gente de la UAT, a la gente del ISSSTE, aquí de Tlaxcala, y también la delegación de turismo regional nos decide apoyar, no tanto como institu­ción, sino las personas que ejercían la labor cultural en esas instancias. Y es así como nace el primer festival de tí­teres de Tlaxcala”.

Parte del impulso que crea el fes­tival se gestó en la ciudad de Queré­taro, en 1981, cuando se establece en el país una representación de la Unión Internacional de la Marioneta, una or­ganización creada en 1929 en la ahora extinta Checoslovaquia. La UNIMA as­pira a contribuir “al desarrollo y la di­fusión del arte de los títeres en todo el mundo” (https://www.unima.org/es/).

A la reunión en Querétaro, agrega Alejandro Jara, acuden “cerca de 200 titiriteros, entre jovencitos, niños y los maestros titiriteros. Ahí, los que éramos jóvenes entonces, conocemos a las fi­guras que habían dado toda su vida, todo su cuerpo, toda su alma, a este oficio milenario. Empezamos a tomar los consejos de ellos. En lo particular, de Gilberto Ramírez Alvarado, Don Fe­rruco, que ha de andar por allá [señala hacia el cielo], dando funciones, con las angelitas entre las nubes. Ya tam­bién había tenido contacto con Gabriel Fernández Ledesma, que era tío mío, y con el maestro Roberto Lago, que, entre otros, llevaron adelante la época de oro del guiñol, allá por los cuarenta, los cincuenta, más o menos”.

Primer desfile de titiriteros en la ciudad de Tlaxcala (1988)

Uno de los cuentos más célebres de Jorge Luis Borges es “Funes el me­morioso”, un personaje que recuerda todo lo que ha vivido, lo que ha visto, lo que ha leído. Funes es una metáfora de nosotros mismos, que excavamos en la lodosa tierra del pasado.

Preocupada por conservar lo más fielmente posible lo ocurrido en aquel 1983, a la manera del personaje de Borges, Guadalupe Alemán ha fijado por escrito su testimonio. Así, apunta que ella y Alejandro Jara elaboran un “Primer Proyecto para un Festival de Títeres en el Estado de Tlaxcala […] firmado el 14 de junio de 1983”.

Dicha propuesta se presentó a Al­fredo Vázquez Galicia, a la sazón se­cretario de Extensión Universitaria de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Sendos oficios también llegan a las oficinas de Alejandro García Arenas, director de Turismo del gobierno de Tlaxcala, y de Eugenio Romero Melga­rejo, jefe de Cultura de la delegación del ISSSTE.

Relata Alemán: “Gracias a la sen­sibilidad y amplio apoyo de estos tres funcionarios públicos y a la solidari­dad de los maestros Francisco Rosete Aranda, Gilberto Ramírez Alvarado Don Ferruco, Roberto Lago, Mireya Cueto y la Unión Nacional de la Ma­rioneta —en ese entonces encabezada por Patricia Ostos—. Y así, se inician los Festivales de Títeres en Tlaxcala.

“Implicaron un gran esfuerzo por parte de sus fundadores, los presu­puestos fueron muy reducidos, el pri­mer Cartel se hizo a mano en el aña­dido de tres hojas tamaño oficio”.

Ahora toca turno a Alejandro Jara Villaseñor, quien, como un mago de la historia, de una mochila que lleva al hombro durante la entrevista que nos concede en el Munati el 14 de sep­tiembre, comienza a sacar y desplegar carteles, programas de mano, recortes de periódicos, oficios y otros artilugios de la memoria. Con secreto orgullo, muestra un cartel de ese primer festi­val: efectivamente, está escrito a mano.

“Este cartel lo diseñé en persona, pero hay una parte que vimos que la fotocopia no funcionaba bien. Joa­quín Sampedro, de su letra también le diseñó ahí, porque habíamos me­tido la pata. Este es el primer festival de títeres, 1983, efectuado en cuatro municipios”.

Llegado a este punto, Jara hace una pausa. “Desde ese primer festi­val, durante algunos años apoyó Rosy Vázquez Galicia, y también Joaquín Sampedro. Casi nadie los nombra, y honor a quien honor merece”, señala a manera de reconocimiento.

Interludio: así nace un festival

Son casi las seis de la tarde. El tea­tro del IMSS, en la ciudad de Tlaxcala, está repleto. Es viernes 5 de agosto. Justo a la mitad de la canícula de este 1983. Luego de semanas y semanas de preparación, estamos a unos minutos de presenciar la primera función del primer festival de títeres de Tlaxcala.

Los organizadores son nuestra pareja del Volkswagen sedán. Ahora mismo apenas están llegando al tea­tro. Vienen del centro de la ciudad, de inaugurar una exposición en el patio central de la Dirección de Turismo, “donde ahora se encuentra el Museo de Arte de Tlaxcala”, acota Alejandro Jara, en su papel de evocador/acla­rador/narrador.

Esas exposiciones acabarán por ser uno de los sellos distintivos del naciente festival. En los siguientes años, siempre habrá muñecos y marionetas que irán de aquí para allá, mostrándose, exhi­biéndose al público.

En esa primera expo hay títeres aportados por Miguel Narváez, Patricia Ostos, Roberto Lago, Gilberto Ramírez Don Ferruco, Mireya Cueto y Francisco Rosete Aranda. Grupos como Tiliches, La Veleta y El Galpón también prestan muñecos. Otro tanto hacen la UNIMA, Tiripitipis y La Trouppe.

Y es justamente La Trouppe la com­pañía encargada de la función inau­gural.

La dupla Jara-Alemán estaba dando vida a un arte en peligro de desapa­recer. “Se había casi extinguido la tra­dición titiritera”, apunta Jara Villaseñor, pese a la figura titiritera hallada en Xo­chitécatl, elaborada hace siglos y des­cubierta en las excavaciones arqueoló­gicas, y a los 135 años que había durado la compañía de los Rosete Aranda.

“Pero en ese presente, en 1983, qué había. Me puse a escribir un texto, que salió en dos partes, en un periódico de aquí de Tlaxcala. El artículo se llama­ba “En busca de los títeres perdidos”, donde platicábamos justamente de esa inmensa tradición precolombina, de los Rosete Aranda. Terminaba el texto diciendo que nos poníamos un poco como bastiones para seguir una tradición titiritera”, agrega.

La conclusión del artí­culo escrito por el Tiripiti­pis mayor se formulaba en forma de pregunta: “‘¿Es aceptable quedarse impa­sibles ante la desaparición de un elemento tan mágico y extraordinario como es el títere? Yo digo no y por eso escribo estas palabras. Yo digo no, y por eso organi­zamos un festival de títeres en Tlaxcala. Yo digo no a la muerte de la cultura popu­lar. Y usted, amable lector, qué dice. Buscamos a los títeres. Agosto, 1983.’ Y los encontramos. Con la gente, con el pueblo, con los ami­gos, con muchos compañe­ros titiriteros que también apoyaron gratuitamente con funciones”, se deja lle­var Jara por Funes el memo­rioso.

De vuelta al Munati y a este 2019, destaca que el festival cumple “34 versio­nes en este año y es, hasta donde hemos investigado, el segundo más antiguo de toda América Latina. El pri­mero es un festival pequeñi­to, allá en Córdoba”.

Y se hizo el festival.

La leyenda estaba por comenzar.

Fin del interludio: así se hace un festival con poco presupuesto (favor de regresar a sus asientos)

Consigna Guadalupe Ale­mán: “Como todo parto na­tural fue doloroso, nació po­bre el chamaco, los recursos eran escasos, el primer car­tel lo hicimos manuscrito, fuimos a la ciudad de Mé­xico a conseguir los capelos prestados. Montamos la exposición, algunas noches trabajábamos hasta la ma­drugada, hacíamos gran­des cacerolas de comida para los grupos invitados, elaboramos un folleto para mostrar cómo se construye un títere, impartíamos talle­res, transportábamos a los grupos a los lugares en don­de debían dar función, fun­gíamos como maestros de ceremonias, en los pueblos nos subíamos a los árboles a colocar las escenografías, hacíamos la publicidad con perifoneo, dábamos entre­vistas a los medios de co­municación, barríamos los lugares a donde llegábamos a dar función”.

Por su parte, Alejandro Jara recuerda así aquellos últimos días del verano del 83 (esa primera edición duró del 5 de agosto al 2 de sep­tiembre): “No nos dábamos abasto Guadalupe y yo para hacer todo. Teníamos que lle­var a los grupos […] El maes­tro Francisco Rosete Aranda, que lo habíamos conocido un poquito antes, ayudó con una conferencia y él, claro, muy meticuloso, viendo que no fuéramos a hacer unos malandros, pues poco a poco nos fue apoyando, con mu­cho cariño. La conferencia la dio con Roberto Lago y con Don Ferruco.

“Conseguimos películas en la embajada japonesa. El maestro Lago nos prestó otra, y hubo talleres de teatro y de títeres. El de teatro lo hizo Guadalupe Alemán y el de títeres me tocó hacerlo a mí, cuando podía, porque ya no podíamos con tanto trabajo”.

(Guadalupe Alemán puntualiza: “Se impartió el seminario: “Un arte para todos” por el maestro Gui­llermo Villegas. También dos talleres: “Iniciación al teatro”, por Guadalupe Ale­mán Ramírez e “Inventemos nuestros títeres”, por Alejan­dro Jara Villaseñor).

Y continúa Jara el me­morioso: “También se nos ocurrió pedir al Foro Sha­kespeare, de la Ciudad de México, que nos prestara libros para venderlos aquí. Entonces, había venta de libros y documentos sobre teatro de títeres. Guadalu­pe bajaba su caja de libros, los ponía allí a la venta, aunque casi no vendíamos, pero bueno. Editamos un folletito tomado del libro de Angelina Beloff, una partecita la fotocopiamos, con las autorizaciones co­rrespondientes, para ven­derlo, darlo casi gratuito a la gente, para que tuviera algo sobre la historia del títere en México. Eran tres hojas tamaño doble carta, pegadas con algún tipo de pegamento”, remata.

–¿Cuéntenos cómo fue la logística de ese primer festival?

Don Francisco Rosete Aranda

–Muy ilogística, muy ilógi­ca, porque aunque tenía­mos un vehículo, a veces nos transportábamos en la ambulancia del ISSSTE. Esto lo narra Guadalupe en un texto que publicó hace un tiempo. Poníamos adentro de la ambulancia todos los títeres que iban a participar en las funciones y nosotros íbamos atrás, agarrados del barandal, cuidando de no caernos. Llegaba la ambu­lancia, abríamos la puerta, adelantito poníamos el tea­trino, el público por allá y la ambulancia nos servía de mesa para sacar los tiliches.

–¿Cuál fue la respuesta del público a este primer festival?

–Cada año poníamos una libreta en las exposiciones. Y ahí, libre, una pluma, una libretota grandota, que por cierto la maestra Alemán las ha de conservar. La gente escribía lo que quisiera. Y me acuerdo de una firma en ese primer festival: “Muy bien. Felicitaciones. Deside­rio Hernández Xochitiotzin”. [Jara ríe: no puede ocultar el gusto que le da] Y no lo conocíamos. Conocíamos a sus hijos. Casi todos maravi­llados. Nos echaban porras. No recuerdo algo negativo. Es cosa del alma. La gente siente la buena voluntad, siente el corazón.

El saldo es positivo. La primera edición del festival se realiza en Tlaxcala capi­tal, Apizaco, Huamantla y Calpulalpan. A las funciones ofrecidas por los doce gru­pos participantes se suman la exposición y las conferen­cias. Y como remate, el pro­metido homenaje a Francis­co Rosete.

Tercer acto: la perseve­rancia de la voluntad

Por razones que no precisa, Jara Villaseñor dejó de dar clases en la UAT. Para en­tonces ya se había creado el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura. Era hora de pre­parar la segunda edición. El año: 1984.

“Yo voy con mi proyecto del festival y le gusta al di­rector”, agrega Alejandro Jara. Al ITC se suma el Insti­tuto Nacional de Bellas Artes. También Desiderio Hernán­dez Xochitiotzin los ayuda “con un diseño muy sencillo, con su letra” del cartel.

Y Guadalupe Alemán con­trapuntea: “En esta ocasión también el presupuesto era escaso, pero contamos con la solidaridad del maestro Desi­derio H. Xochitiotzin, quien sin cobrar, diseñó el cartel, aun­que nuevamente la progra­mación se tuvo que hacer en letra manuscrita y en un papel muy, muy económico”.

Esta segunda parte tam­bién tendrá un mes de dura­ción. Y casi aumenta al doble la cantidad de sedes: siete, donde actúan trece grupos. Como en el primero, hubo exposiciones de títeres.

“Nos interesaba llevar estas exposiciones a los centros culturales. Hubo películas, conferencias y pláticas didácticas. Fuimos a Contla, a San Pablo del Monte y Tlaxco, además de las poblaciones anteriores: Calpulalpan, Huamantla, Apizaco, Tlaxcala. Y pues como no teníamos nada que hacer, a cada ciudad a la que íbamos, hacíamos un programita de mano. Un programa de mano hecho a mano, por cada ciudad”, aclara Alejandro Jara.

La Gobernadora Beatriz Paredes, don Francisco Rosete Aranda, Alejandro Pelayo y Alejandro Villaseñor en la inauguración del tercer festival de títeres en 1988

Mireya Cueto, Roberto Lago y Gilberto Ramírez Al­varado Don Ferruco impar­ten conferencias a las que se suma la mesa redonda Los títeres ayer y hoy, en la que participan Ramón Alva Her­nández, José Ramón Flores y Rosa María Alva Hernández.

Pero entonces comien­zan las dificultades. “En ese año todo fue sacado con las uñas. Hace que haya unas fricciones”, reconoce Jara Villaseñor. Reclama las malas atenciones dadas a los titiriteros. Y eso “no les gustó a las autoridades, y luego hubo algunas incom­prensiones”, afirma.

Esas fricciones hacen que Jara Villaseñor se mar­che de Tlaxcala, para co­laborar en la compañía El Tinglado de los Títeres, de Mireya Cueto. En tanto, Guadalupe Alemán echa a andar el taller de teatro del Colegio de Bachilleres.

Paradójicamente, el go­bierno estatal reconoce en una edición del Periódico Oficial impreso en diciem­bre de ese 1984 lo siguiente: “evento importante es el Fes­tival de Títeres y marionetas incorporado exitosamente a las actividades culturales de Tlaxcala. Es intención darle carácter nacional e interna­cional en el futuro”.

En enero de 1985, el ITC anuncia que “consecuentes con la actividad se propone […] continuar organizando anualmente el festival de tí­teres y marionetas, dándole carácter nacional y proyec­tándolo con participación internacional en el futuro”. Sin embargo, no ocurre así.

Guadalupe Alemán con­trasta: “De manera institu­cional el Festival se ausen­tó de Tlaxcala durante tres años 1985, 86 y 87”. Y Jara la respalda: “Esos tres años no hay festival. Estamos ha­blando de 85, 86 y 87”.

Pero los personajes del Volkswagen sedán son per­severantes. Se vuelve a es­cuchar la voz de Guadalupe Alemán: “le dimos seguimien­to impartiendo talleres, invi­tando a grupos como Peri­quín Domínguez y Bartolito y sus muñecos —titiriteros am­bulantes—, a dar funciones en diferentes Municipios del Estado, participamos tam­bién en las ediciones de la Feria de Tlaxcala. Hicimos trámites ante la señora Silvia Pinal —primera dama del Es­tado de Tlaxcala— para dar continuidad a los Festivales, entregándole una carta el 1° de julio de 1985, la seguíamos a los eventos oficiales y le re­cordábamos nuestro asunto”.

En el ínterin se gesta la idea de crear un museo del títere, cuya sede sería la cuna de los Rosete Aran­da: Huamantla. El proyecto prospera y el 9 de agosto de 1991 inicia actividades el Museo Nacional del Títere. Pero esa es una narrativa que no cabe en esta historia. Otro día se las platicamos.

Entonces ocurre el mila­gro de la multiplicación de los festivales. Gracias a la conjunción de las volunta­des de la burocracia –di­cho sin ánimo de ofender a nadie– directivos del ISSSTE apoyan la idea de retomar el hilo de los muñecos, que se habían quedado desma­dejados desde 1985.

“En 88, dada nuestra cercanía con el ISSSTE, ha­blamos con los compañeros que trabajaban ahí, y tam­bién con los funcionarios”, refiere Jara Villaseñor. El re­sultado fue la rehabilitación del encuentro titiritero.

“Y en 1988 se da conti­nuidad a los Festivales y se organiza el Tercer Festival de Títeres en Tlaxcala Rosete Aranda. Por el seguimiento que le dimos a la difusión y formación de los titirite­ros tlaxcaltecas, en los años 1985, 86 y 86, en este Festi­val se presentan dos nuevos grupos “Apiti” de Apizaco y “Xochiqueponi” de Santa Ana Chiautempan”, aporta Guadalupe Alemán, quien también cuenta la siguiente anécdota:

“En el Tercer Festival, te­níamos que montar la ex­posición en Huamantla y no contábamos con vehículo para transportar los cape­los y los títeres para llegar a la Colecturía. La policía de Tlaxcala nos prestó una camioneta —le llamaban Julia—, y tuvimos que viajar como lo hacían los guardia­nes del orden, afuera del transporte, en la parte de atrás aferrados a un tubo, porque adentro iba todo el material y no había sitio para nosotros, ¡estaba lleno de títeres! Trabajábamos los tres con la consigna La fun­ción se tiene que dar y la ex­posición se debe inaugurar”.

El ISSSTE, en un acto de conciencia ecológica, impri­mió afiches para anunciar el festival “en papel reciclado de los carteles que hacían ellos ahí”. El chiste es que hubo un “buen apoyo”. Ya para enton­ces había nueva administra­ción estatal que dio su espal­darazo al proyecto.

“El maestro Desiderio nos regala un logotipo, que es el que actualmente utilizamos. Y estaba el ISSSTE, tanto de la Ciudad de México, como el de acá. El ITC, el gobier­no del estado y Tiripitipis. Ahí estamos otra vez, con conferencias, exposiciones en Huamantla y en Tlaxcala. También en ese año de 1988, por primera vez emplean el nombre de los Rosete Aran­da, aunque los descendien­tes de los marionetistas huamantlecos no siempre estaban de acuerdo.

“A veces lo quitábamos. No voy a entrar mucho tam­poco a explicar, pero hubo a veces problema por el nombre. A veces se llama­ba, a veces no. A veces se enojaban, porque poníamos el nombre sin que ellos estu­vieran de acuerdo”, explica Alejandro Jara.

El festival empezó con una ceremonia ritual en San Miguel del Milagro y un desfile en la ciudad capital; también llegó a más pobla­ciones, como Ixtenco, Tetla, Panotla, Zacatelco, Nativi­tas y San Pablo del Monte, aunque duró menos tiempo, apenas 15 días. Participaron once grupos.

A las habituales expos y conferencias, entre las que destacó la impartida por el poeta estridentista Germán List Arzubide (Los títeres y su visión poética), se suma el primer concurso de elabo­ración de títeres, por consejo de Roberto Lago. La idea era hacer que la gente volviera a interesarse por este arte.

Algunos de los muñecos hechos en el 88 fueron in­corporados en las exposi­ciones que se organizaron un año más tarde, durante la cuarta edición del Festi­val, que traería una satis­facción adicional: un viaje a Cuévano, ciudad también conocida como Guanajuato.

Maestro Desiderio Hernández Xochitiotzi y Guadalupe Aleman

Entreacto: por tierras cervantinas, 1989

De forma por demás escue­ta, el escrito de Guadalupe Alemán resume en tres lí­neas una de las escasas participaciones de artistas tlaxcaltecas en el Festival Internacional Cervantino, el más importante de México.

Así lo recuerda ella: “En ese año, se formó un gru­po de titiriteros tlaxcaltecas y con la asesoría de don Panchito Rosete Aranda, se participó en la edición 17 del festival Internacional Cer­vantino, de Guanajuato, con el espectáculo Las auténticas marionetas Rosete Aranda”.

Más prolífico, y acorde con la trascendencia del acto, Alejandro Jara reme­mora que habían llevado “un proyecto a las autori­dades del ITC para hacer un montaje con los títeres Rose­te Aranda, y así presentar el proyecto ante el Cervantino de ese año de 89. Hojas y hojas teníamos que llenar. El señor Miguel Narváez nos alquilaba sus títeres. Don Panchito Rosete Aranda vi­gilaba que la cosa estuviera bien. No quiso que la obra se llamara Rosete Aranda. Que no mencionáramos el nombre Rosete Aranda, por si nos quedaba mal algo. El espectáculo se llamaba “Títeres de Tlaxcala. Espec­táculo tradicional con sus marionetas legendarias”. Y mencionábamos aquí su atalaya en Huamantla.

“Lo interesante es que ya, de no haber ningún grupo titiritero, más que nosotros, Tiripitipis, en el primer fes­tival, poco a poco se van creando y en ese 89 parti­cipan adultos, quince por lo menos, que ya tenían un grupo de títeres aquí. Hay gente de Santa Ana, como Conchita Gómez Rábago, de Apizaco, de Tlaxcala, de San Pablo Apetatitlán.

“Fue un trabajo que pre­sentamos en el Cervantino, con cuadros de época; lo montamos en Guanajuato y en el Teatro Xicohténcatl”.

–¿Tuvo nombre ese grupo?

–Nuestra camiseta decía “Títeres de Tlaxcala”.

–¿Cuántas funciones presentaron en el Cervantino?

–Dos y dos. Dos allá y dos acá. Fue muy efímero.

Quinto acto: internacionalización y fin de la obra

Fue en 1989 cuando el festival de tí­teres de Tlaxcala dio algunos de sus pasos más importantes. A la partici­pación en el Cervantino, se sumó la internacionalización del proyecto.

Jara Villaseñor evoca a Susana Rodrí­guez Araujo, funcionaria de las oficinas centrales del IMSS, a quien había ayuda­do a preparar sendos festivales “en honor a Roberto Lago y a Gilberto Ramírez”. Ella era la encargada de organizar un festival titiritero para ese organismo tripartito, cuyo poder económico le permitía invitar a grupos extranjeros.

Viendo “que el trabajo era serio”, Susana Rodríguez propone que los grupos foráneos viajen a Tlaxcala para ofrecer funciones, aprovechando la cercanía con la Ciudad de México. Un conductor iba por los titiriteros has­ta la capital del país y los regresaba en la noche. Y de nueva cuenta al día siguiente: un auténtico trasiego de marionetas y sus manipuladores.

“Y así, el festival de títeres, hu­milde que nació con hojas de papel reciclado, se vuelve internacional en 89”, asienta Alejandro Jara. Guadalupe Alemán apunta que fue el quinto festi­val el que ya tuvo el mote de interna­cional, efectuándose en 1990.

Así lo refiere ella: “Y en 1990, con el apoyo de los maestros Gilberto Ra­mírez Alvarado y Roberto Lago, hicimos trámites ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), que organiza­ba un Festival Internacional de Títeres en el Distrito Federal, solicitamos que los grupos participantes hicieran una extensión de sus presentaciones en Tlaxcala, fueron semanas y semanas de ir a la ciudad de México, de hacer antesalas, solicitar audiencias, recuer­do muchos días que llegábamos muy temprano y nadie nos recibía, salíamos a comer y regresábamos a seguir es­perando, hasta que nos abrió la puerta de su oficina la Lic. Susana Rodríguez, que nos brindó todo su apoyo.

“Y DE ESTA MANERA EL FESTIVAL EN NUESTRO ESTADO SE CONVIRTIÓ EN EL: Quinto Festival Internacional de Títeres Rosete Aranda, del 16 de abril al 16 de junio —dos meses, apoyados por el Go­bierno del Estado de Tlaxcala a través del Consejo Estatal de Cultura, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el Instituto de Seguridad y Servicios Socia­les de los Trabajadores del Estado (ISSS­TE) y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA)”.

Por primera vez se llega a todos los municipios, o al menos a sus cabece­ras. En ese entonces eran 44 demar­caciones. “Nos tenían que dar oxígeno, porque no aguantábamos”, indica Jara. Pero, sobre todo, anticipa su salida: “Poco a poco mi ciclo iba terminando”.

Sin embargo, aún tuvo combustible para organizar y participar en la sexta edición, que también llegó a los 44 mu­nicipios y coincidió con la inauguración del Museo Nacional del Títere. Todos los proyectos que habían planteado en 1983, al menos los más sólidos, el festi­val y el museo, eran ya una consistente realidad.

“Somos humanos y siento yo que terminó nuestro ciclo aquí”, reconoce, mientras se le apaga la voz. El recuer­do del episodio lo entristece.

Nada es para siempre.

Bonus track: una (breve) histo­ria de los títeres contada por un titiritero

Estamos en el Museo Nacional del Títe­re. Acabamos de conseguir tres tandas por un boleto. De pie frente a un ca­pelo que resguarda títeres elaborados en tierras americanas por manos de gente que vivió antes de la llegada de Colón y sus marineros, Alejandro Jara Villaseñor comienza la historia de la historia de los títeres.

“Para hablar de los títeres en Méxi­co, debemos mencionar qué hay en el mundo antiguo sobre los títeres. Sabe­mos que en regiones como Harappa, en India, o en Egipto hace 4 mil años, aproximadamente, ya había figuras articuladas que tenían los brazos, uno que otro las piernas y que ponían cer­ca de las tumbas, fundamentalmente.

“Esa tradición de las figuras arti­culadas pasa después a Grecia, con los neuropastas, luego llega a Roma, en el siglo I o II. Durante muchos siglos se mantiene vigente en parte de Asia, en Europa y evidentemente en África con un contenido mucho más mágico, más religioso.

“En América se toma a México como un lugar muy preponderante del desa­rrollo precolombino de los títeres. Sa­bemos que, por ejemplo, en Oaxaca, para el año 1000, aproximadamente, se representa un muñeco fuera de la mano o dentro de la mano, todavía los investigadores no se ponen bien de acuerdo.

“Hay una figura que creo que pron­to estará aquí en este Museo Nacional del Títere de Huamantla, donde hoy nos encontramos, que viene de Guate­mala, de Santa Lucía Cotzumalguapa, por cierto esa figura es el logotipo de Tiripitipis, actualmente mi grupo. Ahí hay un titiritero que trae en la mano derecha un muñeco de guante. Esa figura, según los investigadores, data del año 500, ya de nuestra era, hace mil 500 años.

“En muchas partes de nuestro país hay numerosas figuras articuladas, como las que se exhiben en el Museo Nacional del Títere, en este caso, de Cacaxtla, pero también en otras re­giones arqueológicas del estado de Tlaxcala se han encontrado con una fisonomía diferente, y no solamente en Tlaxcala, sino, por ejemplo, en Teoti­huacan, del año 200 hasta el 700, se estuvieron utilizando figuras articula­das, con un fin religioso.

“Hay centenas de figuras teotihua­canas, con brazos articulados, con piernas, y una que otra con la cabeza también, en muchos museos de nues­tro país y del extranjero. Los titiriteros y algunos investigadores piensan que son una referencia directa del arte de los títeres en el mundo precolombino.

“Afortunadamente, y también fue una fortaleza para la creación, primeramen­te, del Festival Internacional de Títeres de Tlaxcala en 1983, y posteriormente, también fueron muy importantes para la creación del Museo Nacional del Títe­re en 1991. Gracias a algunas personas que han comprendido esto, hay figuras originales en el Munati.

“Vamos a hablar de América, había un trabajo titiritero que era sumamente religioso, con la danza, con la músi­ca, que era el contacto directo con las deidades. Cuando viene de Europa, después de 1500, una serie de grupos titiriteros, era ya un trabajo más verná­culo, más para ganar la vida, y muchos pasaban por Huamantla, que era uno de los caminos de Veracruz a la ciudad capital.

“Aquí estamos hablando de un con­tacto con el ser íntimo de las deidades. Los otros títeres, salvo algunos, es para ganarse la vida. Hernán Cortés, en una carta, en 1532, habla que en Tenoch­titlan había un barrio donde vivían los que hacían flores como la de Castilla, dice él, los que hacían danzas. Y dice Hernán Cortés: “Y los que hacen títeres y otros juegos. Y están el tiempo que quieren y vanse a donde se les antoja, y a donde mejor partido les hacen”.

“Fray Bernardino de Sahagún ha­bla del que hace salir a los dioses, que era una especie de saltimbanqui. En­traba al patio de los reyes, sacudía su morral y va llamando a los que están en él. Van saliendo unos como niñitos, muy bello es su atavío de mujer, su faldellín, su collar de piedras finas, su capa. Igualmente, los varones están bien ataviados. Bailan, danzan, re­presentan lo que dice el corazón de él. Y cuando lo han hecho, entonces remueve el morral otra vez, luego van entrando, se colocan dentro del mo­rral, y por esto daban gratificaciones al que se le llamaba “El que hace salir saltar o representar a los dioses”.

“Ese texto lo escribió fray Bernardi­no de Sahagún en base a los sabios, a los tlamatimine. Él lo tiene en náhuatl y ya después, el padre Garibay, en el siglo pasado, lo tradujo al castellano.

“Pero como este texto, donde hay muñecos que bailan, cantan, que re­presentan lo que dice el corazón de él y que además le dan caldito para la tortilla. Hay otras referencias. “El mismo Bernal Díaz del Castillo, en una de sus escritos, dice que cuan­do van a perseguir a unos españoles que se habían ido con los tesoros, ha­bía que agarrarlos, porque si no, qué le mandaban luego a los reyes, y en la expedición punitiva va una serie de personajes, casi todos con nombre y apellido, y después, abajito, los que llevan sacabuches, los que llevan bol­sainas, y dice Bernal Díaz del Castillo, también llevan los que hacen títeres y otros juegos. Nuevamente la palabra títere”.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Federico Ríos Macías
Fotografía: Archivo de Guadalupe Alemán

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