TLAHUICOLE: EL LEGENDARIO HÉROE LOCAL

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Publicada Enero 2008 Edición 2

El mundo se haya plagado de leyendas sobre héroes y grandes personajes que han destacado, enseñando con su ejemplo a las nuevas generaciones. La historia de México conserva cantidad de relatos al respecto y la historia de Tlaxcala es poseedora de sus propios próceres.

En la entrada sur de la ciudad de Tlaxcala, se haya emplazada una monumental escultura en bronce que conmemora a uno de los héroes locales más sobresalientes del periodo prehispánico: Tlahuicole o Tlalhuicole, que quiere decir “el de la divisa de barro”.

En el período prehispánico los tlaxcaltecas pasaron de ser una tribu nómada, a constituirse en una de las sociedades más importantes de Mesoamérica. En ese trayecto, como todo pueblo en expansión, sometieron a grupos menos “civilizados” y débiles, uno de los cuales fue el de los otomíes. La sociedad otomí era altamente guerrera, pero carecía de una buena estructura política y económica, lo que les llevó a prestar vasallaje a Tlaxcala. Los otomíes constituían el grueso de los ejércitos de Tlaxcala y además cuidaban las fronteras territoriales. Los más fieros guerreros de Tlaxcala no eran tlaxcaltecas, sino otomíes.

UN HÉROE LEGENDARIO

De Tlahuicole no se sabe con exactitud ni la fecha de su nacimiento ni la de su muerte, pero se calcula que habría nacido en la segunda mitad del siglo XV y fallecido a comienzos del siglo XVI. Por su arrojo en el combate fue designado comandante en la guerra contra los huexotzincas, conflagración en la que los mexicas intervinieron a favor de sus aliados de Huexotzinco. Tlahuicole, se decía, era un hombre de estatura promedio, pero lo que lo hacia diferente a los demás guerreros era su fuerza y su coraje en combate.

Tan fuerte era, según Muñoz Camargo, que “la macana con que peleaba tenía un hombre bien que hacer en alzarla”1, es decir que era bastante pesada para ser levantada por un guerrero común. Se cuenta en el relato que solamente el nombre de Tlahuicole bastaba para atemorizar a cualquiera, pues tenía una gran reputación. Tlahuicole fue capturado en el transcurso de una batalla contra los huexotzincas y llevado posteriormente a Tenochtitlán, siendo presentado como prisionero de guerra a Moctezuma, quien le perdonó la vida al reconocer en él a un gran guerrero. Así, fue nombrado por el gobernante mexica comandante de los ejércitos aztecas, y puesto al frente de las huestes que invadirían el actual territorio de Michoacán, en una población tarasca denominada Tlaximaloyan, donde era gobernante Calzolzin.

El guerrero otomí condujo a los ejércitos para su nuevo amo, pero no logró concretar la conquista de los pueblos tarascos. No obstante, volvió a Tenochtitlán con un gran botín de guerra, lo que le hizo ganar los favores del señor de los mexicas. Moctezuma ofreció a Tlahuicole su libertad y el permiso para volver a Tlaxcala, pero el guerrero rechazó la oferta por considerar que volver a Tlaxcala tras haber liderado al ejército enemigo sería una afrenta para su patria. Moctezuma le ofreció entonces el cargo de tlacatécatl mexica equivalente al grado de general, pero tampoco aceptó ese ofrecimiento.

En su lugar, pidió al gobernante la muerte ritual para un hombre de su clase: la muerte en sacrificio para un guerrero. Moctezuma aceptó, pero no de inmediato, le mantuvo con vida en calidad de “prisionero libre” por tres años, viviendo en la ciudad de Tenochtitlán con una de sus mujeres que había sido traída desde Tlaxcala, con la esperanza de que finalmente accediera a los deseos de Moctezuma, pero no fue así.

Días antes de su sacrificio, los mexicas le rindieron honores con fiestas y banquetes. Finalmente, el día de su muerte llegó y fue conducido al temalacatl2 portando sólo una macana, fue atado de uno de los pies, como parte del ritual. El relato de Muñoz Camargo cuenta que fueron peleando con él varios guerreros, de los cuales probablemente mató a ocho e hirió a unos veinte, pero el cansancio lo venció y el golpe de un adversario le dejó inconsciente para ser llevado ante la presencia de la deidad Huitzilopochtli, donde siguiendo la tradición religiosa murió en sacrificio al dios: un sacerdote le abrió el pecho y sacó su corazón todavía palpitando.

Hoy, el legendario guerrero es objeto de admiración por parte de la población tlaxcalteca, que lo recuerda a diario al transitar frente a su monumento, al pasar frente al estadio que lleva su nombre, o al entonar el Himno a Tlaxcala en el que se hace mención a su indomable fuerza.

1. Citado en AGUILERA, Carmen y RÍOS, Angélica (compiladoras), Tlaxcala, textos de su historia. Los orígenes. Antropología e historia, Vol. 4, Gobierno del Estado de Tlaxcala/CONACULTA, México, 1991, p.545.

2. Una gran piedra redonda y plana donde se realizaba el sacrificio de tipo gladiatorio.

Historiador: Raymundo Pérez Tapia
Fotografía: Zitlali González Loo

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