UN TLAXCALTECA EN LA CUMBRE DEL EVEREST

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Publicada Enero 2008 Edición 2

  • Batió el record mexicano de ascenso.
  • Al asombro de ver la curvatura de la Tierra, le siguió el de poder contarlo.

Cuando era niño, Benjamín Salazar Cortés se preguntaba qué habría entre las montañas y el cielo. A partir de los cuatro años de edad, cuando su padre lo llevó a subir a Paso de Cortés en el Iztaccíhuatl, la pregunta que se hacía empezó a tener respuesta insospechada: “Mi padre me transmitió la pasión, como si tratara de decirme que allá arriba hay todo un universo que existe y que es decisión de uno mismo si lo quiere conocer y hacer suyo”.

 De esa experiencia indeleble que lo hacía ver el mundo por unos instantes como si fuera un águila, Benjamín empezó a forjar en su espíritu la idea de ascender a las montañas más altas. Incluso, en alguna ocasión le dijo a una de sus maestras de primaria que subiría al Everest. Sus palabras no fueron meras ensoñaciones infantiles, porque el 19 de mayo de 2007, en la cumbre del misterioso y bello asesino, las huellas de las botas de Benjamín registraron para la historia del alpinismo mundial su nombre como el primer tlaxcalteca que alcanzó la meta y como el vigésimo quinto mexicano que lo lograba.

A la hazaña de haber alcanzado la cima del gigante de 8848 metros de altitud, Benjamín sumó la de superar el récord nacional, pues del campo 4 –última base antes de la cumbre– hasta la parte más alta ascendió en 6 horas con 20 minutos. Hugo Rodríguez, poseedor del record mexicano, había hecho 16 horas.

Benjamín recibió un simple reconocimiento por su proeza de parte de las autoridades de Tlaxcala y no el Premio Estatal del Deporte 2007 que en estricta justicia le correspondía, porque es de los pocos seres humanos que sabe que “la montaña tiene muchos demonios escondidos, ¡es de miedo!, pero también tiene muchas metas y una de ellas es regresar vivo a casa”. Para él, vencer a la montaña y volver a acariciar a su hija Emma Frida Sofía, que siempre le da un gato Silvestre de peluche para que le traiga buena suerte en los escalamientos, es el mejor premio.

SORPRESAS TE DA LA VIDA

Mientras Benjamín Salazar buscaba un estacionamiento en la colonia Roma de la Ciudad de México, conoció circunstancialmente el Club Alpino Mexicano. El curso de alpinismo era de seis meses y había que invertir en el equipamiento. Como el señor José Manuel Aguayo vio el entusiasmo de Benjamín, le ofreció gratuitamente el curso y éste lo inició, aunque con la incertidumbre de cómo iba a pagarse el equipo y los viajes.

El destino de Benjamín fue la respuesta. En esos días le ofrecieron empleo en Scotiabank en un horario de 10 de la noche a cuatro o cinco de la madrugada. A pesar del cansancio que esto suponía, Benjamín continuó el entrenamiento. Su instructor lo invitó después de un año de práctica al Aconcagua y Benjamín prosiguió ascendiendo hasta conquistar la cumbre del Everest.

Benjamín dice que el próximo reto es el K2. Década ocho hombres que lo han escalado, seis han muerto y de las seis mujeres que lo escalaron sólo una sobrevivió. Él lo sabe, pero en su mente ya están surgiendo los planes; piensa en un próximo cumpleaños en el que seguramente los extranjeros que lo encuentren le volverán a preguntar –como ya lo hicieron– qué hace un habitante de un país de cactus y playas en las milenarias nieves de las montañas más altas del mundo.

EL LARGO Y SINUOSO CAMINO

Originario de Calpulalpan, Tlaxcala, a sus 31 años de edad, Benjamín dice que su contacto con la montaña fue parte de su vida desde niño. Recuerda que en la casa paterna diariamente se podía observar el Iztaccíhuatl, el Popocatépetl, la Malinche y el Pico de Orizaba. Su interés creció cuando por las noticias supo que había montañas más altas y mexicanos capaces de alcanzarlas, como Héctor Ponce, Ricardo Torres Nava, Adrián Benítez y por supuesto Carlos Carsolio.

Al ingresar a los catorce años al seminario de los franciscanos en Cholula, Puebla, la vista diaria de los volcanes del altiplano continuaba alentando su pasión por el alpinismo. Aunque residió en El Paso, Texas, en Toluca y en el Distrito Federal, nunca dejó de soñar con las montañas.

Cuando residía en Toluca, conoció al exciclista profesional Enrique Vázquez, con quien ascendió al Nevado de Toluca, y después lo intentaría fallidamente al Pico de Orizaba, quedándose a sólo 200 metros de la cumbre, pues su voluntad no logró suplir su falta de experiencia.

El conocimiento y la preparación que recibe en el Club Alpino de México, lo habilitan paulatinamente para enfrentar los retos de la montaña. Por supuesto, alcanza el éxito

en el Pico de Orizaba y después de un año de capacitación y en compañía de miembros de dicho club, hace su primera expedición internacional y conquista en Argentina el Aconcagua.

Empleado de Scotiabank desde los días que practicaba en el Club Alpino de México, Benjamín se hace amigo de Enrique Alfaro y con él realiza, con el patrocinio de dicho banco de una parte del viaje, el ascenso al Khan Tengri, en Kirguizistán, región de la extinta URSS. a su llegada, Benjamín se encuentra con una desagradable noticia: momentos antes murieron 34 personas por una avalancha. Benjamín no pudo alcanzar la cumbre, pero la experiencia fue vital porque entendió la lógica del alpinismo y el lenguaje real de la naturaleza en su relación con el hombre.

Nutrido por esta experiencia, en Scotiabank conoce a Fernando Salvador Estrada quien lo invita a una expedición al Kilimanjaro, en Tanzania, y llega hasta la cumbre. A partir de ese momento, en su mente sólo resonaba el nombre de una montaña.

UN NUEVO RETO: EL EVEREST

Benjamín inició pronto la preparación para ascender al Everest. Acompañado de su amigo Fernando Salvador Estrada voló hasta Katmandú, capital de Nepal y desde ahí en avioneta hasta las proximidades de su nuevo reto. Para llegar al campo base del Everest tuvo que caminar cerca de 80 kilómetros. La base está a 5300 metros de altitud y eso supone la necesidad de un proceso de adaptación previo para después escalar cuatro campos y la cumbre de la montaña.

–¿Cuál fue el plan para el ascenso?

–Planeamos subir al campo 1 que está a 6100 metros de altura y dormir ahí. El trayecto es difícil, cruzas unas escaleras que dan miedo, hay avalanchas, los macizos de hielo se mueven todo el tiempo. Al día siguiente alcanzamos la base 2 y nos quedamos casi cinco días preparándonos al igual que otros alpinistas sudafricanos, chinos, ingleses, nepalíes, estadounidenses, franceses, italianos y coreanos. Estos últimos habían enfrentado una avalancha y un italiano falleció en el Lhotse.

Durante su permanencia en la base 2, Benjamín y Fernando realizaron reconocimientos a la pared de hielo del Lhotse, montaña de más de 8 mil metros de altura y obstáculo que hay que superar para llegar a los campos 3 y 4 del Everest.

Cuando ambos se disponen a realizar el escalamiento del Lhotse, Benjamín enferma de diarrea y vómito. Lo trasladan al servicio médico pero no tolera los medicamentos y le aplican dos miligramos de morfina. “Sentí que en esos momentos hice cumbre”, bromea Benjamín y añade que se había solicitado un helicóptero para bajarlo, cuando inexplicablemente despertó al día siguiente totalmente recuperado. Fernando atacará la cumbre un día después que Benjamín.

–¿En qué momento decides atacar la cumbre?

–Inmediatamente subo al campo 3 y llego a una altura de 7 mil metros. Ascendí al campo 4 en tres horas y al filo de las 11 de la mañana lo alcancé. Era la antesala para atacar la cumbre. Ya desde el campo 3 empiezan los retos más grandes, pues el organismo humano no sobrevive en esas condiciones. Ves visiones, tus movimientos se hacen lentos y tienes que utilizar el tanque de oxígeno.

CUMBRES ALCANZADAS POR BENJAMÍN SALAZAR

Aconcagua 6 959 metros

Kilimanjaro 5 895 metros

Pisfi Abai 7 010 metros

Everest 8 848 metros

CUMBRES NO ALCANZADAS

Khan Tengri 7 010 metros

Pico Lenin 7 450 metros

Benjamín inició el ataque final a las nueve de la noche. Rumbo a la cumbre cada movimiento requiere un sobreesfuerzo y no todos lo pueden hacer, ni todos tienen la ventura de salir indemnes. Mientras ascendía acompañado por cuatro alpinistas, se topa con cinco sherpas que descienden a un coreano con edema cerebral. “Yo saqué mi dextametazona con la intención de inyectarlo para salvar su vida, pero Danuro, el nepalí que me acompañó desde el inicio de la expedición me arrebató el medicamento y me dijo, ¡vámonos, ésta es tuya! Ahí dices, qué lógica tiene subir el Everest, si el que salió igual que tú, viene así 24 horas después”.

Como para completar esta visión trágica, Benjamín añade que en el campo 4 hay cadáveres dentro de las tiendas, abandonados por expediciones anteriores, que estarán ahí por siempre y que en su momento recibieron el adiós de los que sí pudieron ascender y sobrevivir a este difícil reto.

–¿Cómo efectuaste el último tramo?

–Ese día había nevado y no había camino trazado. Me adelanté al grupo y empecé a escalar, fun, fun, fun, ¡qué duro era cada paso que daba! En dos horas ya estaba en el balcón, esperé cuarenta minutos para reagruparnos y mientras cambié el tanque de oxígeno.

–¿Qué pasó después?

–Cuando llegué a la cumbre eran las 4:20 de la mañana. Por la oscuridad no vi por dónde andaba, pero en unos momentos empezó a amanecer y de repente vi una explosión en el horizonte, es la salida del sol. Ves la curvatura de la Tierra y la sombra del Everest que se proyecta hacia abajo. La vista en la cima tiene una caída hacia Nepal y el Tibet de 1500 metros.

–¿Qué pensaste en esos momentos?

–En el ascenso se me congeló la córnea derecha porque el viento pegaba muy fuerte. Una vez parado en el techo del mundo, se juntan muchas cosas, toda tu vida y lo que vas a hacer. Es difícil expresarlo, hay que vivirlo, lo que sí puedo decir es que lloras. A cincuenta metros de la cumbre te empiezan a temblar los labios y me dije ¡no, espérate!, no llores, me aguanto hasta que esté parado en la cumbre. No pude, empecé a llorar y eso es un error que había cometido en el Aconcagua, porque se te congelan las lágrimas y después es difícil abrir los ojos. Sin embargo, todo salió bien.

Para subir el Everest, Benjamín empleó un mes y diez días, pero desde que salió de México y retornó fueron dos meses y medio. El costo de la expedición no lo quiso revelar pero indicó que el permiso del gobierno de Nepal para ascender al Everest, es de 50 mil dólares. Al bajar de la montaña, Benjamín había perdido 15 kilos de peso y todavía se encuentra en recuperación física.

Al cumplir 31 años de edad, el pasado 23 de abril, en el sitio que daría fe de su hazaña, Benjamín todavía sin sospechar su éxito, se decía a sí mismo algo que refleja su personalidad: “El primer impedimento eres tú y si no estás convencido de lo que quieres, nunca va a venir nada”.

José Carlos Avendaño Flores
Fotos: Benjamín Salazar

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