Máscaras que cobran vida y alegría al ritmo de la música

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Publicada Febrero 2014 Edición 75

Los danzantes dan más valor a una máscara heredada de sus ancestros que a un bien inmueble

«La madera es una materia viva y hay que aprender a dialogar con ella para lograr objetos que agraden a las personas”, afirma Víctor Hugo Pérez Castillo, quien es un destacado artesano que se dedica a tallar máscaras de huehues, en el taller que tiene en Amaxac de Guerrero.

Víctor tiene 40 años de edad y es hijo del matrimonio formado por Edmundo Pérez (campesino y obrero) y María Marcelina Castillo (ama de casa y en algunos momentos obrera). Afirma que su gusto por elaborar máscaras de huehues se dio porque vive en un municipio con mucho arraigo por las fiestas carnestolendas y porque ha aprovechado sus conocimientos en artes plásticas.

En 2013 participó en el concurso que organiza el Fideicomiso Fondo Casa de las Artesanías, ganando el primer lugar en la categoría de madera tallada, con una máscara de huehue.

En entrevista con Momento, Víctor refiere que probablemente la etapa más bonita de su vida fue la infancia, “aunque debo distinguir lo bonito de lo bueno, porque a todos nos trae añoranza los buenos tiempos en los que uno no tenía que preocuparse nada más que por jugar, y aunque había limitaciones económicas, eso se sustituía con la creatividad porque con los vecinos hacíamos juguetes de chinamite y con lodo, hasta que uno se dedica más a la escuela para aprender y hacer lo que nos gusta”.

Víctor estudió la primaria y la secundaria en Amaxac de Guerrero, la preparatoria en el plantel 06 del Colegio de Bachilleres de Tlaxcala (Cobat) de Contla de Juan Cuamatzi y después de un periodo de búsqueda tomó un diplomado en artes visuales en Panotla, bajo la batuta de los maestros Martín Rojas y Anastasio Téllez.

“Nací en un lugar donde hay una tradición arraigada y de mucha pasión por las fiestas carnestolendas, y entrar al taller de artes visuales me dio la posibilidad de ser aprendiz de todo y maestro de nada, pero empiezo con lo primario que fue hacer mi propia máscara de huehue hace 15 años (1998) y al siguiente año me empezaron a pedir mis paisanos que les hiciera una porque les había gustado la mía”, relata.

Recuerda que al salir del diplomado no sabía a qué dedicarse, “sabía de todo un poquito, pero en realidad nada en particular, fue un momento de búsqueda e incluso estuve haciendo grafitis y rótulos. Fui ayudante de maestros para entintar planos, andaba aplicando lo que sabía, pero llegó un momento que la realidad me puso en mi lugar, ya que estaba haciendo cosas que no son propias de mi región y entonces me empezaron a traer a la casa trabajos para arreglar figuras de Niños Dios, hacer dedos de imágenes religiosas y arreglar máscaras”.

Este hombre de hablar pausado considera que no tuvo que hacer publicidad para promocionar sus servicios, ya que la gente divulgó su trabajo de boca en boca.

Rememora que en el sexenio de Alfonso Sánchez Anaya trabajó en el área de comunicación social del Instituto Tlaxcalteca de la Juventud, pero sin dejar de hacer los trabajos que le encargaban sus vecinos los fines de semana.

Cuando terminó el sexenio de Sánchez Anaya, Víctor entregó la oficina y de momento se dio cuenta que otra vez estaba en la calle. “Ahora qué hago, me pregunté, pero afortunadamente no tuve que buscar trabajo nuevamente, porque al día siguiente tocaron a la puerta de mi casa para encargarme un trabajo que me llevó cuatro o cinco días, y cuando lo terminé llegó otra persona a encargarme otro trabajo y así sucesivamente, al grado que nunca me he quedado sin trabajo desde entonces”.

–¿Para ese momento ya había afianzado su talento?

–Tuve la fortuna de tener maestros muy sensibles en la primaria, cuando menos dos que tenían formación humanista y vieron en mí la facilidad por el dibujo y el modelado en plastilina; me dieron facilidades para que explotara mi talento, tuve concesiones de ese tipo por parte de mis maestros.

–¿Ese es un don con el que se nace o se desarrolla?

–El 20 por ciento del talento lo tienes y el 80 por ciento depende de que uno lo desarrolle. La parte que tiene que ver con la pintura y la escultura que quiero hacer, la he guardado un poco para hacerlo con más holgura. Ahora me dedico a la fabricación de máscaras de huehues, figuras de santos y vírgenes de madera.

Aunque no ha hecho bien la cuenta, cada temporada de Carnaval talla entre 60 y 70 máscaras nuevas, aunque hace casi el doble de composturas, porque el entusiasmo de estar bailando mueve a que las personas golpeen máscara contra máscara o las tiran, “así que hay que hacer muchas reparaciones”.

Las piezas las elabora con madera de cedro, aunque esporádicamente utiliza colorín, que es una madera muy liviana.

Los ojos de las máscaras los consigue con un artesano de nombre Crescencio Rivera Montalvo, originario de Calpulalpan, municipio en donde hay seis o siete talleres que los fabrican, específicamente en la comunidad de Santiago Cuaula.

–¿Qué valor tiene en el mercado una máscara?

–Hay de varios precios, pero eso no significa que sea de menor o mayor calidad el trabajo, sino por los estilos. Hay máscaras muy sencillas que se llaman “pelonas”, porque no tienen pelos más que en las cejas y el bigote, y tienen un valor de 2 mil 400 pesos en mi taller. Le siguen las que tienen pelo y patilla, que valen 2 mil 600 pesos, y en 2 mil 800 pesos las de barba y las de payaso.

“Hay algunas máscaras que son especiales y dependiendo de los detalles que lleven va a variar el precio”.

–¿Qué diferencia hay entre las máscaras que elabora?

–Anteriormente en Yauhquemehcan se utilizaban las máscaras que no tienen pelo, pero de un tiempo para acá las personas adoptan las que tienen pelo porque hacen que los penachos que portan se vean magnos, preciosos. Sin embargo, en Santa Cruz Tlaxcala se ha hecho un gusto muy exquisito por las máscaras pelonas, sobre todo las de corte francés, que se distinguen por la nariz aguileña, larga y puntiaguda, pómulos salidos, pero que visualmente ofrece un buen espectáculo, bigote pequeño y peinado un poco hacia arriba.

“En Papalotla las máscaras se utilizan con colores más fuertes, un poco más cuadradas y generalmente se mandan a hacer a Cholula, Puebla, que es de donde se surten los huehues vestidos de charros, que van desde Acuitlapilco hasta la zona sur y oriente del estado. En el centro del estado, las camadas de San Jorge Tezoquipan, Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala, Los Reyes Quiahuixtlán, Contla, Amaxac de Guerrero, Santa Cruz Tlaxcala, San José Teacalco y Xaloztoc mandan a hacer sus máscaras en los talleres de Tlatempan, donde sus creadores tienen formación académica y han hecho un trabajo más anatómico”.

Mientras que en la región centro–norte del estado hay mucha exigencia en la calidad de las máscaras y en el detalle anatómico.

–¿Qué hace para cumplir el gusto de un cliente?

–Elaborar una máscara es todo un proceso, no es llegar y elegir una porque obviamente no hay del tamaño de la persona que la encarga. Lo primero que debe hacer el cliente es dar la idea al escultor y después regresar para ver el modelado en plastilina que se hace de la máscara, a efecto de que se le haga la corrección en las facciones. Posteriormente se pasa el trabajo a la madera y se empieza a desgastarla para ir haciendo los detalles. Se utilizan tablones de cedro de 2 pulgadas de grueso, los cuales se pegan a presión para hacer la máscara con las medidas del cliente.

“Cuando realizo las máscara tengo que imaginarme que ya las veo bailar, las veo encarnadas en un ser, riéndose, dándole mucha alegría a nuestras tradiciones. Mi taller es tradición, alegría y pasión. El Carnaval definitivamente es pasión, se dejan de hacer muchas cosas por cumplir con esta tradición”.

Para hacer una máscara, Víctor se lleva 12 días, no porque los dedique completamente a una sola, sino por los procesos de secado de la pintura y la aplicación de pastas en la madera, “eso sí, si el clima lo permite”, ataja.

“La madera es una materia viva con la que se aprende a dialogar”

En el taller de Víctor lo apoyan su esposa, su hermano y un ayudante. Su esposa se encarga de pintar las pestañas, el maquillaje y los ojos, él y su hermano le dan forma a las máscaras y un muchacho que está aprendiendo se hace cargo de la parte del lijado de la madera, la pasta, el sellado y la pintura.

–¿Desde cuándo sale usted de huehue?

–Yo egresé de la universidad y no participaba en el Carnaval, a pesar de que me gustaba mucho. Pero por azares del destino me invitaron a bailar y de aquí ya nadie me saca. El Carnaval es liberador, es apasionante, no hay palabra mayor para quienes participamos en una camada, porque no nos importa si la gente nos ve bailar o no, no importa si bailamos bien o no; importa la satisfacción de cada uno.

Víctor baila en la camada Auténtica Frontera de Amaxac de Guerrero, que se creó en el año 2013.

–¿Es rentable su taller de máscaras?

–En algunos momentos me pregunté si esto era lo que quería hacer, pero no hay nada como servir a los semejantes y muchas veces la gente que toca la puerta viene para encontrar una solución a su demanda y eso me da mucha satisfacción, sobre todo cuando el cliente se va sorprendido por el resultado y muy contento por su máscara.

Lleva 15 años trabajando en su taller y las máscaras que utilizan la Secretaría de Turismo y Desarrollo Económico y los ayuntamientos para promover el Carnaval de Tlaxcala son creaciones de él, lo cual le da mucha satisfacción porque de repente ve un promocional de esta festividad en el Distrito Federal y la máscara que tiene el cartel es fruto de su trabajo.

Además, tiene clientes de Amaxac de Guerrero, de Contla de Juan Cuamatzi y de Santa Cruz Tlaxcala, que llevan las máscaras para que se festeje el Carnaval en Chicago y Nueva York, particularmente en el Bronx, pues hay paisanos que bailan allá con mucha pasión.

–¿Cuál es la máscara que más le gusta, de acuerdo con los modelos que nos contó al inicio de la entrevista?

–Me gustan muchas, pero tengo mucho cariño por las primeras que hice.

Cita que tiene una máscara que no era para él en un principio, pero la adaptó y aunque no le gustaba, hoy le agrada mucho y “deshacerme de ella sería como si un mariachi tuviera que deshacerse de la guitarra”.

El valor sentimental de una máscara

Entre las familias es común guardar con mucho celo algún objeto de un ser querido, sobre todo si perteneció a los abuelos o padres. Y en el caso de las máscaras de huehues se presenta una situación muy especial entre quienes participan en una camada.

Víctor expone que las máscaras a veces se convierten en un objeto de culto para las personas.

“Hay máscaras legendarias que hacen que los danzantes se distingan de entre los demás integrantes de una camada.

Cuando ese danzante fallece o se ausenta del pueblo por alguna circunstancia, si presta la máscara a otra persona de inmediato se nota la diferencia de la personalidad del ausente”.

En su caso, dice que tiene una máscara que difícilmente vendería, porque representa más que un pedazo de madera hecho a su medida.

“Una máscara se convierte en una propiedad especial y es tan especial que cuando me traen a reparar una máscara, a veces es la herencia que dejaron los abuelos a los padres y luego a los nietos; vienen pasando de generación en generación. Hay a quienes no les dejan nada de herencia en propiedades, pero sí les dejan una máscara, y con eso se conforman, porque saben lo mucho que representaba para su padre o para su abuelo. Para el pariente que hereda una pieza de este tipo, se convierte en algo muy especial”.

–¿Qué tanta simbiosis puede haber entre el pasado indígena y colocarse una máscara con el rostro de españoles o ingleses que no dejaban participar en sus fiestas a los indígenas?

–Creo que está superada esa parte, está transformada, aunque hemos hecho del Carnaval algo light o fresa por desconocimiento o ignorancia, debido a que hoy nos interesa más vestirnos muy bien, ir perfumados para dar espectáculo a alguien más, pero hemos dejado la esencia del Carnaval, que es la gran oportunidad de la sociedad de hacer mofa no sólo de las personas, sino de las situaciones actuales en materia política, social, económica y de los personajes públicos.

Las fiestas carnestolendas son un espacio que se fueron ganando poco a poco, no fueron concesionadas, para que la sociedad se expresara, se liberara y viviera un poco la libertad de hacer y ser lo que quisiera, considera.

Es más, sostiene que ponerse una máscara con barba, tez blanca y ojos azules no era con la intención de ser iguales a los franceses o ingleses, sino para hacer mofa de sus excesos, de sus vicios, de sus egoísmos y de su forma de exclusión a los demás.

Por ello, estima que falta mucho trabajo en la academia en lo que se refiere al discurso de que los europeos no dejaban entrar a sus fiestas a los indígenas, cuando en realidad éstos sí participaban porque eran los meseros, las cocineras y la servidumbre. “Mientras la fiesta estaba afuera, yo le aseguro que adentro estaban bailando los indígenas”.

La música que se utiliza cuando bailan las cuadrillas son sones franceses o ingleses que tocaban orquestas magnas en un salón. “Hoy le aseguro que esa música está en archivos de Francia o Inglaterra, pero en Tlaxcala siguen vivos, nos apropiamos, nos robamos lo que era de ellos. Hoy lo que en ese momento a ellos los representaba, dejó de tener el simbolismo de clase social y se convirtió en música del pueblo en nuestro estado. En la actualidad no empieza el baile en una fiesta de boda, XV años o de lo que sea si no se toca la música del Carnaval”.

Sin embargo, cree que en los festejos se ha caído en un exceso con el uso de instrumentos musicales, en virtud de que el 70 u 80 por ciento del gasto de una camada se destina para la contratación de un grupo musical y eso es lo que más pesa para mantener viva esta tradición.

–¿Qué papel juega la máscara en la vestimenta de un huehue?

–El principal; muchos danzantes, cuando llegan, a veces pueden tener trajes espectaculares, pero si desmerece la máscara, se demerita mucho su imagen.

Como ejemplo de su afirmación, recuerda que 15 años atrás salieron al mercado máscaras de fibra de vidrio, que eran más baratas, pero “se rompían al impactarse durante el baile con la de otro integrante de la camada”.

Asimismo, compara que no es coherente que si un huehue, por ejemplo, de Contla de Juan Cuamatzi, porta una levita con valor de 5 mil pesos, un sorbete de 3 mil pesos, un gazné de 500 pesos, un paraguas de 200 pesos y zapatos de 500 pesos, no puede tener una máscara de 200 pesos, “porque entonces estamos viendo un desequilibrio completo en la vestimenta”.

Las máscaras de madera de cedro duran hasta 100 años, porque se les da mantenimiento y se retocan durante ese tiempo; no obstante, menciona que cuando un huehue comienza su participación en una camada, su atuendo lo va adquiriendo con cosas económicas, pero en la medida que va madurando, va encontrando el gusto por las cosas buenas, que cuestan más dinero.

–¿Debe tener un estado de ánimo especial para hacer una máscara?

–Hay momentos que no está uno alegre y es entonces que me dedico a desgastar la madera. Cuando se trata de hacer algo más detallado, es el momento en que imagino que casi, casi la máscara la veo bailando y con su sonrisa marcada. Es en ese instante cuando me pongo de buen estado de ánimo.

–¿Podría distinguir las máscaras que hace si tuviera a 100 huehues juntos frente a usted?

–¡Claro!, por el terminado que tiene mi trabajo.

–¿Usted lleva la música por dentro?

–Creo que sí. Si no me hubiera dedicado a las artes visuales, hubiera sido músico como otra opción y aunque creo que no tengo mucho oído, sí tengo mucho ritmo y podría haber sido buen músico.

Incluso, comenta que en el proyecto para abrir su taller estaba incluida la idea de producir videos sobre el Carnaval, pero la aparición de YouTube frustró su intención, porque en ese sitio hay infinidad de grabaciones sobre el tema.

–¿Y qué hace el resto del año una vez que pasa la temporada de Carnaval?

–Para mí la temporada de Carnaval inicia en julio de cada año y hasta julio febrero, son ocho meses que estoy metido en esto. El resto del año –de marzo a junio– lo dedico a hacer vírgenes y santos, así como a asistir a cursos de capacitación a Casa de las Artesanías del gobierno del estado.

El siguiente curso que tomará es para aprender la antigua técnica de pintar a la vejiga, que es la que se utilizó para realizar las imágenes en las iglesias y que tiene una duración de más de 100 años.

“La técnica que utilizo actualmente para decorar las máscaras es de una duración de ocho años, pero necesito crear una línea específica para conocedores y ofrecer un producto de mayor calidad e insuperable”.

–¿Todavía puede crear nuevos rostros en sus máscaras o ya está todo agotado en su trabajo creativo?

–Desde luego, se pueden hacer tantas mezclas como tantos rostros hay en el mundo, así de fácil. Hay variedad de razas, ojos, bocas, se puede seguir haciendo esto. Me ha surgido la idea de hacer máscaras que tengan figuras con fisonomía griega

–¿Qué significa para usted la madera?

–La madera para mí es una materia viva. En la escuela de artes visuales me dijeron que debía aprender a dialogar con los materiales y todo diálogo implica un mensaje hacia ella y de ella un mensaje hacia mí. La madera es muy noble, pero tiene sus límites y eso hay que tenerlo muy claro cuando se hacen las máscaras que se van a estar utilizado, sobre todo en el Carnaval, ya que los movimientos se vuelven bruscos, no violentos, y si uno sabe los límites de los materiales, entonces debe uno saber hasta qué punto tallar la madera para que no se rompa.

–¿Ha tenido alguna anécdota con esos rostros que ha creado?

–Hace dos años hice la máscara de un diablo. Yo no le veo ningún problema, así como hice al Burger King que dice que es el demonio por los cuernos que tiene. La máscara del diablo se la entregué al cliente y resulta que explotó uno de los ojos de color rojo, que ya los tenía guardados desde tres años antes de que los pusiera en la máscara. ¿Cómo te explicas que explote el ojo?

“El cliente al siguiente día vino a verme para decirme que cambiara el ojo porque no lo había pegado bien o lo había golpeado accidentalmente, pero revisé la máscara y por encima no tenía ninguna falla, la explosión fue interna y tuvo que ver seguramente con la física, por el calor, el frío o una cosa por el estilo. Esa situación hizo que con esa máscara se hiciera un mito en este pueblo, unos decían a la persona que eso se debió por estar bailando cerca de la iglesia”.

Puntualiza que en su trabajo hay ocasiones en que algunas máscaras se le hacen más difíciles de elaborar porque siente pesado el ambiente, “no sé si porque son antiguas o por las formas que lleva, no sé qué pasa”.

José Carlos Avendaño Flores
Fotografía: Richard Xochitiotzin

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