Una tradición de hilos y lentejuelas

Publicada Febrero 2018 Edición 123

Detrás del traje del charro, como se conocen a los huehues de Papalotla, no sólo hay todo un bagaje de historia, sino que se suma una tradición de hilos y lentejuelas, y el trabajo de por lo menos 13 personas para tener listos el plumerón, la banda, el rosetón, el paño o capa, las puntas, las botas, la cuarta o chicote, la máscara, el pantalón, la camisa y las chivarras, cueros o polainas.

Dejar listas las capas implica cerca de seis meses de labor, pues el bordado y la colocación de lentejuela es un trabajo ar­tesanal que busca rescatar la asociación civil Tlamach–Paki, a través de una serie de acciones, algunas de ellas auspiciadas por el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC).

Tlamach–Paki ha editado dos libros acerca del carnaval de Papalotla: Fiestas de la Matlalcuéyetl (2008) y Una que otra lentejuela (2016).

Para explicar más sobre esta labor, Revista Momento platica con Víctor An­tonio Pérez Luna, director de Tlamach– Paki, quien invita a la entrevista a tres danzantes que año con año elaboran su capa para participar en las fiestas carnes­tolendas de Papalotla: Próspero Xicohtén­catl “El Trompetas”, Francisco Pérez Luna “Chicloso” y Domingo Torres Xicohténcatl “Superchino”.

Estos danzantes, con mucho orgullo, muestran cómo bordan la capa que uti­lizarán en el carnaval de este año y con­fiesan que, en la mayoría de los casos, los charros de Papalotla se ven en la nece­sidad de hacer este atuendo ante la ne­gativa de sus esposas, pues es inevitable el enojo que provoca el hecho de que sus maridos se pierdan y se emborrachen du­rante la semana de carnaval.

Víctor Antonio Pérez, de 43 años de edad, es estomatólogo de profesión y tie­ne un negocio de artículos para carnaval que provee a los danzantes de materia prima, accesorios, capas, plumas, cuartas, botas, máscaras y todo lo que necesiten para el traje de charro.

A la par de estas dos actividades, Víc­tor Antonio lleva las riendas de la asocia­ción Tlamach–Paki que busca preservar la tradición de las capas del traje de carnaval de los charros de San Francisco Papalotla, San Cosme Mazatecochco y San Miguel Tenancingo.

“Mucha gente tiene una mala idea de lo que es el carnaval, piensa que es cerrar calles para que las cuadrillas bailen, con­sumo inmoderado de bebidas alcohólicas y desorden en la vía pública. Por ello, Tla­mach–Paki se ha dado a la tarea de reali­zar investigaciones sobre el origen y tradi­ciones del carnaval, además de capacitar a personas para que realicen el bordado manual de las capas, primero para que no se pierda esta tradición y segundo para que cada una genere su autoempleo”, ex­plica Víctor Antonio Pérez.

Como parte de la capa­citación a personas de Pa­palotla, Tlamach–Paki ya no solo atiende pedidos de capas de vecinos de este municipio, sino también de los barrios viejos de la ciudad de Puebla como El Alto, San Jerónimo Caleras y Resurrección, de San Mi­guel Canoa, San Lorenzo Amecatla, Atlixco, así como de Santa Ana Chiautem­pan y Panotla. De 13 con­dados de Estados Unidos, se atienden pedidos de ca­pas, botas y cuartas.

Tlamach–Paki es una empresa y el nombre es náhuatl. Tlamach significa bordar y Paki es contento o alegre, entonces se maneja como “Bordando alegrías”.

A esta empresa se han incorporado personas para hacer capas artesanales, esto es, 100 por ciento bordadas a mano y otras que se dedican al área de plumaje donde pintan las plumas y arman los plu­merones.

Durante el año emplea a ocho personas de mane­ra permanente y en tem­porada previa al carnaval son hasta 30 personas las que trabajan para bordar capas, colocar lentejuela y elaborar puntas o flecos para las capas.

El trabajo artesanal de Tlamach–Paki ha traspa­sado fronteras, ya que un amigo de Víctor Antonio Pérez llevó capas para exhibir a Dubái. Poste­riormente, entró a una iniciativa de artesanos en Tlaxcala y llevaron capas a Nueva York con nuevos diseños de bordado para uso cotidiano.

Las capas de los Charros, un atuendo espectacular

En el libro Una que otra lentejuela se menciona que la indumentaria de los cha­rros de carnaval ha evo­lucionado notablemente desde la década de 1940, desde el sombrero hasta el calzado, pero sin perder su esencia. Estos cambios han sido propiciados por las transiciones socioeconó­micas, ya que pasó de ser una sociedad campesina–obrera a adoptar la forma de una compleja y variada estructura socioeconómi­ca, apartándose cada vez más de la actividad agrí­cola, factor que ha influido igualmente en la actualiza­ción de las manifestaciones culturales.

Estos cambios se refle­jan claramente en algunos aspectos más que en otros, como el color del vestuario (en cada elemento preva­lece un solo color, anterior­mente eran multicolores), así como el uso de nuevos materiales (muchos de ellos sintéticos) y la adaptación o recuperación de otros que eran poco frecuentes (como el uso de plumas de gallo, faisán, pavo real y pavo común, en vez de la típica de avestruz).

El periodo que va de 1915 a 2016 compren­de el tiempo que abarca la investigación sobre la indumentaria del Charro, personaje del carnaval de la zona sur de Tlaxcala, de cuyo conjunto se destaca la capa, pieza que concentra un vasto e importante con­tenido iconográfico propio de la cultura de Papalotla, plasmado en un estilo estético que identifica a la población.

Los testimonios, evidencias fo­tográficas y material hemerográfico enmarcan un periodo de 101 años (considerando una capa datada aproximadamente en 1915 como evidencia). Este periodo que aborda la investigación del libro ha permiti­do descubrir, apreciar y transmitir al público valiosa información sobre los cambios que ha asimilado esta pren­da en su constante actualización, ya sea en la técnica de su elaboración, el tipo de materiales utilizados en su manufactura y/o en el contenido ideológico que manifiestan.

La capa del Charro está confec­cionada con tela granite bordada a mano o con máquina, ornamentada con motivos en lentejuela y chaquira (en uno o varios colores), ostenta pun­tas tejidas o trenzadas y además dis­pone de un forro que reviste el reverso del bordado en el interior de la capa.

Los diseños plasmados actual­mente en estas prendas tradicio­nales han variado notablemente en comparación con los elaborados en la década de 1910 y posteriores; por mencionar algunos ejemplos, todavía se conserva en San Cosme Mazate­cochco una capa que data de 1915, cuyo bordado recrea la imagen de una enramada o enredadera con va­rias clases de flores que brotan de un grácil jarrón y se extienden por toda la capa, entre las hojas y ramas se distinguen distintas aves posadas en las flores, y ocupando el centro del conjunto destaca el águila emble­mática del lábaro patrio con la frase “Viva México” al margen, además de las letras “H” y “M” (posiblemen­te las iniciales del propietario de la prenda en ese tiempo); dicha pieza no presenta señal alguna de haber ostentado muchas lentejuelas en su diseño original.

Otro ejemplo es una capa pro­cedente de San Miguel Tenancingo (con la fecha “febrero 25 de 1940” bordada en la misma pieza), cuyo diseño conjuga efigies de flores y mariposas, un ave en pose de vuelo bajo dos banderas tricolores cruza­das, dos chinas poblanas danzando en torno a sendos sombreros de cha­rros de Jalisco, todo lo cual bordea al símbolo patrio rematado por una corona de olivo atada con una cinta blanca en forma de moño. Esta pren­da ya presenta un sencillo adorno de lentejuela.

Otra prenda de características similares elaborada en San Francis­co Papalotla exhibe un diseño que, por su estilo y señales de deterioro, permiten calcular su fecha de ma­nufactura aproximadamente entre los años 1940 o 1950. En ella puede apreciarse un bordado de numerosas flores en varios colores unidas por un largo tallo, dos aves sostenien­do con sus picos una cinta roja que forma una especie de nimbo sobre la cabeza del águila (símbolo patrio) y un charro de Jalisco tocando una guitarra a un costado de la imagen central. Esta prenda ostenta algunos detalles muy discretos de lentejuela.

Al observar detalladamente las imágenes plasmadas en las capas resulta sencillo entender por qué los pobladores consideran que represen­tan el paisaje o la naturaleza impe­rante en la región, cuyo significado acentúan con ayuda de otros acce­sorios como la lentejuela y las puntas trenzadas.

En el caso de la lentejuela se consideran dos versiones de su sig­nificado, una sugiere que simboliza la lluvia; y otra, que evoca los ma­nantiales que existieron en la región hasta antes de 1960, fecha en que se incrementó dramáticamente el nivel de industrialización en el estado y los desecara. De las puntas también se consideran dos versiones de signifi­cación: una sugiere que representa la lluvia y otra la nieve.

Estos tipos de diseños prevalecen hasta la década de 1960 sin varia­ciones considerables, aunque sí en la cantidad adicional de lentejuela usada en su manufactura. Entre los años 1960–1980 se siguió utilizando con frecuencia la imagen del emble­ma nacional, pero en contraste se co­menzaron a reemplazar los diseños de flores multicolores por los de un solo color. También se popularizó el uso del forro de satín para disimular los sobrantes del bordado al rever­so de las capas, se añadieron cas­cabeles de metal y se diversificaron los diseños, los cuales comenzaron a incluir paisajes. Como los realizados por el pintor Jesús Helguera, siendo los más conocidos los relativos a La leyenda de los Volcanes y El Flecha­dor del Cielo, entre otros.

A partir de 1990 se fueron in­corporando nuevos elementos to­mados de la televisión y otros me­dios de comunicación (actualmente del internet), situación propiciada por factores sociales y económicos, como la globalización, la migración, la mercantilización de ideologías, etc. En este periodo predominó la prefe­rencia por la imagen de la rosa roja y pocos años después se diversifi­caron los colores (naranjas, azules, morados, etc.), también se modificó el diseño usual del símbolo patrio agregándole algunos elementos complementarios, como elementos de la bandera estadounidense, pari­sina y símbolos de otros países. Otras imágenes que se han popularizado en este tiempo fueron las de carica­turas, personajes de la farándula o relativos a creencias religiosas.

El proceso de elaboración de las capas pasó de la manufactura arte­sanal a la industria aprovechando el desarrollo tecnológico que permite la efervescente actividad textil en esta región. El bordado a mano se reali­za con aguja y aro utilizando hilo de algodón, estambre y tela granite. La hechura demora un periodo de tres a ocho meses dependiendo de las di­mensiones de la prenda (talla infantil o adulto), otros factores a conside­rar son la cantidad de hebras que requiere el bordado (seis, cuatro o dos), la habilidad del bordador y su disposición de tiempo para realizar el trabajo. El fijado de lentejuela y chaquira requiere tres o cuatro días; posteriormente se colocan las puntas de hilaza (de uno o más colores) y el forro (terciopelo o satín).

La tradición del bordado a mano ha perdurado por generaciones, ya sea por transmisión directa de pa­dres a hijos o por sucesión del cono­cimiento de un grupo generacional a otro subsecuente sin especial paren­tesco. Es el caso de un integrante del Taller de Bordado Quetzalli en San Miguel Tenancingo, Óscar Capilla Xo­chihua, quien refiere que su suegra le enseñó a bordar y colocar lente­juela, pues se ahorraba una suma considerable de dinero en la adqui­sición del disfraz completo, además aprovechaba el trabajo para convivir con su familia y también acordaban disfrazarse de manera uniforme para disfrutar más los días de carnaval.

Es importante mencionar que mu­chas de las personas que se dedican a la actividad de bordado a mano o a máquina no solo se limitan a pro­veer a los danzantes de los munici­pios de Mazatecochco, Tenancingo y Papalotla, pueblos circunvecinos de Tlaxcala y Puebla, sino también a las personas que están trabajando como indocumentados en Estados Unidos para festejar su carnaval que se ce­lebra entre mayo y agosto.

Muchos de los migrantes encar­gan sus vestuarios a través de fami­liares para que sean elaborados en México.

Los materiales utilizados para la elaboración de las capas de carna­val son: tela granite, hilo de algodón, aros, agujas, lentejuela (de diferentes tipos y colores: láser, cazuela, naca­rada, rayada, etc.), chaquira, hilaza para las puntas y terciopelo y organ­za para el forro. También se requiere lápiz, pellón y papel carbón para re­producir los diseños sobre la tela que se bordará.

Algunas personas utilizan máqui­nas especialmente diseñadas para el bordado. Esta práctica reduce el tiempo y costo de fabricación, pero dichas prendas no se consideran piezas artesanales, pues la calidad estética y el cuidado del acabado de­penden de la experiencia y pericia de la persona que invierte su tiempo y especial interés en elaborar la capa.

Hasta aquí lo que da cuenta el li­bro Una que otra lentejuela sobre las capas.

De regresó a lo comentado por Víctor Antonio Pérez, éste comenta que la idea de emprender la empresa surge porque el proceso de bordado lo trae por herencia por parte de su mamá que bordaba, así que “esto nace por gusto. El negocio lleva muy poco tiempo, lo tenemos desde hace siete años y apenas estamos traba­jando en esto”.

Refiere que en la región de Pa­palotla, San Cosme Mazatecochco y San Miguel Tenancingo siempre se ha bordado, solo que no se le ha dado el enfoque real de que son arte­sanos quienes hacen las capas y por eso él ha emprendido acciones para darle el valor como zona artesanal en esa área textil.

“Estamos recuperando ese espa­cio, tuvimos la fortuna de capacitar a 20 señoras, tres señoritas y una niña son Síndrome de Down, y lo maneja­mos como el rescate artesanal en el área textil que es el bordado de ca­pas y sí hubo apoyo por parte de las personas, acabaron su trabajo y se montó una exposición en la comuni­dad y ahora van a Tlaxcala a mostrar este trabajo que culminaron. Para nosotros es grato hacer ese rescate y que se sepa que en la zona sí hay artesanía”.

–¿Cómo combinas tu profesión con este trabajo artesanal?

–Mi profesión no la desarrollo en Pa­palotla, trabajo en la ciudad de Pue­bla. Afortunadamente es mi propio negocio, entonces tengo el tiempo para hacer las dos actividades. Lo del vestuario de los charros lo hago por gusto, me nace, lo siento, soy de Papalotla y el carnaval es una efer­vescencia tremenda, entonces no se puede quitar uno de otro y si lo lleva a cabo uno los dos, perfecto.

–¿Qué significa el carnaval para la gente de Papalotla y para ti?

–Para mí es un desahogo personal, toda una represión de trabajo y de estrés de un año, llega el carnaval y es una efervescencia, es una ale­gría total, hoy en día se le ha dado ya algunos significados inapropiados porque carecemos de los significados básicos de por qué lo hacemos. Afor­tunadamente nosotros hemos publi­cado dos libros en los que hablamos de todo el proceso de carnaval de que es un ritual a una deidad para traer las lluvias, es lo que nos intere­sa, que se dé a conocer a esta gene­ración y a las futuras por qué hace­mos todo este tipo de ritual, porque es un ritual.

“Si le preguntamos a la comuni­dad, va a responder que es por gusto, pero no, tiene un enfoque profundo y real, que es lo que nos importa, porque además de tener el negocio y desarrollar mi profesión, me dedico a investigar”.

–¿Cómo resumirías el ritual del carnaval?

–Las piezas más importantes del carnaval son la culebra y lo que de­nominamos la muñeca. La culebra es para atraer los días de lluvia y por eso utilizamos un látigo o cuarta, se­mejando que son los relámpagos o truenos de los días de lluvia. Hay un evento previo al carnaval en Papa­lotla que se llama Altepeilhuitl para hacer la festividad del agua del cerro y empieza ahí realmente el carnaval.

Explica que la vestimenta que usan los charros son las chivarras o cueros que simbolizan la protección de las casas ante las tempestades y truenos, en este caso representados por los látigos de los cuartas. El pan­talón y chaleco es color negro, sin que se tenga el dato exacto del por qué se usa el negro. En las capas, en las décadas de los treinta y cuarenta del siglo pasado, se utilizaban ma­riposas, pájaros y flores, pues todo representa la flora y fauna del va­lle Puebla–Tlaxcala. Las lentejuelas eran para la región de los manantia­les y todo lo demás la fauna.

“Hoy en día solo se trabajan rosas, eso fue a partir de los años ochenta. Alguien comentó que cada rosa sig­nifica un mes del año. En las capas tradicionales se manejan 12 rosas rojas. El plumerón se maneja como las nubes para simbolizar las lluvias”.

–¿Cuánto cuesta un traje de charro?

–La artesanal 100 por ciento es ca­rísima, una capa, por muy económi­ca de adulto, nueva y hecha a mano estamos hablando que oscila entre 12 mil y 25 mil pesos, depende de la cantidad y calidad de bordado. Sin embargo, hoy en día encontramos capas de 6 mil pesos, pero hechas a máquina, nos ha ganado el bordado a máquina, hay que ser honestos, por eso la necesidad de estar en el res­cate artesanal. El precio del plumero o plumerón depende de la región y el número de plumas que lleve, ya que una pluma grande cuesta 165 pesos, así que el precio de un plu­merón completo oscila entre 10 mil y 15 mil pesos, eso solo hablando de capa y plumas, de ahí nos faltarían las botas, los cueros, los amarres, los guantes, la cuarta y la máscara.

El precio elevado de las capas es porque una de calidad estándar se lleva alrededor de seis meses en ela­borarla, con un tiempo promedio de ocho horas diarias de lunes a vier­nes. La persona la diseña, hace sus trazos, escoge los hilos y empieza a trabajar. El lentejuelado lleva una se­mana y la colocación de las puntas en un día, así que son casi seis meses y medio para tener una capa conclui­da, relata Víctor Antonio Pérez.

–¿Y por qué lo pagan?

–Mucha gente vende hasta de lo que no por sacar un traje, es el gusto, es la emoción, el sentimiento, el ver que el vecino, mi hermano, mi primo, sale a bailar y ya se está arreglando. Es un rito estarse arreglando, llega una emoción que no la puedo describir, yo también soy danzante, si no bailo me enfermo, me pongo mal, de qué sirve que trabajé todo el año si no puedo salir a danzar, es un sentimiento que no tiene palabras.

–¿En qué consiste la innovación en las capas?

–Ya encontramos trabajos computa­rizados en las rosas y en los diseños personalizados, me tocó hacer unos trabajos extravagantes para Nueva York con la imagen de la Santa Muer­te, en lugar de bordar rosas pusimos cráneos, otro traje fue con la Santa Muerte, pero con cráneos de héroes nacionales, de cierta manera el clien­te es el que pide como quiere la capa, aunque no sea de nuestro agrado.

Para el carnaval de 2018, Tla­mach–Paki tiene el pedido de 10 capas bordadas a mano y el triple trabajadas a máquina de coser. Este año espera sacar alrededor de 50 ca­pas para niños y gente grande.

Explica que las actividades en Tla­mach–Paki se conciben como negocio y al mismo tiempo como una acción de rescate de las tradiciones, pues ante la escasez de recursos económi­cos es difícil que la gente quiera pagar una capa bordada a mano y por ello se necesitan acciones para recuperar el proceso artesanal.

De esta manera fue que buscó apoyos para capacitar personas y tuvo la fortuna de ser beneficiarios del PACMYC en dos ocasiones, si bien el recurso que se les da es limitado.

Por ello, casa Tlamach–Paki tam­bién aporta recursos económicos para que se impartan los cursos, para que se realicen las investiga­ciones en la hemeroteca y realizar entrevistas en campo. “No se puede deslindar una cosa de otra, sin el ne­gocio definitivamente ya no haríamos lo segundo”.

Menciona que las personas traba­jan en sus casas, en virtud de que se les entrega todo lo que necesitan para entregar el trabajo en determinado día. “Cada quien se toma las horas de trabajo, generalmente son amas de casa y atienden a su familia”.

–¿Se puede distinguir un trabajo artesanal a uno hecho a máquina?

–La gente casi no sabía distinguir hace como tres años lo artesanal con lo de máquina. En esta casa nos gusta ser honestos con el tra­bajo, me tocó ver trabajos cobrados como a mano siendo a máquina, el cliente va a decir es a mano y me salió a tanto, pero a simple vista se puede distinguir que es a máquina o a mano.

“Por eso hay que preparar al cliente, hay que enseñarle, educarlo sobre el trabajo y eso ha valido para que nuestra clientela regrese, sea continua, hemos explicado por qué una capa vale más y otra menos, aunque sea a mano, ya que depen­de del tipo de puntada, la cantidad de hebras que se le coloca, todo eso parece que ya van identificando, es­tamos como en un 70 por ciento que la gente identifica qué es a máquina y qué es a mano”.

En la actualidad, una capa bor­dada a máquina tiene un precio de hasta 2 mil pesos sin lentejuela, una de buena condición vale de 4 mil a 4 mil 500 pesos. En Papalotla hay 12 camadas y ahora se estrena capa a máquina cada año, pero es raro com­prar una bordada a mano cada año enfatiza Víctor Antonio.

Es tal el amor a este atuendo que hay personas que tiene su capa de hace 50 o 60 años enmarcada en la sala de su casa. Cada quien lo ve desde un punto de vista diferente.

El carnaval en Papalotla

El carnaval en San Francisco Papalo–tla inicia tres días antes del miércoles de ceniza, que en 2018 es el 11, 12 y 13 de febrero. Anteriormente solo se manejaba el carnaval el domingo, lunes y martes, pero hoy en día se ex­tiende hasta el quinto o sexto viernes, antes de la Semana Santa.

Pero en Papalotla los charros solo bailan domingo, lunes y martes, y al si­guiente domingo, solo son cuatro días.

–¿Por qué bailan?

–Ponerse el traje de charro lo tiene uno que vivir, sentir, desde el mo­mento en que elige uno el par de botas que va uno a usar, el color, el matizado, es algo que no se puede explicar, pero es tan satisfactorio que muchas personas que nunca han portado un traje, la primera vez que lo portan, se transforman, todos nos transformamos, todos cambiamos, el salir con alegría, el grito, el tronar una cuarta no se hace a diario, por eso se transforma en un ritual, incluso hay gente que hace tamales, mole y una fiesta a su traje porque va a salir a bailar en el carnaval.

Por ejemplo, el papá de Víctor Antonio, el señor Félix Pérez, lleva muchos años bailando y si bien su edad ya es avanzada, aún le gusta arreglar su traje, vestirse, es un día en que convive con los vecinos, los amigos, es una reunión con toda la comunidad de Papalotla.

Víctor Antonio Pérez reflexiona que muchas personas los critican porque en días de carnaval hay alte­ración social, desorden, se cierran las calles y hay mucho consumo de alco­hol, lo cual es una parte, pero hay la otra parte del ritual.

“Tengo conocidos que cada año estrenan capa y deben hablar con las de años anteriores para que no se resientan. Yo lo siento, yo lo hice, sacrifiqué mis horas para terminarla y cuando la saco a bailar es una sa­tisfacción total”.

Por eso en Papalotla se lleva a cabo el Altepeilhuitl en el centro ce­remonial, en las pirámides que hay en lo que se conoce como el cerro de la luna. Ahí es donde se hace el ritual, allá inician las fiestas del carnaval cada año, son unos montículos pre­hispánicos que no son muy conocidos.

El 28 de enero se hace el Altepeil­huitl y se invitan camadas de Puebla, Tlaxcala y Yauhquemehcan. Se cree que el ritual comenzaba ahí y era el sa­crificio de infantes de 3 años en La Ma­linche, pero no se ha encontrado nada.

–¿En qué se distingue el carnaval de Papalotla de otros lugares?

–Me ha tocado ver carnavales en los que la música y cortes son diferen­tes. La efervescencia es diferente. Nos preguntan por qué viene mucha gente a bailar a Papalotla y es por­que acá ha habido hospitalidad muy grande, las comisiones que se inte­gran hacen comida y ofrecen bebida para todos, llegas y eres bienvenido. Si somos 10 ahora somos 15 o 20 y se hace más grande la fiesta.

Subraya que en Papalotla se inte­gran cuadrillas de hasta 400 charros, la más grande es del barrio de Xalti­pan y en la cuadrilla de Xolalpan son entre 170 y 200 charros. En conjunto son más de mil 500 charros que salen a bailar en el carnaval, “es enorme, cada año los chiquitines ya vienen saliendo a danzar, año con año, no hay el riesgo de que se vaya a perder o desaparecer esta tradición, bueno al menos en Papalotla no creo”.

La influencia de los charros de Papalotla ha ganado influencia en otras poblaciones cercanas como Tepeyanco, Zacatelco y Xicohtzinco en donde los danzantes han adop­tado la vestimenta del charro, antes eran los famosos chivarrudos y hoy ya son charros.

–¿Y hacia dónde va Tlamach–Paki?

–Como casa Tlamach–Paki vamos a seguir trabajando en la publica­ción de materiales para que esté más completa la información a fin de rescatar el proceso artesanal de las capas de los charros, queremos incrementar el grupo de 24 a 50 per­sonas, que se fomente el autoempleo, pues veo tantas señoras que consi­guen trabajo de manera directa con el vecino o la comadre y se está auto empleando.

En cuanto a la innovación de las prendas, tiene en puerta un proyec­to para Dubái en 2020 que consisten en hacer un trabajo con el gobier­no del estado, “es un reto ambicioso para dentro de dos años, queremos ir paso a paso. En la investigación seguiremos trabajando porque el que no comparte el conocimiento no crece y nosotros compartimos el conocimiento con las personas que quieran aprender y que quieran ser autosuficientes en su hogar, que ob­tengan un recurso para su familia”.

Reunión de hombres para trabajar, no para platicar

A efecto de ver el trabajo de bordado a mano, a casa Tlamach–Paki asis­ten Próspero Xicohténcatl, Francisco Pérez Luna y Domingo Torres Xico­hténcatl para mostrar algunas ca­pas que han bordado en el pasado y demostrar que ellos mismos hacen este trabajo artesanal, ya que sus es­posas se niegan a ayudarlos porque “nos desaparecemos toda una sema­na”, dicen entre risas.

Francisco Pérez menciona que así como se ven “bien machotes”, dedi­can varios meses del año para bor­dar sus capas y con el paso de los días las yemas de sus dedos quedan lastimadas por el uso de la aguja.

Eso sí, cuando bordan las capas no pueden estar platicando porque se desconcentran. Tampoco pue­den ver películas por la misma con­secuencia, agrega Francisco Pérez, quien menciona que en un año no sa­lió a bailar porque días antes le com­praron la capa, sin pensar que se la llevarían el sábado previo al domingo de inicio de carnaval.

En tanto, Próspero Xicohténcatl cuenta que rentaba una capa a una persona cada año hasta que ya no se la regresaron, pero un día vio a un charro que bailaba con una prenda con características muy similares a la que era de su propiedad.

“Me quedé viendo fijamente la capa y conforme la veía más me cer­cioré que era la mía. Me acerqué a la persona que la portaba y le reclamé la prenda, pero me respondió que le debía comprobar que era suya. Acu­dí al Ministerio Público y el agente me preguntó cómo podía demostrar que era suya. Le dije que las puntas tenían 24 hilos y cuando las contó efectivamente eran 24 hilos, pero me dijo que eso no era suficiente, que era necesario dar otra descripción y le dije que debajo del forro estaba pintado con color verde el trazo de la vestimenta, rompió el forro y coin­cidía con lo descrito, pero al final me dijo que todo eso no era suficiente y ya no recuperé mi capa”, lamenta.

Cada uno de los charros de Pa­palotla tiene una historia, una expe­riencia y un gusto muy particular por el carnaval, pero al final los une la tradición de hilos y lentejuelas.

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