Trueque en tiempos de pandemia

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

El tianguis del trueque de Tlaxcala es un pequeño acto de resistencia. Es una de esas prácticas modernas que tienen miles de años de realizarse. No se trata de una moda, porque está limitado a un grupo muy reducido de personas, no más de doscientas en cada sesión. Sin embargo, persevera en su intención. Resiste. Es un gesto que aspira a generar un cambio.

“La intención es que la gente tome conciencia de hacer un consumo responsable”, explica Jéssica Vázquez, creadora de esta iniciativa en 2014, y que poco a poco ha ido creciendo.

Los orígenes de una práctica

Vamos a hacer un viaje en el tiempo. Retrocedamos unos cuantos miles de años en la historia de nuestra especie. La travesía nos lleva al Cercano Oriente, esa suave curva que se hamaca en el Mediterráneo oriental, donde se traban tres continentes, bueno, en realidad dos, porque en sentido estricto Europa es una península asiática.

Luego de una larga existencia como carroñeros y posteriormente como cazadores-recolectores, hace unos diez mil años, pequeñas bandas de humanos que correteaban por lo que ahora son Israel, Líbano, Siria, Irak y Turquía, afinaron la domesticación de algunas plantas, como el trigo y la cebada. Y se establecieron en un solo lugar.

Fueron los primeros pasos para construir la civilización. No fueron pasos fáciles. De hecho, en términos energéticos, la agricultura demanda más esfuerzo que poner una trampa y cazar un animal o buscar alguna baya silvestre que apague las exigencias del estómago gruñidor.

Pero a la larga, la agricultura y la ganadería se impusieron y acabaron por darle un rumbo distinto a nuestra especie. Llegaron a su fin los largos viajes siguiendo a las manadas de animales; ya no más vivir de los despojos de los grandes depredadores. La especie humana empezaba una nueva etapa en su singular carrera evolutiva; se trataba de la revolución agrícola.

Esas primeras aldeas, que acabaron convirtiéndose en villas y ciudades, trajeron otro cambio importante: la división del trabajo. No todos tenían que dedicarse a cultivar la tierra o a pacer los rebaños. Algunos, por ejemplo, podían aprovechar el barro que ensuciaba los pies y elaborar utensilios para almacenar o transportar los alimentos.

Cualquier forma de comercio parte de contar con excedentes. No vas a intercambiar algo que no tienes, al menos era así en aquellos tiempos. Hoy es muy diferente.

Los sobrantes de la cosecha sirvieron como moneda de cambio para obtener otros bienes, como una vasija o un animal, por ejemplo.

“El trueque es la forma más primitiva de comercio”, sentencia un sitio dedicado a la economía. Miles de años después, el trueque sigue practicándose, con otros fines, pero con resultados muy parecidos.

El Buen Trueque

“Tratamos de recuperar la práctica del trueque, en la cual las personas dialogan, incluso de productor a productor, sin intermediarios, para que pueda existir esta interacción, y que se pueda llegar a hacer el intercambio”, apunta Jéssica Vázquez.

            En 2014, Jéssica, licenciada en administración por el Instituto Tecnológico de Apizaco, descubrió en las redes sociales una convocatoria emitida por un colectivo de economías alternativas.

La idea era crear una contraparte al Buen Fin, para promover el consumo responsable y de productos locales. En suma, hacer algo diferente al cariz consumista que distingue a aquella campaña comercial, que si bien mueve miles de millones de pesos, nos mantiene atados con los lazos de prácticas abusivas y degradadoras del medio ambiente.

En aquel entonces, Jéssica trabajaba en la granja didáctica El Mezquite, un centro de educación ambiental ubicado en Atlihuetzía, y que sirvió de sede al Buen Trueque.

“Asistió un promedio de 50 personas, que expresaron su interés; esa vez también hicimos talleres. Una amiga me estuvo acompañando. En diciembre de ese año hicimos otros dos, porque el primero fue en noviembre. Aunque la respuesta de la gente era poca, se comprometía. Decían ‘Esto me interesa porque es diferente’. Desde entonces lo seguimos haciendo”, relata.

Fue así como aprovechando uno de los rostros más visibles de la globalización, el de las redes sociales, Jéssica organizó a un grupo en Facebook para convocar, cada mes, a un tianguis de trueque, que se asentó en varios puntos de la ciudad de Tlaxcala, como el parque ubicado frente a la delegación de la Secretaría del Bienestar, antes Sedesol, o el atrio de la iglesia de San Nicolás.

Años más tarde, y en un contexto muy diferente, el proyecto recibió un impulso desde el gobierno federal, al obtener apoyo económico de la Secretaría de Cultura y del Instituto Tlaxcalteca de la Cultura, a través del programa “Mujeres en el arte y la cultura”.

—¿Cuál es tu sueño con respecto a este proyecto?

—Generar una conciencia de consumo responsable. Es algo que nos ayudaría mucho en cuestiones económicas y ambientales.

“Mi sueño sería tener varios tianguis de trueque en otros municipios. Por eso hacemos esta gira y también que tengamos más productores. Que los consumidores sean productores y consumidores en un mismo sistema.

¿Dinero maldito que nada vale?

En Todo tiene un precio, Eduardo Porter, escritor y periodista colaborador del New York Times y del Wall Street Journal, pinta buena parte de nuestros tiempos: “Comprar bienes y servicios constituye una gran parte de la vida moderna. Hay comida, ropa, entradas para el cine, vacaciones de verano, las facturas del gas y la electricidad, las primas del seguro hipotecario, la gasolina, las descargas del iTunes y los cortes de pelo. El mercado es ese lugar donde los precios adquieren su definición más directa, determinada por una transacción voluntaria entre un comprador y un vendedor que esperan beneficiarse del intercambio”.

¿Y cómo se consigue todo eso? Con dinero, eso que “se da o se recibe generalmente por la compra o la venta de artículos, servicios u otras cosas”, pontifica John Kenneth Galbraith en un libro que se titula así: El dinero.

Pero la idea de Jéssica es echar al dinero, a punta de trueque, de la ecuación del intercambio.

“El trueque forma parte de la economía social y solidaria y que la gente conozca eso: que puede tener otras alternativas a comercializar sus cosas sin una intervención del dinero, todo a través del diálogo”, asienta.

Trueque condicionado por la COVID-19

El proyecto presentado por Jéssica a la Secretaría de Cultura se denominó “El trueque como alternativa socioambiental ante la crisis post pandemia”. En el nombre se aprecia otra de las preocupaciones de la coordinadora de la propuesta: el cuidado de la naturaleza.

            Además, está enmarcado en la contingencia sanitaria que tiene a la economía en vilo. Se trata de recuperar una práctica milenaria, bajo una condición complicada para miles de personas, que han visto mermados sus ingresos.

            “Lo que presentamos fue que se hicieran diez tianguis de trueque en diferentes municipios, con la intención de que la gente viva la experiencia, se capacite y que puedan emprender sus propios tianguis de trueque. También propusimos que se hicieran 15 talleres de capacitación, impartidos por mujeres, para que fueran encaminados a generar más productores”, detalla Jéssica en entrevista con Momento, que se realiza en Zacatelco, el primer punto de los diez que albergarán esta particular gira.

            Consciente de la grave crisis de salud provocada por el estilo de vida que llevábamos antes de la emergencia de la COVID-19, entiende que “todo es originado por cómo estamos consumiendo. Si consumimos demasiados alimentos procesados, obviamente nuestra salud no va a estar tan bien como para recibir este tipo de situaciones”.

            Algunos de los talleres impartidos en los diez tianguis se enfocaron en la preparación de alimentos y botanas buenas para la salud, pero también en la reparación de prendas o en la elaboración de desodorantes, aunque el énfasis se puso en concienciar a los asistentes sobre sus capacidades para cultivar sus propios alimentos.

“Aquí lo que se ha pretendido desde el inicio es que la gente explore sus habilidades productivas, para poder depender cada vez un poquito menos del sistema. Hicimos una red de huertos urbanos para que la gente aprendiera a cultivar sus alimentos. Estamos satisfaciendo las necesidades básicas. Ya llevamos seis años. Hay gente que tiene la conciencia de sembrar alimentos”, apunta.

—¿Hasta dónde crees que sea viable y práctico que sembremos nuestras propias hortalizas?

—¿Qué tan práctico? Pues es difícil, mucha gente por eso lo deja, porque cree que solamente es poner la semillita, regreso en una semana y ya la cosecha… y luego a la otra semana otra vez. De hecho, llevan sus tiempos.

“El mismo maíz cuánto tiempo lleva. Todo un ciclo de seis meses para que podamos, si la temporada nos ayuda, cosechar, si no, no comemos. ¿Qué tan práctico es eso? No lo es, pero si hacemos comunidad, creo que se puede.

“EI sueño es que tengamos jardines comunitarios sembrados con comestibles, que podamos utilizar terrenos o lotes baldíos, y que entre todos los vecinos se trabaje en las horas libres y que vayamos cosechando. Sí es posible, porque hay muchos casos de éxito en el que en poco espacio siembran y pueden tener alimentos, como son las comunidades zapatistas, que, por ejemplo, tienen esa tendencia a ser autosuficientes. Creo que es como lo que necesitamos hacer”.

Activismo ambiental

Desde pequeña, Jéssica fue enseñada a separar la basura y consumir “poquitas cosas, poquitos desechables. Cuando se dio una vacante para dar talleres de educación ambiental para niños en la Granja, me acerqué y me dije “Creo que es una manera de desarrollarme profesionalmente y hacer lo que me gusta”.

“Fui aprendiendo muchas cosas y pude desarrollar más este gusto. Poco a poco se ha ido dando hacer más actividades: el trueque, actividades por la laguna de Acuitlapilco, y en todas las que me puedo sumar. A veces no es tanto tener la iniciativa, pero sí de acompañar.

“No es necesario sumarse a grandes cosas, sino que desde uno sea consciente, que diga ‘Voy a usar racionalmente el agua, voy a consumir menos desechables, voy a usar menos energía’, y cosas así. Siempre digo, si yo ya lo aplico, me gustaría compartirlo con otros.

—¿Cómo se dio tu concienciación ambiental?

—Desde pequeña. Esa sensibilidad la traemos desde el nacimiento. En casa mi mamá separó residuos.   

—¿Cómo haces para convencer a la gente que estas son buenas prácticas y convenientes?

—Es una buena pregunta. Lo hago siempre con el ejemplo. Creo que las personas que me conocen saben que trato de ser coherente con lo que digo, con lo que hago. En casa siembro alimentos. Siempre voy experimentando: tengo mi huertito, separo, hago mi composta, mis videos, talleres con niños. Es estar siempre conscientes y no desistir.

“Si algo cree que va a ser como el cambio, que se siga haciendo. Invitar a la gente a que lo intente. Cómo vamos a aprender si no nos desprendemos un poquito del sistema.

“Siempre vas al mercado, al supermercado y siempre vives así, pero si de repente te muestran algo que es diferente, un camino, dices ‘Por qué no’. Pruebo y si me gusta, pues le sigo. Experimenta algo distinto para que puedas aprender que eso realmente nos puede ayudar como sociedad.

—¿Buscas una manera alternativa de vivir?

—La verdad es que es ir a contracorriente y creo que si no lo intentamos, perdemos más. Podría ignorar todo y decir “Qué caso tiene, si no voy a lograr nada”, pero prefiero intentarlo, hacer un camino distinto.

“Sé que es difícil, porque hay muchos activistas que mueren en la lucha, activistas ambientales, sociales, que terminan en la lucha, porque es tan fuerte su impacto, que la misma sociedad, los mismos dirigentes terminan sus sueños.

El 90 por ciento de las personas que asisten son mujeres”.

—¿Por qué las mujeres?

—Porque somos las que siempre nos involucramos en todo, como esa sensibilidad que hace un rato mencionaba, que quizás las esencias masculinas se enfocan más como en el materialismo, y lo femenino buscamos en esa armonía, en tener todo equilibrado, pensar en todos, en el que si tenemos algo, si ya no lo utilizamos lo vamos compartiendo. La mujer es la que comparte, la que da.

“Voy a hacer mi investigación de por qué. Por qué somos las mujeres. Alguien me decía que porque tienen más cosas o más tiempo. Pero no. Es porque creo que siempre estamos en movimiento. Queremos buscar lo mejor para nuestras familias. Tenemos aquí el ejemplo.

Mujeres apoyando a mujeres

“Yo practico el trueque en familia desde mi muy remota infancia”, afirma María de los Ángeles Rugerio Rosas. Ella es una de las mujeres colaboradoras del proyecto. Lleva dos años con la tarea de levantar el registro de los participantes y de delimitar lugares y pasillos, “para que se respete la sana distancia”, explica con el rostro cubierto por una careta de plástico transparente.

            La plática se realiza en la plaza comunitaria de San Sebastián Atlahapa. Es un domingo por la mañana y desde muy temprano María de los Ángeles ha asignado los espacios que se ocuparàn. Va y viene entre la gente que se arremolina en el pequeño parque.

            “Yo formo parte de este movimiento porque desde que era pequeña, cada medio año, en junio y en diciembre, en casa se revisaba toda la ropa y todos los zapatos, que antes reparaba mi papá, porque él era zapatero. Juntábamos todo y lo llevábamos a San Jerónimo Zacualpan, con una tía, porque ahí no hay industria, es puro campo. Mi mamá, que es originaria de ahí, llevaba toda la ropa y los zapatos de sus doce hijos, y se los dejaba. Mi tía, en agradecimiento, nos daba maíz, frijol, ayocote, mora, pera, aguacate y flores”, rememora María de los Ángeles, quien al trueque lleva chayotes, que siempre se le acaban.

            “Yo traigo chayote de casa, y mi chayote se va así [hace un gesto con los dedos para indicar rapidez]. Y soy feliz de que los quieran”, presume.

Una mañana de domingo muy diferente

A pesar de las canas que cubren sus sienes, Zaida Vázquez es una mujer jovial y muy activa. Va y viene entre los puestos que se han instalado en el pequeño jardín ubicado frente a la delegación de la Secretaría del Bienestar, por el rumbo del Pocito, el lugar donde, en 1541 y según el relato hagiográfico, la virgen le indicó al indio Juan Diego Bernardino que encontraría un manantial de aguas milagrosas.

            Este domingo se ha formado un pequeño caos en los alrededores del parque. Más de cien personas han respondido a la convocatoria para hacer trueque. De hecho, esta podría considerarse como la sede del tianguis. Y se nota en la gente que ha concurrido.

            Entre ellos destaca Zaida, que cubierta con un cubrebocas tejido con hilo rosa y adornado con un sonriente león, negocia con los otros truequistas.  

             “Me llamó la atención el hecho de saber o conocer que hay un lugar en donde podemos revivir una tradición, que de alguna manera hace muchísimo tiempo, muchísimos años, nuestros antepasados practicaban. Me agradó la idea y dije ‘Vamos a probar’. Por qué no”.

            Para esta ocasión, Zaida ha llevado chocolate para repostería, suculentas, jitomate, huevos criollos, alimentos, peluches y hasta un “mueblecito para bebé”. A cambio obtuvo plantas, chirimoyas y chilacayotes, además de especias y semillas. Además de haber degustado helado artesanal “muy rico”, pero sobre todo se lleva “muchas sonrisas”.

            Esta es una mañana de domingo muy diferente a las habituales.

—¿Cómo ve la respuesta de la gente?

—Veo que hay mucha participación. Eso me tiene muy emocionada. Me hace saber y pensar que como seres humanos estamos tocando esa parte de la sensibilidad para poder dejar de lado la moneda, y tener un poquito más de interés en lo que nosotros mismos podemos producir, en lo que nosotros mismos podemos crear. También me llevo cosas tejidas, que son cosas que podemos hacer con nuestras manos, que también tienen valor, sin que tengamos que poner de por medio la moneda.

“Ha sido una maravillosa experiencia. Muy bonita. Esta semana hay mucha gente, mucha participación. Me gustó mucho”, cuenta a la sombra de un árbol, donde ha colocado su puesto esta mujer originaria de Santo Toribio Xicohtzinco.

Fermentadora cultural

Una semana más tarde, la escena se traslada hasta El Carmen Tequexquitla, uno de los municipios con mayor rezago social del estado.

            Jéssica Vázquez adelanta que podría haber hasta 200 participantes, aunque finalmente llegan muchos menos. Pero eso no apaga el entusiasmo.

            Además, el tianguis coincide con una actividad organizada por un colectivo de muralistas, denominado Las Tlacuilas.

Ahí nos encontramos con Veneranda Pérez. Ella es originaria de Tepito, aunque la COVID-19 la ha llevado a instalarse en el lugar de donde es originaria su madre.

Veneranda se define como “fermentadora cultural” y artista transdisciplinaria. Forma parte de las Tlacuilas, que han confeccionado un mural que adorna la casa matriarcal. Además, se dedica a la elaboración de cerveza artesanal.

—¿Cómo se dio tu participación en este tianguis del trueque?

—Conocí el trabajo del Colectivo Tianguis del Trueque Tlaxcala por las redes sociales. Es algo que ya es de mi interés desde antes de que sucediera.

—¿Qué te interesó del tianguis?

—Lo que me interesa son las alternativas económicas, porque creo que el sistema económico actual no favorece a las personas que somos pequeñas productores, que queremos a lo mejor una vida no tan esquematizada en simplemente tener un empleo, en donde te dan un salario y ya.

            “También puede haber formas alternativas de ayudarnos entre todos y de compartir lo que hacemos”.

—¿Cuál crees que será el futuro de esta práctica?

—En principio habría que recordar que es una práctica muy antigua, anterior al dinero. Me parece que así como es el pasado, pues también va a ser el futuro. Me hace ver que hay muchas cosas que pudiéramos dar por sentadas, que están por

descubrirse, tanto en mi historia personal, como en la historia de la humanidad.

            “Yo soy una persona con mucha esperanza y sí, aunque el escenario es bien apocalíptico, yo creo que justo estas prácticas nos permiten imaginar un futuro que pudiera existir, si lo hacemos juntos”.

—¿Cuál es la diferencia entre estas dos formas de producción?

—Desde mi punto de vista, todas las cosas que elaboramos nosotros con nuestras manos y con nuestro corazón, van impresas de nuestra historia.

Agua de barranca

Junto al puesto de cerveza artesanal de Veneranda, se encuentra el de María Leandra Hilaria Lara Góchez. Ella lleva más de 40 años preparando una bebida tradicional de Santa Inés Zacatelco. Se trata de la refrescante cacahuyecan, mejor conocida como agua de barranca, que se prepara con maíz, haba, anís, canela y cacao. Es la perfecta mezcla del mestizaje gastronómico que distingue a la cocina tlaxcalteca.

            Doña María Leandra Hilaria es un caso único. Aunque carece de un puesto en el parque de su natal Zacatelco, donde se han instalado otras mujeres dedicadas a batir el agua de barranca, ella ha llegado a impartir cursos a personas provenientes de otras entidades, que se han acercado hasta Zacatelco para aprender los secretos culinarios de esta truequista, quien también prepara mole, adobo, pipián verde, pinole con canela, naranja y cacao, además de maíz con cacao.

            Esa habilidad para la cocina la ha llevado a viajar a Jalisco, Tabasco y la Ciudad de México.

            Sin embargo, confiesa que cuando era niña, no le gustaba tener que ayudarle a su madre a preparar esta bebida.

“Se trabaja mucho en familia, porque requerimos de ayuda. Cuando es poquito, ahí me dejan, lo hago yo solita, pero cuando ya es hartito, unos empacan,

otros están pesando, otros están llevando al refrigerador”. Es así como le ayuda su familia. De hecho, espera que su hija herede esta práctica, con lo que sería la tercera generación seguida en ofrecer agua de barranca a los sedientos.

            La base la representa el haba, pero esta requiere de al menos dos horas para descortezarla, y luego otro mediodía para tostarla. En este procedimiento se cansan las manos y los brazos, afirma.

Sin embargo, asegura que “es nutritiva”, y ofrece refrescar a los consumidores, “y quita el hambre”.

            Desde hace seis años acompaña a Jéssica Vázquez en esta travesía. “Ya llevamos tiempecito con los muchachos que andan haciendo el trueque; nos ha gustado mucho”.

—¿Qué ventajas le ve a esta manera de intercambiar productos?

—Es muy bonito, porque cambiamos lo que nos gusta. Que ya veo ahí un libro, un vaso que me hace falta, pues lo cambiamos. Ai andamos cambiando los limones, la fruta. Es muy bonito. Vamos a suponer que yo quiero esto, le digo al joven, truequeamos. Me llevo esto y yo le doy un vaso de cacao. Con eso nos pagamos. Él me da lo que tiene aquí y yo le doy que tengo”.

Así de sencillo.

Pero a todo esto, por qué se le llama agua de barranca.

“El significado es porque es parecido al agua que pasa por las barrancas. La espuma, es parecida al agua de barranca; los hielos, son las piedras que van rodando ahí en la barranca. Por eso es el significado de agua de barranca. Cuando yo era niña, los señores grandes decían: ‘Te invito un agua de barranca. Ven, ahí están vendiendo agua de barranca’. Y así”.  

“Ellos quieren el efectivo”

Nuestro viaje de acompañamiento finaliza en un predio de Los Reyes Quiahuixtlán, uno de los cuatro principales altepeme (o señoríos, como les llamamos ahora) de la antigua federación tlaxcalteca que hizo frente a los europeos encabezados por Hernán Cortés en 1519.

            Aquí nos encontramos con otra de las veteranas del tianguis. Se trata de Martha Zempoalteca, una “productora del sistema milpa”, originaria de Tepetitla de Lardizábal.

            A ella nos la hemos encontrado en otros puntos, como Zacatelco y El Carmen Tequexquitla, hasta donde llevó sus tortillas, tlacoyos, gorditas de chicharrón, sopecitos, harinas de maíz azul, moradillo y cacahuacentle, además de harina para pinole.

            Su principal orgullo es la capacidad de producción que ha alcanzado, a pesar de contar con apenas una hectárea para el cultivo de la ancestral milpa, ese esquema que incluye la siembra de maíz, frijol y calabaza, entre otras plantas, como los infaltables quelites, que para muchos solo son malas yerbas, pero que en realidad son productos comestibles y altamente nutritivo.

            Además, se trata de producto agroecológicos, porque no requieren de pesticidas ni plaguicidas, dos de los compuestos que ponen en peligro nuestra salud, por los químicos empleados.

“Estamos aquí en este espacio intercambiando el producto ya transformado en especie y con la diversidad de productos que podamos necesitar en casa”, nos explica.  

            Con Martha planteamos una pregunta que vertebra a toda la economía: ¿en qué se basa para efectuar el intercambio de los productos que lleva al tianguis?

“Esa es una muy buena pregunta y esa debería de comprenderla la sociedad, porque muchas veces, socialmente, el consumidor o la gente no le da un valor agregado al producto del campo. Trabajar en el campo es un gran esfuerzo, es un gran compromiso para poder tener una tortilla, un tlacoyo o un plato de frijoles.

            “Nosotros le vamos dando un valor. Mucha gente puede decir es muy alto, pero no es alto, porque si comparamos el precio comercial del alimento ya transformado, convencional, industrializado, se puede apreciar.

“Pongamos un ejemplo. ¿Cuánto cuesta una bolsa de Cheetos, de Sabritas, y cuántos gramos trae?, y aparte ¿cuánto cuesta un kilo de maíz? Fíjense nada más, ¿no?

            “Entonces nosotros de ahí practicamos la economía solidaria. Vamos viendo el precio del producto en el mercado en gramos. Por decir, unas tortillas Tía Rosa, cuántos gramos son y cuánto cuestan, además de que traen muchos insumos químicos.

            “Sin embargo, una tortilla de las que nosotros elaboramos no trae ningún insumo químico, salvo la cal viva. Por lo tanto, debe tener un valor más elevado,

porque es más nutrimental.

“Sí es necesario también el efectivo, porque hay que pagar servicios. ¿Como cuáles? Ya sabemos: gas, luz, agua, que es lo básico, y ahí no podemos pagarle a la empresa multinacional o trasnacional con especie. A ellos no les interesan las tortillas ni los tlacoyos. Ellos quieren el efectivo.

“Además, si vamos a la historia, desde los tiempos prehispánicos, desde los tiempos desde antes de la Colonia, esto ya se venía trabajando y la sociedad subsistía y resistía”, finaliza Martha Zempoalteca.

            En tanto, Yareli Ballesteros, quien vive en la unidad habitacional Tlapancalco y coincidió con Martha en Los Reyes Quiahuixtlán, acepta que a veces es un poco difícil el proceso de asignar un valor a sus productos, “porque en muchas ocasiones sigue este pensamiento del dinero”.

Yareli lleva al trueque pan artesanal e incluye otro de los aspectos que incluyen los economistas en sus cálculos: el tiempo invertido.

“También podemos tomar en cuenta el tiempo utilizado. A mí, un pan artesanal me toma un día completo para realizarlo o para elaborarlo con cuidado. Tomo en cuenta que puede valer uno o dos de algunos o de ciertos productos; con base en eso, ya si la persona no está de acuerdo, se puede negar al trueque”, concluye.

Ventajas de una antigua práctica

Llegados a este punto, vale la pena preguntarse cuáles ventajas ven en el trueque las y los participantes del tianguis.

            Para María de los Ángeles Rugerio el asunto es muy claro: la gente que tiene limones en su casa cayéndose y pudriéndose, que hoy venga y lo cambie por un kilo de tortillas, que hoy venga y lo cambie por un aceite, “eso es grande”.

            “Tus limones, tus naranjas, tus chayotes, tu manzanilla, tu yerbabuena, tu epazote, aquí se transforma en el beneficio del alimento. ¿Qué ventajas le veo al trueque? Yo no sé si sea una ventaja, pero yo me voy muy satisfecha”, remata.

            Otro tanto opina Martha Zempoalteca, quien se ha llevado a casa muchos productos, como las frutas de temporada.

“Muchas de las veces, aunque tengamos la parcela, por las condiciones de la distancia, de suelo, diversos factores, no podemos tener los frutales que quisiéramos. Pero hay compañeros que en sus huertas tienen frutales, que intercambian por los alimentos elaborados con el maíz sembrado por Martha y su familia.

“Aunque somos productores, no podemos hacer todo. Entonces podemos acceder ahí a algunos antojos, por decirlo así”.

            Así es como ha obtenido, además de las frutas, picantes de otras regiones, como el miracielo o los pimientos morrones, entre otros productos, incluida el agua de barranca que truequea doña María Leandra Hilaria.

            A estas ventajas, la “fermentadora” cultural Veneranda Pérez destaca la parte de la convivencia, pues la cercanía con el productor que hace cosas, “que es algo directamente de su trabajo y no de una empresa que desconoces de dónde provienen esos productos, e incluso el daño que puede estar haciendo al medio ambiente, cuando son grandes producciones masivas”.

            En tanto, Zaida Vázquez pide que vayamos sensibilizándonos como seres humanos, que “vayamos aprendiendo que no todo en la vida es dinero, que podemos abastecer, tanto de necesidades básicas, alimenticias, de nuestra persona, de nuestra limpieza, cosas para la casa, sin necesidad de poner el dinero de por medio. Esta es una tradición fantástica para mí, muy muy buena”, apunta.

            Para Yareli Ballesteros se trata de una salida más creativa, que permite “volver a esta parte de nuestras raíces, donde no se utilizaba tanto el dinero, sino el cambiar un producto por otro y obtener el mismo resultado: con el dinero que me darían una persona, compraría un producto que bien me lo puede dar también”.

Esas mismas ventajas las advierte Luz Mariana Espinoza Escobar, originaria de San Sebastián Atlahapa, quien durante dos años ha participado en el tianguis ofreciendo mermelada de guayaba, “totalmente casera”, porque no tiene conservadores ni colorante artificiales.

—¿Por qué te animaste a participar en el tianguis de trueque?

—Porque hay bastantes cosas. Hay ambiente y esto ya se está esparciendo. Pues la verdad hay que juntarnos más, ponerlo más en práctica, para que nos hagamos más virales y todo eso.

—¿Qué has obtenido a cambio de sus mermeladas?

—He obtenido comida, la verdad es lo que más hay para cambiar, comida por comida, artículos de materiales por artículos materiales.

            “Aquí no hay dinero, y eso es lo mejor. De lo que se trata es de recolectar más, llevar más a cabo esto. Me gusta más así, el trueque sin dinero.

Yassir Zárate Méndez
Fotografía: Federico Ríos Macías
Melisa Ortega Pérez

Comparte este artículo

Share on facebook
Share on twitter
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on linkedin