Violencia y maldad: la condición humana de los personajes en el libro “Uno es lo que come” del autor. Juan Antonio Flores Paredes (Premio Estatal de Cuento Beatriz Espejo, 2020).

La trata de personas debe ser vista desde la victimización y el combate

Los personajes femeninos tienen un rol protagónico en la cuentística del escritor Juan Antonio Flores Paredes. En el libro “Uno es lo que come” este autor nos trae historias fusionadas por la muerte, los cuerpos, la violencia y el olvido. La trata de personas es un fenómeno entendido como condición humana innata, grabada en la información genética de los personajes que no pueden desapegarse a esa práctica. De una generación a otra se transmite el mismo patrón como una especie de tradición consuetudinaria indestructible.

Citando al autor, criminólogo de formación, considera que:

…la trata de personas debe ser vista desde la victi­mización y el combate, en estos dos polos por separado debe abordarse. Considero que si se continúa tratando de forma independiente es muy difícil lograr un cambio positivo que en algún momento marque la diferencia. Es pertinente encontrar en las interioridades lo que pueda generar un canje exterior en este tipo de conducta. Ob­viamente en esas búsquedas que son de generaciones, si ahorita no se empieza a trabajar, pasados cincuenta años va a continuar agravándose el camino a soluciones. De no actuar oportunamente habría que buscar cambios en toda una generación o quizás dos, para que logremos ver algo diferente, de lo contrario pasa a ser un tema mucho más complejo de lo que es ya a estas fechas.

Por ende, la violencia y la maldad son ele­mentos que salen a relucir en cada relato. Las historias nos adentran en un universo que pare­ciera surrealista, sin embargo, nada más alejado de una realidad común que aflora y se extiende.

“Uno es lo que come” narra siete cuentos donde sus personajes son marcados por experiencias negativas que sellaron una infancia traumática. Eva Piscil, Evarista Rojas, Elioba, Julia y Benita, las protagonistas de estos relatos transcurren cada una en su ficción como víctimas. Queda a juicio de los lectores el ejercicio de criterios en torno a los sucesos descritos en el texto.

Juan Antonio Flores Paredes, oriundo de Ciudad de México, reside hace más de tres dé­cadas en Papalotla, al sur del estado Tlaxcala. De profesión Seguridad Pública, devino en las letras inspirado en la narrativa de H. P. Lovecraft1. Escribe desde los dieciocho años, se ha formado en talleres literarios de los narradores Beatriz Meyer, Oscar de la Borbolla, Gabriela Conde, Jaime Mesa e Isaí Moreno.

Tarde soleada y calurosa en una terraza del corazón de la ciudad de Tlaxcala cuando entrevistamos a Juan Antonio, él pide una cer­veza para mitigar la sed e iniciamos la charla que resulta muy amena. No hay inconveniente para contestar las preguntas formuladas sobre la reciente publicación de su primer libro, su formación narrativa y de vida.

–Háblenos de su origen y su familia

—Nací en Ciudad de México. Mi padre es natural de Tlaxcala de Tenancingo; tenía diez años cuando nos venimos a radicar a Papalotla. Terminé la primaria y secundaria en ese lugar, la preparatoria la hice en el Centro de Bachi­llerato Tecnológico Industrial y de Servicios No.3, CBTIS por sus siglas. Regreso posteriormente a la Ciudad de México para estudiar diseño gráfico en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Soy el hijo mayor y tengo una hermana.

—¿Cómo fueron sus hábitos de lectura en la temprana edad, te­nía algún escritor predilecto, sus docentes influyeron en algún tipo de lectura que le motivara?

—Es paradójico porque en la secun­daria no leía, no fui de las personas que les gustara leer a esa edad. Incluso esas lecturas que se deben hacer por obligación en la escuela me parecían difíciles. Luego comencé a escuchar música de metal, me atrapó y para entender las letras de las canciones tuve que acudir a algunos autores como Lovecraft. Principalmente utilizaban mucho sus imágenes, relatos e ideas y eso me empezó a llamar la atención. Comencé a buscar qué intentaban decir aquellas letras de la música metal y en la lectura de sus libros me percaté que había otras historias que en la escuela no se enseñaban. Descubro que estos relatos son también literatura.

La maldad es una condición genética que se transmite de forma generacional según la visión del autor.

—¿Desde cuándo escribes?

—Escribo historias desde los diecio­cho años, con el tiempo comienza a crecer un poco más mi interés y me inscribo en la Ciudad de México al taller de narrativa de la escritora Beatriz Meyer. En Puebla, en la Secretaría de Cultura, por azares del destino coincido con los escri­tores Isaí Moreno y Jaime Meza, a partir de ese momento comienzo a llevar mis textos que quedaban revisados y comentados. Después de un tiempo, al volver a escribir tras haber abandonado por un periodo mi trabajo creativo, Beatriz Meyer en su taller me dijo: esa forma que tienes de narrar mucha gente se pasaba la vida intentando encontrarla y en cambio tú ya la tienes natural, hay que pulir, hay que trabajar porque esto es disciplina y trabajar.

—¿Cuál es tu formación profesional y cómo llegas a trabajar en la policía de investigación en Tlaxcala?

—Me inscribí en la carrera de Diseño Gráfico en la UNAM, estuve dos se­mestres y la abandoné. En esa época necesitaba estabilidad económica e ingreso a trabajar en la Procuraduría del Estado, como policía judicial y con ese pretexto de que necesitaba estabilidad económica me quedé a laborar por veinte años. Pasé luego a la policía ministerial acreditable y finalmente a la de investigación. Durante ese proceso estudié la Li­cenciatura en Seguridad Pública. Actualmente curso el cuarto semestre de la Licenciatura en Filosofía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

—¿Cómo su trabajo de policía de investigación influye en su decisión de escribir?

—La labor de investigación es meticu­losa y fría. Te percatas que la vida es tan frágil, que es un paso al abismo, así de tremendo es ese trabajo. Ves cosas violentas que te ponen al límite, sobre todo el estrecho margen que existe entre la vida y la muerte es lo que más me hizo reflexionar durante esos años. Percatarme que en un instante breve la naturaleza de las cosas puede cambiar por completo me llevó a la decisión de escribir. He comenzado a narrar porque en este momento todavía tengo interés, energía, fuerza y me siento motivado. La realidad es que no se puede saber a ciencia cierta cuánto tiempo de vida nos asiste, qui­zás años o un día, deseo aprovechar el que disponga para hacer mi literatura.

—¿Vivir de cerca el peligro y encontrar otras posibilidades en la escritura le hizo renunciar a su trabajo como policía de investigación?

—Todavía no lo he valorado muy bien, tal vez ese entramado de rea­lidades difíciles me hizo renunciar a la policía de investigación y optar por una formación erudita. Renuncié en el año 2019 y un año más tarde comienzo a trabajar en mi libro de cuentos. Ya llevaba dos años creando y corrigiendo mis historias. Para el año 2021 me inscribo a la Licenciatura de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.

—¿Considera que los hechos que le involucraron como policía investi­gador influyeron en su narrativa?

—Hay elementos sin duda, cuando empecé a idear las historias, varias guardaban relación con esa etapa de mi vida. En ese proceso de decidir cuál contar, pensé en lo que quería comunicar y cómo lo iba a hacer to­mando de referencia algunos hechos. El narrador Jaime Meza expresó: las historias no son autobiográficas, no es auto ficción, sin embargo, siempre son tu posición ante el mundo. Es imposible alejarse totalmente de la realidad. Escogí una línea común de historias que se caracterizaban por haber marcado a los personajes en su ni­ñez, en algún punto de su pasado para nunca abandonarlos. Sucesos que aparentemente se quedaron en el olvido, resurgen por algo que los detona y golpea por sorpresa.

—¿Considera que nuestra infancia tiene una repercusión en muestra vida adulta?

—Sí, definitivamente, incluso las teorías criminológicas también lo exponen de esa forma. Esas marcas que alguna vez tuvimos en la infancia son cicatrices que no pueden borrarse. Una experiencia violenta, que es de lo más cruel que pueda vivir un in­fante, no va a desaparecer fácilmente y lo más posible es que pasado los años pueda regresar. Elegí ese tipo de historias que golpean al lector por la connotación de una etapa de la vida en otra más consciente, convocándolo a reflexionar.

—¿Un escritor nace o se hace?

—Considero que se hace, otra vez recordando las palabras de Beatriz Meyer que me dijo: narrar historias se te da muy natural. En algún mo­mento puedes decir: yo soy bueno para esto; si bien hay una sensibi­lidad para narrar al mismo tiempo la escritura es contenido y forma, por ende, a ese talento le amerita una formación.

—¿Los talleres literarios le han formado como escritor o le han hecho encajar en un estilo?

—He ido a los talleres en la Ciudad de México con la escritora Beatriz Meyer y Oscar de la Borbolla; en Tlaxcala con Gabriela Conde y, en Puebla, con Jaime Mesa. Mi formación como escritor ha sido en los talleres. Resulta que a veces vas a un taller y si el tallerista trabaja la fantasía, parece que todo lo que valía en algún momento es ese género y de alguna otra forma dejó de valer. Si eres de tipo costumbrista, por ejemplo, y tu estilo no le agrada al tallerista puede suceder que te inste a que traslades la historia o quiera convencerte de alguna forma a cambiar de estilo. Considero que debes de tomar los elementos que a ti te funcionan. Si estás empezando podría influenciar lo que tu tallerista está diciendo y te quedas ahí; sin embargo, debes decidir por ti mismo hacia donde quieres llevar tu narrativa.

—¿Cómo te das cuenta que lo tuyo es la narrativa y no la poesía?

—Quizás para mí la poesía es muy difícil, muy compleja, están prác­ticamente llena de recursos litera­rios que requieren todavía de más sensibilidad en el proceso creativo para poder comunicar. Encontrar los términos, las palabras, las formas, las estructura que tiene la poesía es complejo, sinceramente me veo más lejano de eso. Y en la narrativa, en la prosa, siento que puedo expresar con más claridad lo que quiero.

—¿Se considera muy descriptivo a la hora de narrar?

—Trato de serlo, me gusta que haya movimiento en mis personajes, que se note la acción.

—¿Cómo construye su libro de cuentos “Uno es lo que come”?

—Consiste en siete relatos, tienen esa línea común que he venido co­mentando, los personajes en algún momento de su infancia les sucedió algo que los marcó para siempre. Las historias encaminadas sobre ese fundamento tienen un punto donde aparece lo insólito y otro en que el lector puede encontrar lo posible dentro de esa ficción, lo que pudo haber sucedido en el plano de la realidad.

—La violencia y la trata de personas en un tema que de alguna u otra ma­nera refleja en sus cuentos, cuál es su intención respecto a esta temática.

—Este libro no aborda de manera directa el fenómeno de la trata de personas, si hay momentos, lugares y circunstancias que enfrentan los personajes que se relaciona con esa realidad. Solo hago algunas menciones tal cual suceden, enfrentarse a ese contexto tiene connotaciones éticas profundas que merecen incluso re­flexiones filosóficas y necesitan ser tratadas bajo esos campos porque tienen matices complejos.

—¿Cuál sería el hilo conductor de las historias de “Uno es lo que come”?

—La muerte sería uno de los hilos conductores que mueven las histo­rias. La muerte porque que todos los personajes en la ficción son finitos. También el cuerpo desde donde sucede gran parte de toda la trama, es algo a lo que no atendemos y cui­damos, le prestamos atención cuando tenemos un mal, una enfermedad, una lesión, sin embargo, brindo una visión menos material del cuerpo como el elemento contenedor de todo de nuestro intelecto, de nuestras emociones.

—Las palabras de contracubierta son de la autoría del escritor poblano Jaime Mesa, uno de sus maestros talleristas, qué significa para usted.

—Ha sido muy importante para mí. Con él compartí, discutí, hubo un proceso creativo que estuvo acompañado del ejercicio de la crítica. Ver terminadas las historias y después de eso saber que gracias a la guía de Jaime surge el proyecto, pero con otra visión en la que ya no soy el discípulo sino el autor, es un privilegio, un honor que me hace al escribir esas palabras.

—¿Por qué elegiste el cuento “Uno es lo que come” para darle título a tu libro?

—Me costó mucho trabajo encontrar el título, uno de los hilos conduc­tores de las historias es el cuerpo,

este requiere de alimentos y surge la interrogante: qué lo alimenta. En esa analogía con esta idea del cuerpo que recurre a las experiencias de la infancia, una de las historias deja una marca y condena en la vida del personaje femenino “Paloma”. Me decidí entonces a elegir el título de este texto para el libro.

—¿Todo autor tiene la intención a la hora de escribir y compartir historias con sus lectores, cuál es la suya?

—Crear conciencia, esa sería. Como autor o escritor es mi ideal, dejar algo escrito en la conciencia de los lectores es la intención principal.

—¿Corregir es el trabajo más duro para un escritor?

—Corregir es un proceso que des­gasta mucho. Te enfrentas al texto y entonces quieres cambiar esta historia porque ya no se parece a lo que ideaste en principio.

—¿Tienes algún horario para tu proceso creativo?

—No, existe esa idea romántica de que el escritor está escribiendo en la madruga cuando llega la inspiración, en realidad no escribo de madrugada. Escribir requiere esfuerzo, disciplina, energía y vitalidad. Ya encontré el lugar para mí, es en el momento en que más energía tenga, si sucede que me levanté con mucha energía en ese momento lo hago, si después de hacer actividades durante el día y en la tarde tengo esa energía en ese momento escribo.

—¿Qué opinas de las políticas cul­turales, sobre lo concursos y que te permitan la publicación de un libro?

—Por lo menos aquí en México son fundamentales. Muchísimos de los escritores que hay difícilmente hu­bieran llegado a publicar sin estas oportunidades. Estos espacios son necesarios para validar tu trabajo.

—¿La cubierta usted la ha elegido o pertenece a un artista?

—Es de la artista plástica Nancy Flores, pintora que radica en Ciudad de México. Ha realizado exposi­ciones en Puebla y Tlaxcala. Vi ese cuadro y me interesó para que fuera la cubierta de mi libro, me motivó desde que lo conocí.

—¿Por qué has optado elegir per­sonajes femeninos en tus historias?

—Considero que el mundo femenino supera a los hombres, no lo queremos aceptar la mayoría. Nos supera en la sensibilidad, en la atención que las mujeres les dan a las cosas, su observación del mundo, nos supera por mucho. Los hombres somos más pragmáticos y siempre se dice que somos menos sensibles y lo somos de hecho. En el mundo femenino, no en el feminista, encuentro un nivel de conciencia que los hombres difícilmente podemos manifestar.

—Si tuvieras la posibilidad de guardar en una cápsula algo de tu autoría, que te represente y poderla abrir en cien años qué sería.

—Sería este libro “Uno es lo que come”. Por ser el primero me mostró el camino y tal vez en veinte, treinta o cuarenta años habrá más; pero este libro marca el inicio formal de mi actividad pública como escritor. Me permitirá hacer una retrospectiva de todo lo que sucedió.

Comparte este artículo