Y mientras, ellos bailan: el Carnaval en Tlaxcala

Premio estatal: Reportaje 2012. Y mientras, ellos bailan: el Carnaval en Tlaxcala.

El Carnaval está de vuelta… aunque decir que ha regresado no acaba de hacer justicia a las cientos de horas que los protagonistas de esta fiesta dedican a los diversos preparativos que efectúan. Como varios de ellos relatan a Mo­mento, los planes para el festejo del año siguiente inician en cuanto se deja de escuchar la última nota de las dan­zas, a mediados de año.

Ahora, la fiesta laica más importante de Tlaxcala se avista en el horizonte del calendario. Las capas tacho­nadas de lentejuela se aprestan para brillar a la luz del Sol, lo mismo que los sombreros adornados con plumas de avestruz y las botas de negro cuero. El baile está por comenzar.

EL BAILE Y EL SALÓN

La cuadrilla baila. Baila sin cesar. Los danzantes, hombres y mujeres, siguen un ritmo monocorde, repetitivo, casi pri­mitivo… que mueve los pies y los cuerpos de todos, no sólo de los bailarines, aunque sea un mero ensayo.

La música ha empezado.

Inconfundible. Única. Toda ella llena de alientos me­tálicos, aunque la modernidad la ha alcanzado, trans­formándola ligeramente. Ahora se han incorporado ele­mentos electrónicos: un teclado, una caja de ritmos, una guitarra, un bajo.

Suena igual que antes, es la misma música, pero con un toque distinto. Conserva las melodías monótonas, ma­chaconas, necesarias para alcanzar una suerte de éxta­sis mientras se baila (como los derviches musulmanes, que giran sin descanso hasta que logran hablar con la divinidad). Mientras las notas se desparraman por el sa­lón de prácticas, hay una comunión entre los danzantes y los músicos que se materializa en los pasos dibujados sobre el piso.

LA GRAN FIESTA

El Carnaval a la tlaxcalteca es una orgía de música y bai­le, que oficialmente arrancará el 17 de febrero y que, tam­bién oficialmente, concluirá cuatro días después. Pero habrá cuerda para rato: hasta Semana Santa y en una de esas hasta después, mucho después, muy adentro de la Cuaresma, cuando se supone que debe predominar el recogimiento.

Serán los días del Remate, cuando las camadas se presenten en los barrios, en las colonias, en las cuadras y en las calles de las comunidades del municipio, o de “fueras”. Hasta marzo o tal vez hasta abril, como ocu­rre en Papalotla, como refiere el cronista municipal, Elías Muñoz

Entonces Don Carnal le habrá dado una zapatiza a Doña Cuaresma.

Considerado como uno de los seis carnavales más importantes del país, el de Tlaxcala le debe muy poco a su ancestro medieval. Si bien en coreografías como Los Catrines hay una reminiscencia satírica que lo acerca con su primo hermano europeo, lo cierto es que el de aquí es un jolgorio de baile y de música, con pocas ganas de apagar los incendios carnales prohibidos anteriormente por la Iglesia ante la llegada de la Cuaresma.

“A través de los festejos carnavalescos –dice una so­cióloga– se entablan relaciones sociales de importancia puesto que, para su realización, se hace necesaria la co­laboración y el trabajo en común de innumerables perso­nas, ya sea para el ofrecimiento de comidas, la coope­ración económica para sufragar los gastos de la fiesta, etcétera. Estas relaciones trascienden el ámbito local, es­tableciéndose enlaces entre diversas poblaciones a tra­vés de la participación en concursos, a la contratación de grupos musicales, etcétera”. La ciencia finalmente alcan­za a la vida cotidiana, aunque sea sólo para describirla.

O será el sereno. Lo cierto es que aquí se baila. Y mu­cho. Aquí la fiesta está por comenzar.

ORÍGENES DEL FESTEJO

El Carnaval se acomoda a sus anchas en la categoría de la fiesta, como explica el investigador Joel Dávila: “En términos generales, es una fiesta que está enmarcada en lo que es el calendario ritual de Occidente. Podríamos decir que esto viene de Europa, de la cultura cristiana, donde hay un periodo fundamental que es el de la Cua­resma, que es el momento de la privación marcada por el calendario judeocristiano. Durante la Cuaresma se da la privación de todo; por esa razón, en los días previos a este periodo, se permite una serie de excesos”.

La genealogía del Carnaval podría encontrar sus pri­meras raíces en la continuación de ritos agrícolas vincula­dos con la preparación de la tierra para la siembra, reflejo y continuación de fiestas paganas grecolatinas que se efectuaban a principios de año, y que tuvieron que resig­nificarse con la llegada y el triunfo del cristianismo.

“Es durante febrero y marzo cuando se realizan estas actividades de preparación de los campos de cultivos. El campesino se alistaba para tener las tierras en buen es­tado. Todo lo que la cultura judeocristiana enmarca en el calendario ritual tiene una serie de elementos anteriores, que dan otro significado a las fiestas que tienen que ver con la siembras”, sostiene Dávila.

Para propiciar la benevolencia de la divinidad y facilitar la fecundidad de la tierra, los campesinos de la Antigüe­dad se entregaban a ritos con un alto contenido sexual, que choca de frente con la doctrina de la Iglesia, que condena la lujuria y aboga por la castidad. El Carnaval es un lapso muy breve de tolerancia y de permisividad, que evoca aquellos días de desenfreno propiciatorio de la fecundidad.

¿Y qué es la fiesta? Un momento de derroche, del ex­ceso marcado por la celebración. Instaura un tiempo di­ferente, donde el trabajo y los deberes quedan atrás. Así, se identifica como el momento en que el ser humano, sin importar la cultura a la que pertenezca, se permite, junto con la comunidad, expresar un modo de ser y de vivir la vida diferente a lo que es la cotidianidad. Es un tiempo distinto, con reglas inversas a las habituales o simple­mente licenciando a las leyes que rigen todos los otros días. La fiesta, y con ella el Carnaval, es un paréntesis en la vida cotidiana.

Al mismo tiempo, se incrusta en el devenir, como ar­gumenta la historiadora Graciela Acoltzi: “Podemos ver que es una tradición viva. Uno puede ver que la historia es pasado, pero a través del Carnaval uno puede revivir la historia; es impresionante ver cómo todos estos símbolos han continuado a través de la historia”.

De su lado, el cronista de Papalotla, Elías Muñoz, apunta que en los pueblos prehispánicos de lo que ahora es la región sur de Tlaxcala, “principalmente los de habla náhuatl, se festejaba una fiesta o ritual al Dios del Cerro para implorar por el agua.

En Papalotla, desde antes de la llegada de los Es­pañoles, un grupo de indígenas de la cultura tlaxcalteca perteneciente al cuarto tequitl de Ocotelulco, “dentro de su culto realizaban la fiesta llamada Atltepehilhuiltl, ejecu­tando danzas y ritos en las faldas de la Matlalcuéyetl en el lugar que hoy llamamos Toteotziniatlzin.

Con la conquista Española y la evangelización, el Atl­tepehilhuilt se prohíbe a los lugareños. Pero ante la resis­tencia de los feligreses, la Iglesia introdujo e impuso algu­nas festividades para contrarrestar a los actos naturales”.

Pero al no poder contrarrestar la enorme influencia de las prácticas precortesianas, la iglesia retoma el Atltepe­hilhuitl como una fiesta cristiana, “en la cual se pide agua y se consagraba al único dios creador; regionalmente la llevaban a cabo los pueblos de San Pablo del Monte, Te­nancingo, Mazatecochco y Papalotla. Así se transforma el Atltepehihuitl en el carnaval de Papalotla. Resultado de la fusión de de dos culturas: la de Papalotla y la española, matizada esta por la religión católica”, agrega Elías Muñoz.

UNA FIESTA MESTIZA

De este modo, como muchas otras tradiciones, el Car­naval en Tlaxcala, tal y como lo conocemos hoy, es el resultado de un proceso de mestizaje, una hibridación cultural; es el producto de muchos siglos de convivencia entre la cultura indígena y la española. Quizás por ello apenas si comparte características con algunas de las festividades que se celebran en otros países cristianos.

“Desde luego esto llega como parte de la conquista espiritual que los frailes realizaron con la población nati­va –apunta el antropólogo Cornelio Hernández Rojas. El Carnaval es una fiesta que tiene orígenes muy remotos. Se dice que en algunos países fue llevado hacia España y posteriormente traído hasta México”, añade el investi­gador originario de Ixtenco.

¿Y qué es la fiesta? Un momento de derroche, del ex­ceso marcado por la celebración. Instaura un tiempo di­ferente, donde el trabajo y los deberes quedan atrás. Así, se identifica como el momento en que el ser humano, sin importar la cultura a la que pertenezca, se permite, junto con la comunidad, expresar un modo de ser y de vivir la vida diferente a lo que es la cotidianidad. Es un tiempo distinto, con reglas inversas a las habituales o simple­mente licenciando a las leyes que rigen todos los otros días. La fiesta, y con ella el Carnaval, es un paréntesis en la vida cotidiana.

Al mismo tiempo, se incrusta en el devenir, como ar­gumenta la historiadora Graciela Acoltzi: “Podemos ver que es una tradición viva. Uno puede ver que la historia es pasado, pero a través del Carnaval uno puede revivir la historia; es impresionante ver cómo todos estos símbolos han continuado a través de la historia”.

De su lado, el cronista de Papalotla, Elías Muñoz, apunta que en los pueblos prehispánicos de lo que ahora es la región sur de Tlaxcala, “principalmente los de habla náhuatl, se festejaba una fiesta o ritual al Dios del Cerro para implorar por el agua.

En Papalotla, desde antes de la llegada de los Es­pañoles, un grupo de indígenas de la cultura tlaxcalteca perteneciente al cuarto tequitl de Ocotelulco, “dentro de su culto realizaban la fiesta llamada Atltepehilhuiltl, ejecu­tando danzas y ritos en las faldas de la Matlalcuéyetl en el lugar que hoy llamamos Toteotziniatlzin.

Con la conquista Española y la evangelización, el Atl­tepehilhuilt se prohíbe a los lugareños. Pero ante la resis­tencia de los feligreses, la Iglesia introdujo e impuso algu­nas festividades para contrarrestar a los actos naturales”.

Pero al no poder contrarrestar la enorme influencia de las prácticas precortesianas, la iglesia retoma el Atltepe­hilhuitl como una fiesta cristiana, “en la cual se pide agua y se consagraba al único dios creador; regionalmente la llevaban a cabo los pueblos de San Pablo del Monte, Te­nancingo, Mazatecochco y Papalotla. Así se transforma el Atltepehihuitl en el carnaval de Papalotla. Resultado de la fusión de de dos culturas: la de Papalotla y la española, matizada esta por la religión católica”, agrega Elías Muñoz.

UNA FIESTA MESTIZA

De este modo, como muchas otras tradiciones, el Car­naval en Tlaxcala, tal y como lo conocemos hoy, es el resultado de un proceso de mestizaje, una hibridación cultural; es el producto de muchos siglos de convivencia entre la cultura indígena y la española. Quizás por ello apenas si comparte características con algunas de las festividades que se celebran en otros países cristianos.

“Desde luego esto llega como parte de la conquista espiritual que los frailes realizaron con la población nati­va –apunta el antropólogo Cornelio Hernández Rojas. El Carnaval es una fiesta que tiene orígenes muy remotos. Se dice que en algunos países fue llevado hacia España y posteriormente traído hasta México”, añade el investi­gador originario de Ixtenco.

En esta línea, Joel Dávila desta­ca que cuando llegaron los frailes franciscanos en los años 20 del si­glo XVI, encuentran varias corres­pondencias entre aspectos de los calendarios indígenas y las celebra­ciones cristianas. Así, la festividad de los días oscuros, “donde la gen­te no trabajaba y hasta se podían volver locos, ya que era un periodo de posibles desgracias, se enmarcó en el Carnaval”, apuntala el catedrá­tico de la Facultad de Filosofía y Le­tras de la UAT.

Dávila explica que el Carnaval adquiere carta de naturalización y encuentra su particular forma de ser en la ritualidad indígena, pero sobre todo en el gusto por el baile: “Hay datos e informaciones de que las culturas indígenas, sobre todo las relacionadas con la cultura náhuatl, eran gente que le gustaba mucho bailar. Tenían jornadas de baile don­de el individuo perdía su individua­lidad y se sumergía en la masa, la masa danzante, que lo acercaba a la divinidad”, expone Dávila.

Por esta razón, argumenta, se debe hablar de un producto cultural mestizo. “No podemos hablar de un Carnaval original, debido a que esta fiesta es el resultado de un proceso de mestizaje. Y como tal, hay ele­mentos indígenas y europeos”.

Así, paulatinamente se fue dan­do una mezcla de vestimenta, músi­ca y danza; además, se mantuvo la práctica de los pueblos originarios de bailar cerca de los sitios de culto o de veneración a la divinidad; sólo se cambió el teocalli por la iglesia o el atrio.

La profundidad histórica del Car­naval tendría respaldo en los escri­tos de los primeros españoles que llegaron a estas tierras, como se­ñala la historiadora Graciela Acoltzi: “Podemos ver que las crónicas de Hernán Cortés y de Bernal Díaz del Castillo, hacen referencia a ciertas danzas prehispánicas cuando ellos llegan. Eso demuestra que ya exis­tían danzas, bailes y personas que usaban ciertos trajes como venera­ción a sus dioses, que es el caso de Camaxtli, u otros”.

RITO ESCENIFICADO/FIESTA DE IDENTIDAD

Para Dávila, la estructura de los bailes responde a un afán de lo­grar una suerte de escenificación: “En cualquier parte del mundo el Carnaval es una puesta en escena, que transforma a la comunidad, al pueblo. El espacio y el tiempo están completamente transformados en la fiesta del Carnaval”.

En el caso concreto de Tlaxca­la, como ya se ha explicado, nos encontramos ante un proceso de fusión cultural, que se acelera entre los siglos XVIII y XIX, cuando llegan al país los bailes de salón, que im­pactarán de lleno en el diseño de las coreografías carnavalescas. Negado el acceso a las fiestas de las élites mexicanas, los indígenas y mestizos poco a poco hacen suyos los bailes traídos desde Europa, de­formándolos en el proceso.

Y a medida que se consolida este fenómeno social, se convierte en seña distintiva de las comunida­des. “El carnaval es la fiesta de la identidad. Es la fiesta, para mí, que tiene más importancia para la gente. A través del carnaval, las comunida­des se reconocen quiénes y cómo son, qué los conforma. Dentro de la comunidad y fuera de la comunidad y dentro de ella”, aduce Dávila.

Marcado por la festividad, otor­ga sentido y coherencia a partir del rito. Sin embargo, a medida que las comunidades fueron haciendo suya la celebración, añadiendo siempre nuevos elementos, el Carnaval aca­bó por convertirse en sello distintivo de la colectividad, refiere Cornelio Hernández Rojas.

“El Carnaval de Tlaxcala, ade­más de baile, danzas, alegría, es una expresión cultural que ya la he­mos hecho muy nuestra los tlaxcal­tecas, de tal manera que la tlaxcaltequidad no se podría entender sin el Carnaval. Creo que en él reafirmamos y reafianzamos nuestra identidad”, remata el investigador, quien ha estudiado diversas expresiones de corte popular.

De la misma opinión es Graciela Acoltzi, quien trabaja en el Archivo Histórico del Estado: “El Carnaval demues­tra lo que somos exactamente: una cultura con diferentes matices y formas de vivir; a través de él uno puede ver nuestros gustos, es decir, nuestra vida”.

El gusto por la danza ritual se fue mezclando con los bailes de salón procedentes del Viejo Continente, que arribaron a estas tierras desde finales del XVIII, impac­tando directamente en la vida popular. Evidentemente, aquellos bailes de salón eran practicados por la gente de dinero, con lo que el pueblo no tenía acceso a esta forma de bailar, arguye Joel Dávila.

Entre esas danzas destacaron los bailes franceses y las cuadrillas españolas. Esta particularidad del indígena para bailar es asumida después por los bailes de salón.

“Ellos no lo podían hacer o no eran invitados o no for­maban parte de la élite social y económica. En sus festi­vidades van entrando paulatinamente esta forma de bai­lar, algunos dicen que imitando, otros que burlándose de estas manera de que la gente se divertía. Es por eso que los trajes, la vestimenta empieza tomar sus rasgos distin­tivos. ¿Por qué tenemos catrines? –se pregunta Dávila–. Porque cuando el ferrocarril llega a esta zona, los ingenie­ros eran ingleses, vestían de una manera a la inglesa que era ajeno al contexto local, con levitas y fracs”.

Rastros de esa indumentaria se pueden apreciar en Los Catrines, una danza profusamente ejecutada en San­ta Cruz Tlaxcala, municipio en el que se instalaron varias fábricas de textiles, cuyos dueños eran europeos, y que acabaron por influir en los trajes que portan actualmente los danzantes.

LO QUE OCURRIÓ ANTES

Acoltzi refiere que gracias a documentos que ha encon­trado en el Archivo Histórico del Estado, ha podido ras­trear evidencias del Carnaval en Tlaxcala que se remon­tan hasta el siglo XVII.

Específicamente del año de 1694 se encuentra un documento que hace referencia a la prohibición del Car­naval. El documento es una orden del gobernador San­román, “quien menciona específicamente que durante los tres días que duran las Carnestolendas, las personas hacen muchos desmanes. Se reúnen hombres y mujeres, por lo que causa un malestar moral, que consideran los religiosos como el gobierno y por eso se prohíbe el Car­naval en ese entonces”, apunta la investigadora egresa­da de la licenciatura en Historia de la UAT.

Entre los documentos depositados en el Archivo, se puede advertir la transformación que fue teniendo la festi­vidad, destacándose la referencia a las cuadrillas.

“Y eso es importante, porque es a finales del siglo XIX cuando se tie­nen registros de ese baile. Anterior­mente no se hacía mención de las cuadrillas, pero esos documentos se las nombra y demuestra que por estos años, luego de la intervención francesa, digamos una globalizai­cón, ya tiene influencia en los bailes regionales”.

La evidencia apunta a que la vestimenta y la coreografía se trans­formaron paulatinamente, en un afán imitativo por parte de las cla­ses populares hacia las costumbres de las élites, como ya ha resaltado Joel Dávila.

EL AHORCADO

En el camino hacia el sincretismo, el Carnaval habría conservado parte de su carácter crítico hacia los gru­pos que ejercen el poder, a decir de Dávila.

La crítica hacia las clases gober­nantes, que representaría un sínto­ma de rebeldía, habría derivado en una represión por parte de las auto­ridades, como ocurrió hacia finales del Porfiriato, según destaca el his­toriador Alberto Xelhuantzi.

En este empalme entra en esce­na una tradición carnavalesca que se mantiene en varias comunida­des: el Ahorcado, momento en que el pueblo toma desquite de autori­dades y personalidades sobresa­lientes, a las que reduce a polvo, por medio de una crítica feroz y sin contemplaciones.

Santa Ana Chiautempan y Terre­nate son dos de las comunidades donde el Ahorcado se sigue repre­sentando el Martes de Carnaval, du­rante la noche, cuando está a punto de concluir el tiempo de tolerancia.

LOS NÚCLEOS

CARNAVALESCOS

Como resultado de su investigación, Joel Dávila desarrolló una teoría para explicar la concepción del Carnaval: “Yo manejo una teoría de núcleos carnavalescos. ¿Qué son éstos? Son los lugares donde la festividad del Carnaval vive momentos de auge y está caracterizado porque ahí se tie­nen los mejores trajes, participa una gran cantidad de danzantes e influ­yen a las comunidades cercanas”.

Esta actitud prevalece en las zo­nas centrales del estado, sobre todo en las de raíz nahua, como son las comunidades de Yauhquemehcan, Totolac, Santa Cruz Tlaxcala, Contla, Terrenate y Papalotla, que a decir de Dávila, serían los principales focos culturales de irradiación de la influen­cia carnavalera.

Su importancia radica en la ma­nera en que influyen en pueblos y co­munidades aledañas, que retoman o de plano copian trajes y danzas.

BAILE AL CUBO: EL EJE

PAPALOTLA-YAUHQUEMEH­CAN-TERRENATE

Charros, huehues y cuchilleros, o lo que es lo mismo, tres formas dife­rentes pero emparentadas de darle forma a esta festividad. Norte, cen­tro y sur de Tlaxcala se hermanan durante tres días, al menos oficial­mente, porque la fiesta empieza mucho antes, y termina mucho des­pués del martes de Carnaval.

En Papalotla la fiesta nominal­mente se celebra tres días antes del miércoles de ceniza y finaliza con la octava el domingo siguiente, se organiza en cuadrillas de danzan­tes que representan a cada barrio. Están formadas por charros (hue­hues), vasarios (vasallos), vasarias (doncellas), la nana (hombre vesti­do de mujer con mascara femeni­na), explica Elías Muñoz.

La nana y los vasarios bailan dentro de un círculo ejecutando evoluciones según el ritual ellos re­presentaban a la clase sacerdotal, (chamanes, pedimenteros , conjura­dores, etc.) y los charros bailan alre­dedor de ellos en un circulo mayor representando al pueblo que prote­ge el ritual de la clase sacerdotal.

En el transcurso del Carnaval “se ejecutan 7 danzas, 4 de origen prehispánico y dos de origen Judío Cristiano y una Marcha que sirve para el inicio o final del evento (armonía o perdón) dentro de las evoluciones de estas danzas nos representan el ciclo vital del hombre desde su nacimiento hasta su exterminio de este mundo”, concluye.

En Yauhquemehcan los danzantes también reciben el nombre de huehues, que, como detalla Sergio Chamorro, cronista del municipio, alude a un término de respeto. En este municipio del centro del estado, los danzantes va­rones se esmeran por ofrecer al público elaboradísimos sombreros retocados con plumas, “que antes eran artifi­ciales, pero que ahora son de avestruz, y llegan a tener más de 50 en cada penacho. Incluso ahora importan plu­mas de Australia”, asegura Chamorro, todo con el afán de lucir en los días de fiesta.

Camino del norte, llegamos a Terrenate, un municipio colindante con el estado de Puebla, con una orografía particularmente complicada, y un clima que no suele ser benigno. De esta comunidad, particularmente de Toluca de Guadalupe, destaca la llamada Danza de los Cuchi­llos, que tuvo su origen en los bailes que practicaban los peones de las haciendas que había –y aún hay– por ese rumbo.

EL SACRIFICIO INÚTIL

En el contexto de la teoría del sacrificio inútil, se puede apostar mucho con tal de ser parte del festejo. Quienes participan en la celebración están dispuestos a realizar todo tipo de sacrificios, desde los físicos hasta los econó­micos: “Un carnavalero, un danzante o alguien que par­ticipa se gasta la vida en esto… se le va la vida en esto”, explica Joel Dávila.

Así, la festividad se entiende, en términos generales, como el sacrificio inútil. Se invierte dinero, recursos, salud y hasta la vida, en el afán de satisfacer al individuo y al cuerpo.

El cronista de Yauhquemehcan, Sergio Chamorro, re­fiere que en ese municipio,“los trabajadores logran que sus sindicatos consigan que los patrones otorguen como días de descanso el periodo del Carnaval. Pueden trabajar en Navidad o el Primero de Mayo, pero no en Carnaval”.

“Hay gente que se puede hasta quedar endrogada porque prefiere saltar en el Carnaval”, sostiene Dávila.

“A veces uno ve que tienen muchas necesidades en sus casas. Pero en lugar de construir un baño u otras mejoras, prefieren irse a bailar”, agrega Sergio Chamorro.

Situaciones similares se repiten a lo largo de la geo­grafía tlaxcalteca, o al menos donde está bien enraizada la festividad, que de acuerdo con Cornelio Hernández, parece tener mayor arraigo en las zonas de influencia na­hua, ya que en la porción otomí del estado, es decir, en Ixtenco, el Carnaval no tiene el mismo peso específico en los hábitos y prácticas culturales comunitarias.

REMATE

Fenómeno poliédrico, el estudio del Carnaval puede abarcar varias perspectivas. Desde la academia se pue­den desarrollar diferentes teorías para interpretar el sen­tido de las danzas. “Necesitas perspectivas desde varias disciplinas para ir entendiendo lo que pasa aquí, aduce Joel Dávila, quien durante más de una década estudió a este fenómeno cultural, social, económico y hasta laboral y político.

La fiesta del Carnaval es un rito simbólico y complejo. No se puede abordar desde una sola perspectiva, ya que desborda a la vida cotidiana y se instala en un tiempo aparte. Abre un importante paréntesis en el transcurso de la existencia de quienes participan en él.

Y si bien el festejo de hoy es heredero y resultado de una larga tradición, también es cierto que se actualiza. Esa longitud temporal también puede disolver antiguas prácticas, con lo que se regenera continuamente. El Car­naval permanece y se reinventa. Para quienes salen a la calle y a las plazas públicas para danzar y explayarse por supuesto que es una fiesta que se vive y a veces se pa­dece en carne propia.

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