Un paseo (en letras) por la CDMX (con bonus track)

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Hace casi 500 años, la ciudad más importante construida arriba de la línea ecuatorial cayó en manos de sus acérrimos enemigos: los tlaxcaltecas, que encabezaban una federación de pueblos que tenían cuentas pendientes con la metrópoli mexica.

El catalizador representado por los aventureros españoles capitaneados por Hernán Cortés casi puede considerarse accesorio. Fueron un engranaje más, aunque a la postre acabaron por encaramarse en la punta de la cadena trófica construida en los 300 años de la Colonia.

La alianza les vino bien a los tlaxcaltecas, aunque a la larga acabaron perdiendo buena parte de los privilegios que habían pactado con Cortés. Hacia finales del siglo XVIII, Tlaxcala vivía más una ficción política que una realidad social. Estaban a un paso de ser súbditos de pleno, y no los añejos conquistadores-colonizadores que se carteaban con el rey de España, al que llamaban primo.

Con la libreta en la mano, recorremos esa ciudad, monstruosa y magnética.

La CdMx

Sentada sobre un lago muerto, y asediada por una muralla de cerros deslavados, la Ciudad de México se reinventa día a día. Entre el ruido y la furia, sus habitantes libran una diaria lucha por la supervivencia, o simplemente se dejan llevar por el río de los acontecimientos cotidianos.

En este amoroso combate por el espacio nuestro de cada día, por supuesto no es lo mismo nacer y vivir en Tepito que en Las Lomas. O en Santa Fe. O en Tlalpan, Iztapalapa, Azcapotzalco o el Centro Histórico. La Ciudad de México es un mural de vivires y de morires. Según el rumbo, se nace, se crece y se muere. Se ríe y se llora de distinta forma. Y hasta se sueña o se desilusiona de una manera particular, forjada a lo largo de los años.

Estas líneas tomarán de la mano varios sitios, y con ellos diferentes modos de hacerle frente a la vida en la ciudad más grande del mundo.

El ombligo de la Luna

Todas las rutas de combis llevan al centro de la City. También el metro. Y los microbuses. Y los taxis. Según varios historiadores, la palabra México podría significar “En el ombligo de la Luna”. Nada soberbios aquellos mexicas, vencidos hace quinientos años por las armas de los señores de Tlx, con una pequeña ayuda de los barbudos que escupió el mar.

Ahora la ciudad indígena duerme el sueño de la historia.

Oculta.
Subducida.
Enterrada.
Es una urbe de fantasmas subterráneos. De dioses ahogados en el lodo de un absurdo lago sobre el que se ha asentado la ciudad más grande del mundo, bajo un cielo azulgrís enfermizo.

El centro de la Ciudad de México es como un inmenso corazón con arterioesclerosis, pero en proceso de rehabilitación. Ahora ya (casi) no tiene ambulantes como antaño, aunque de vez en vez uno que otro torero se arriesga a poner su tapetito y ofrecer basura Made in China. Pero son los menos. Aunque a veces vuelven por oleadas, con su mantra del “lleve, lleve, lleve”. Lo que ustedes quieran: de USB ́s que solo son la pura carcasa, a perfumes piratas en versión original; de programas informáticos a pornografía hard. ¿Qué va a llevar, werito?

Lo que no se va es el tráfico. Ni los manifestantes. En el país de las marchas, la Plaza de la Constitución, el Zócalo, el Centro, es el imán que atrae a millones de manifestantes año con año… con bendición de la 4T.

Gritos inútiles porque están destinados a oídos tercos. La inmensa cantera que es el Palacio Nacional es un símbolo muerto.

El Centro es un compendio de historia de México escrito en letras de piedra. A donde se mire hay algo que contar. Desde las ruinas del anciano imperio mexica, con su Templo Mayor, siempre sediento de sangre y ahora convertido en basurero de la historia, pasando por la Catedral Metropolitana que año con año se hunde y se fractura por culpa del lago muerto sobre la que se edificó esta parte de la ciudad.

O qué tal la inmensa plancha del Zócalo, el patio de vecindad más grande del mundo, por aquello de los manifestantes que instalan sus carpas para vivir: de lopezobradoristas robados en 2006, a profesores que quieren seguir cobrando mucho y trabajar muy poco (o mejor aún: no trabajar y solo cobrar), así hasta el catálogo más variopinto de abajo firmantes plantados.

Pero también es escenario para pistas de patinaje, sede alterna de la Capilla Sixtina (Oh, Dios, exclamaría el punk de Michelangelo Buonarroti, A. K. A. Miguel el Ángel, según la versión de Beto Vélez en Los Simpson)

Y lomismo ocurre si uno se echa a andar por un puñado de calles. Madero (antes Plateros, donde se concentraban y lo siguen haciendo las joyerías de la ciudad); 20 de Noviembre, 5 de febrero, 16 de septiembre, 5 de mayo (el calendario de historia patria convertido en avenidas); Pino Suárez, Gante, Filomeno Mata (ilustres desconocidos de nuestra historia o de las ajenas), así hasta llegar al Eje Central Lázaro Cárdenas, que atraviesa la ciudad por la cintura, y sobre cuyos costados lo mismo se encuentra el Palacio de Bellas Artes, que cines porno, mariachis que quieren bailar, futuristas y versátiles con el tololoche, o vecindades olvidadas de la mano de Dios. Y donde se respira un canceroso aire gris.

¿Por dónde sale el sol?

Lunes 7.13 de la mañana. Horario de verano. El sol asoma su nariz roja de borracho trasnochado. Viene de darse un chapuzón en el mar, allá por Veracruz. Y de una caminata montañista por los volcanes, a los que dora la cresta sin nieve. Azul y oro son las montañas que rodean a la City. Y amarilla ictérica es la mañana del oriente ex defeño, ahora capitalino a secas.

Todas las mañanas, el sol entra por Iztapalapa. Y con él cientos de miles de autos que reptan sobre Avenida Zaragoza. Una larga y tortuguesca fila de camiones, autobuses, combis, autos de desecho, que vienen de regalo en las bolsas de papas fritas a que no puedes comer sólo una, y otros de agencia, que se cotizan en dólares, o en euros. Pero los lunes son particulares. Son en dia bladamente lentos.

Los lunes en Avenida Zaragoza reinventan el tiempo y el espacio. Lo reducen a la desesperación de la nada. A la permanencia que se mueve. A la lentitud que lleva a algún lado. En la ciudad más grande del mundo, el promedio de velocidad es de 20 kilómetros por hora… o menos, si tienes la bendita suerte de quedar atrapado en una marcha. Entonces sabrás lo que es el tiempo. (Es como si viviéramos en 1920 y no en los confines del futuro que no se anima a llegar. Ese futuro que siempre le da la vuelta a México.)

Entonces es posible admirar el rumbo. El Salado y su tianguis de objetos robados. O Guelatao y la monstruosa cabeza de Juárez (el más mesoamericano de los sueños húmedos de Salvador Dalí). Y a la mitad de la avenida, como una herida metálica, la línea A del metro se precipita de ida y vuelta. De Pantitlán a La Paz (ya en Edomex) y de regreso.

Y sobre los muros del metro, hace muchos años, revoloteaban los ajolotes pintados por el colectivo Arte Neza Nel. Unos inmensos y monstruosos anfibios. Y con ellos una galería de dioses prehispánicos, atrapados en el grito moribundo del olvido. Algunos huyeron del centro, donde hace siglos tenían su casa de piedra, ahora enterrada bajo toneladas de cantera, pavimento y cemento.

Y luego está Pantitlán, el lugar de las banderas, donde convergen cuatro líneas del metro. Y donde todos nos amontonamos en los andenes en los pasillos en los vagones para intentar llegar a algún lado pero tengan cuidado porque aquí te roban la cartera te meten mano casi te dejan embarazado.

Ah, Pantitlán un día entre semana: ¿quién dice que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio? Reto a cualquier científico a que entre a la estación Pantitlán en hora pico. Y entonces sabrá lo que es la física experimental a la mexicana.

¿A qué huele Xochimilco?

Xochimilco huele a mar extraviado tierra adentro. Huele a agua paralítica. Huele a flores también. Y a tiempo. Junto con un tramo de Tláhuac es todo lo que queda del pasado líquido de la ciudad. También es una contradicción, porque es un pedazo de campo enjaulado en la urbe. Más allá de cualquier lugar común o de estereotipos, Xochimilco es el pasado que habla todos los días en náhuatl, que se resiste a morir a pesar del lazo de acero y concreto que le aprieta el cuello.

Porque realmente no importan las trajineras con sus tríos o mariachis killers, o las mujeres que venden antojitos, más por inercia que por necesidad. Lo que importa es el rumbo, el testimonio silencioso de una naturaleza que se niega a entrar en estado de coma. Que resiste, que aguanta con el agua hasta las rodillas, verde y casi vacía de ajolotes, esos bichos que no saben lo que son, que tienen problemas de identidad: ¿anfibio o reptil? He ahí el dilema. Un dilema que se extiende a buena parte de la inexacta mexicanidad.

Norte industrial

Por alguna razón, las fábricas se instalan en el norte. En su momento, el norte de los Estados Unidos se llenó de fábricas de todo tipo. Por eso ganaron la Guerra de Secesión a los sureños esclavistas. Claro, ahora muchas empresas se instalan en todo el país, particularmente en el sur. Pero atención: empresas, no fábricas, que no es lo mismo, aunque suenen parecido, ¿verdad, señora Academy? Silicon Valley es un buen ejemplo californiano. Demasiadas buenas ideas, muy pocas manufactureras. Para eso está la obra de mano casi esclava de China.

Pero hubo un tiempo en que el norte acaparaba el poder industrial del país. Otro tanto ocurre en más países. Manchester y Leeds en Gran Bretaña; Lombardía en Italia; Euzkadi y Catalunya en eso llamado España; L’Ile de France, en Francia. Y así por el estilo. Aunque para eso China se pinta sola, insisto, al igual que el sureste asiático.

La tendencia norteña-industrial también se repite en México. Monterrey acapara las industrias pesadas de México, aunque ha habido varios intentos por contaminar al resto del país. Alrededor de la Sultana (oh, dios de los lugares comunes, perdón, perdón) hay un rosario de ciudades que aspiran a ser colonias industriales: Saltillo, Torreón. El Norte empuja. Y el Sur resiste. Hace demasiado calor allá abajo, caramba.

En la CdMx se repite el fenómeno. Azcapotzalco, en el norte del Valle, concentra a las fábricas más grandes… y contaminantes. Vivir por el rumbo es una forma lenta de suicidio en tonos oscuros. Una muerte negra en los pulmones, como si las chimeneas de las fábricas fueran inmensos cigarrillos que escupen humo negro. Industrial Vallejo: en el nombre lleva la vocación.

Con todo, las naves industriales se amontonan en inmensas cuadras, que se alargan, se suceden unas tras otras. Hace tiempo aquí estuvo una de las refinerías del país. Y dejó todo sucio. Ahora hay papeleras, cableras, yeseras, ceramistas y demás. Lo que sea con tal de salir del subdesarrollo y volvernos un país rico y poderoso. Ja.

Por donde se esconde el sol

Dios existe y todas las mañanas desayuna en el Konditori del centro comercial Santa Fe. Paga con su American Express Black, para no extrañar el Cielo. Luego se toma un café descafeinado en el Starbucks (que ahora es de los seminoles de Florida. Pero a Dios le gustan las paradojas). Quién sabe cuánto le guste el resto de la City a le bon Dieu, pero el Poniente, por donde se pone el sol naranja, seguro sí. Porque en serio que le gustan las paradojas.

Hace años Santa Fe era un muladar, un tiradero al aire libre, donde los pepenadores se arrebataban las sobras de los demás habitantes de la City. Y ahora los yupitecas se arrebatan los mejores pisos en condos que se cotizan en dólares. O en euros (de nuevo la imagen que nos persigue: pobres pesos pobres).

Santa Fe es la síntesis del país: la opulencia rodeada de miseria. Un pasado que viene de la basura, que se lava la cara, se perfuma las axilas y sale a gastar con la tarjeta de crédito sin límite.

Materia gris errante: los condichi

Toda metrópoli se precia de tener su barrio de intelectuales y/o artistos (sic). Greenwinch Village, de Nueva York; Camden o el Soho, en Londres; Montparnasse, de París; Palermo o Corrientes, en Buenos Aires o el barrio de Brasil, de Santiago, son algunas de las zonas con mayores concentraciones de materia gris en aquellas ciudades.

En el ex defectuoso no podía faltar un lugar así. Los cafetines de intelectuales del siglo XIX y la primera mitad del XX se ubicaron en el centro histórico (no olvidar que en el XIX la ciudad terminaba en La Alameda) y que en el XX aún había una hacienda en Polanco. Casi sin saber, y quizás buscando un clima más benigno o huyendo del caos que comenzaba a gestarse en la zona, la intelectualidad migró a Coyoacán. Ahí se mantuvo hasta la década de los noventa, cuando dio media vuelta y volvió a un sitio más cercano al Centro: la colonia Condesa.

Hija de un viejo hipódromo porfiriano (como lo atestigua la avenida Ámsterdam), la Condesa se debate entre la tradición y la especulación. Con más de un siglo de existencia (en 2001 celebró su primer centenario), ha ido sufriendo un paulatino cambio en su fisonomía. La proliferación de lofts le da un sello moderno, pero su vieja memoria arquitectónica se niega a borrarse.

A esto hay que agregar el aire cultural que se alcanza a respirar. Jalonado por diferentes gestos, como la instalación del Centro Cultural Bella Época, que en su momento albergó al cine del mismo nombre.

En contra tiene la proliferación de cafés y restaurantes, que al grito de “la banqueta es de quien se la apaña”, le imprimen un horrible sello callejero (si las Escherichia coli fueran fosforescentes, la Ciudad de México siempre estaría iluminada. Y la verdad no dan muchas ganas de comer al aire libre en una ciudad donde el fecalismo es una forma de hacer política).

Fuera de órbita: Ciudad Satélite

¿A quién pertenece Ciudad Satélite? Nominalmente es del Estado (de México), aunque la Ciudad (de México) le modula el sentido, gracias a Cuatro Caminos. La eterna encrucijada. Sus torres son algo más que un icono de la zona metropolitana. Sirven como limes, frontera entre un continuo urbano que se diferencia sólo por el nombre, pero que a final de cuentas habla de lo mismo.

Barragán sabía lo que hacía, al proponer esas inmensas construcciones sin ninguna utilidad. Son arte puro, sin aplicación práctica, todo lo contrario a lo que buscaba ser Ciudad Satélite: una especie de desfogue demográfico del Distrito Federal.

Creada en tiempos del presidente mexicano que fue clonado de una uña de Walt Disney (estoy hablando de Miguel Alemán), Satélite encarna el fracaso de suburbia, es decir, de las poblaciones aledañas a la City que se proyectaron como ciudades dormitorio, y que servirían para aliviar la presión poblacional que ya empezaba a padecer el D.F. a mediados de los cincuenta.

Un buen día, el Valle de México despertó rodeado por un cinturón conurbado, una inmensa zona metropolitana que lo asfixiaba lentamente, como una boa constrictor urbana; que cada mañana vomita millones de automóviles, peseros, microbuses y camiones (mismos que regresan a casa por ahí de las ocho o nueve de la mañana, provocando inmensos atascos viales: ver segunda estampa).

Satélite no resolvió nada, porque si bien fue una buena acción, a final de cuentas quedó entrampada por la corrupción y la voracidad de autoridades y contratistas. Lo que aspiraba a ser un modelo urbano, acabó en una pesadilla metropolitana. Pero al menos nos dio a Café Tacvba.

Bonus track: Qué verde era mi valle: los días de Tlalpan

Hace mucho tiempo (más de 150 años) Tlalpan era una ciudad aparte, ajena a la de México. Empezó siendo villa, pasó a pueblo y luego se convirtió en ciudad. Sin embargo, la de México la aprisionó con sutiles cadenas de asfalto, acero y cemento. Pero Tlalpan no perdió su candor pueblerino.

No es el extremo de Tláhuac, Xochimilco o Milpa Alta, zonas eminentemente rurales dentro del Distrito Federal, incluso con fuertes núcleos indígenas (son los últimos lugares donde se puede oír hablar en náhuatl a los chilangos, su lengua original). No: Tlalpan es un sueño provinciano dentro de la ciudad de México, un pedazo perdido de la provincia mexicana. Sus calles anoréxicas conservan largos tramos empedrados. Como en Guanajuato o en San Pablo Apetatitlán.

Son auténticas callejuelas, como la de Calvario, que se desprende de Avenida Insurgentes y de repente cambia de piel: pasa del asfalto a la piedra. Es como un salto en el tiempo, como si de pronto el Honda Civic se transformara en una carroza del siglo XVII.

El centro histórico tiene un aire parecido al de Coyoacán, pero no tan pretencioso. Insisto: es como una muchacha provinciana perdida en la gran urbe. Aún no llegan tantos Starfucks, ni Burguer King, para darle una falsa apariencia de globalización.

Es cierto, ahí tienen el Estadio Azteca y su pesadilla de acero y concreto. También está Kidzania, que te lleva a los días perdidos de una hermosa niña que se ha extraviado en la memoria de este cronista. También está su zona de hospitales, donde el dolor es crónico, y te atormenta con sus tenazas de cangrejo.

Pero aun así, a pesar de todo eso, es posible tomarse un café de comercio justo o escuchar a una buena banda de jazz, o comer en los restaurantes de su propio centro histórico, mientras alguien muere de cáncer a unas cuadras; incluso se puede caminar por sus calles sin andar volteando para ver quién te sigue. Aún es posible vivir ahí, en el callejón de Agua Escondida. Tlalpan es un sueño que va a tardar en terminarse.

Yassir Zárate Méndez

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