De la Literatura a la Ciencia: Julio Verne, Profeta

De niño, Julio Verne soñaba con volverse marinero. El mar lo atraía como un poderoso imán, con su carga de incontables aventuras, llenas de lances peligrosos en exóticos países. Sin embargo, su circunstancia personal le impidió materializar esos sueños de lances y correrías por los siete mares; en cambio, se convirtió en uno de los escritores más importantes de la literatura universal.

Empujado por su padre a cursar una carrera que le permitiera subsistir, Verne se vio obligado a estudiar abo­gacía, aunque prácticamente nunca la ejerció. Lo suyo era violar las leyes de la imaginación.

Sin embargo, los primeros intentos literarios de Verne fueron poco afor­tunados. Arrastrado por los residuos del romanticismo, ensayó con varias obras teatrales, que tuvieron muy poca fortuna en los escenarios parisinos. Atrapado en un matrimonio frustrante y con un trabajo aburrido en la Bolsa de París, Verne encontró una vía de escape a la monotonía: comenzó a acumular una inmensa cantidad de datos científicos, registrados en miles de fichas bibliográficas.

Monsieur Hetzel

El paso decisivo en su carrera como escritor lo dio cuando conoció a Pierre-Jules Hetzel. Verne había entregado al que sería su editor durante los siguientes veinte años un manuscrito titulado Viaje aéreo, que si bien ya contenía la combina­ción de aventuras con descripciones científicas, Hetzel sugirió una serie de cambios que dieron como resul­tado la primera novela publicada por Julio Verne: Cinco semanas en globo. La historia narra las peripecias de una expedición emprendida por el viajero y periodista Samuel Fergusson en el aeróstato Victoria, construido bajo su dirección; el periplo lo hace acompañado por su criado Joe y Dick Kennedy. El propósito era rescatar a varios exploradores perdidos en África. La lectura es sencillamente deliciosa, un tanto escapista, pero muy estimulante.

Fue a partir de Las aventuras del capitán Hatteras, cuando a Hetzel se le ocurrió denominar como Viajes extraordina­rios a las aventuras de los personajes vernianos. El nombre se mantiene hasta nuestros días como muestra de un feliz acierto. De esa forma, Julio Verne se embarcó en travesías llenas de imaginación, pero también mar­cadas por el rigor científico, en una afortunada mezcla de erudición con conocimientos de vanguardia, apoyada en una feliz agilidad narrativa.

Supo combinar con maestría esos factores para ofrecernos una propuesta novedosa, llena de emociones. Así, se convirtió en un navegante afortunado, que surcó los mares de la ciencia, aun­que también alcanzó a atisbar fiordos y bahías peligrosos de la condición humana, en sus peculiares relaciones con la ciencia y la tecnología.

Del optimismo al pesimismo

En su momento, Verne se rindió ante las posibilidades que ofrecía la Máquina (así, con decimonónica mayúscula), tal vez imbuido por el espíritu positivista que dominó a Europa durante la segunda mitad del siglo XIX. Eran días de prodigiosos avances tecnológicos, apuntalados por una ciencia con fines utilitaristas, que poco a poco se fueron masificando, como ocurrió con los medios de trans­porte (ferrocarril, tranvías, barcos a vapor) u otros portentos, como el alumbrado eléctrico o el telégrafo. Sin duda, y comparada con los tiempos precedentes, se trataba de una época vertiginosa.

La occidental era una sociedad en movimiento que se desplazaba por los cuatro puntos cardinales; la globalización iniciada en el siglo XVI con el viaje de circunnavegación de Magallanes-Elcano, se afianzaba en el romántico, aventurero y capitalista siglo XIX. Verne supo captar y retratar ese espíritu en sus historias.

La tecnología desarrollada en el siglo XIX fue ampliamente superada por las invenciones del XX. Y aunque no se le pueden restar méritos al carácter visionario de Verne, se puede afirmar sin remordimientos que la realidad superó por amplio margen a la ficción. En ese sentido, nuestro autor queda como un brillante profeta, un escritor que supo tomar el pulso a la ciencia y la tecnología de sus días y ver más allá de la circunstancia inmediata. Sus novelas nos ofrecen mundos posibles, aunque se advierte un claro tránsito del más desbordado optimismo, hasta un oscuro presentimiento sobre los alcances de la ciencia.

Más allá del carácter sibilino que en buena medida enturbia la imagen de Verne, se debe destacar su elaborada construcción de caracteres humanos. Entre el desencanto y el temor por lo que pudiera acarrear el uso irracional de las máquinas, en varias de sus novelas advierte lo peligroso que puede resultar un individuo con un poder tecnológico fuera de control.

Se debe destacar el carácter re­servado, tendiente a la soledad de varios de sus personajes, dominados por oscuros deseos de gloria, pero al mismo tiempo entregados a la tarea de hacer de la ciencia una fuente de auxilio para la humanidad. Son los personajes de Verne los que gozan de una mejor salud literaria, ética y moral que el resto de su producción novelística.

Entre ellos destaca el capitán Nemo, constructor del submarino Nautilius y personaje principal de Veinte mil leguas de viaje submarino. Nemo, cuya raíz latina significa Nadie, es un individuo que se ha alejado del resto de los hombres. Dueño de sí mismo y de su destino, es un creador que se niega a ser Dios. Se trata de un personaje moderno que ha per­manecido en todas las memorias como ejemplo del individuo que se resiste a ser dominado.

Otro personaje de similar profun­didad humana es el capitán Hatteras, quien encarna el sometimiento a un ideal, que puede desembocar en la locura. Su obsesión de conquistar el polo lo condena a la soledad (que comparte con otros personajes ver­nianos, como el ya referido capitán Nemo o el desquiciado Robur, de quien hablaremos más adelante); su heroísmo terminará en demencia, pero le permitirá salvar todos los obstáculos: la rebelión de sus marinos, el frío, el hambre, la escasez. Esta figura es doble y anuncia lo que más tarde será la reflexión filosófica de Verne: si no hay entrega, ¿quién puede llegar al sacrificio? No existe empresa demasiado grande, ¿pero acaso vale la pena? ¿La locura es el precio que hay que pagar por el progreso y el conocimiento? En la descendencia de Hatteras se situarán los “científicos locos” de las novelas de la segunda época, que sacrificarán todo para satisfacer pulsiones de poder.

En esa línea descendente se ubica Robur. En cierta forma, recuerda el desdoblamiento entre una per­sonalidad benéfica y una maligna, descrito por Robert Louis Stevenson en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Inspirado en un amigo de Verne, Robur aparece primero como un científico interesado en el progreso de la humanidad, e incluso construye un aparato volador, muy parecido al moderno helicóptero, al que bautiza como Albatros, situación que ocurre en la novela Robur el conquistador.

En cambio, en El amo del mundo, el mismo personaje, Robur, aparece como un científico desquiciado, con ansias de dominio global, una suerte de Hitler o de Lex Luthor decimo­nónico; para ello, ha diseñado una máquina maléfica, llamada Espanto. El tránsito de este personaje demues­tra claramente el crecimiento del pesimismo en Verne. El héroe sueña con dominar los aires, por lo cual construye el Albatros, que tiene fines pacíficos. Sin embargo, el Espanto marca el apogeo de su instinto de poder: vehículo de tierra-mar-aire, encarna la megalomanía y el indi­vidualismo desbocado que llevan a la locura. Genio pueril, hace un uso perverso de la ciencia y su imagen significa un regreso de Verne de sus ilusiones en cuanto a los beneficios de la técnica. Un pesimismo que tiene una vigencia plena.

Ahora el Espanto es un algoritmo que alimenta dispositivos que po­drían hacer realidad el apocalipsis de Terminator: el exterminio de la civilización tal y como la conocemos.

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