FRONTERAS DE LA LOCURA: el miedo, la presión y la tristeza de los migrantes tlaxcaltecas

Publicado en Mayo 2008 Edición 06

El “otro lado” es el sueño, El trabajo transforma todo

La migración genera, problemas psicológicos a quienes toman la decisión de ejecutarla. Estos tienen que ver con la incertidumbre del proceso, con los excesos de trabajo que realizan para reunir dinero y con la angustia del retorno o la adaptación de la permanencia.

La crisis que padece el campo tlaxcalteca y la certeza que tienen los campesinos de que “en el otro lado” desarrollarán las mismas actividades que realizan en su lugar de origen, con la diferencia de que por ella recibirán ingresos muy por encima de los que les pagan o generan en suelo tlaxcalteca hace que decidan migrar. Esta realidad la estudió Cecilia López Pozos en su tesis doctoral que intituló “El dolor del abandono, el miedo y la presión en las familias trasnacionales de México a Estados Unidos y de Perú a Italia” elaborada para la Universidad de Salamanca y la Universitá de Degli Estudi di Torino.

La decisión no es sólo para los hombres, sino también para las mujeres, ya sea que se dediquen a las labores del campo, junto con sus maridos, o a las labores domésticas que tienen una alta demanda y que permiten a las mujeres obtener ingresos por las tareas sin pago que realizan en sus comunidades.

“La necesidad” hace que siempre se esté considerando la posibilidad de migrar “hacia el norte”, a lo que se suma que los sistemas de organización de herencia indígena crean las condiciones para no irse a la aventura sino para asegurar, “cierto éxito” en el proceso migratorio. La familia extensa y el compadrazgo constituyen la red social legal que se utiliza como plataforma para apoyar a quien se va al otro lado.

Una vez tomada la decisión los tlaxcaltecas van siguiendo las huellas de sus familiares, sus vecinos o sus paisanos y emprenden el mismo camino, van como hormigas haciendo un camino que camina –movilidad silenciosa- formado por puros paisanos. De Tlaxcala se arriba a Tijuana o Mexicali y ahí se hace una parada. El río Bravo rompe el camino y hay que reconstruirlo uniendo las redes legales con las ilegales (polleros).

El proceso de convertirse en migrante no resulta barato. Primero para llegar a la frontera y después para pasar la línea, se requieren entre 50 y 60 mil pesos, los que deben pagarse por adelantado o al entregarlo al contratante, con quien se trabajará hasta pagar la deuda.

El problema no es el trabajo, sino dónde vivir. Las condiciones legales, los altos costos y la falta de recursos hace que se tome la decisión de compartir una casa, una habitación, un cuarto con tal de tener techo que los proteja, pero que provoca la pérdida de espacio personal y la invasión de la intimidad. Es el hacinamiento que facilita la promiscuidad.

Para mejorar su situación, los migrantes buscan hacer legal su estancia en el país de acogida, lo que les lleva a andar caminos de ilegalidad al comprar papeles falsos o de personas fallecidas, que les permite el acceso a ciertos servicios pero no les elimina su condición de ilegales.

El trabajo no es tanto problema, se encuentra rápido. La dificultad está en que los contratantes que conocen la situación ilegal de los migrantes, les pagan menos por jornadas más largas. Los que laboran en el campo dejan diariamente 14 o 16 horas y lo mismo ocurre con quienes se desempeñan en los servicios y el comercio, con la diferencia de que estos deben realizarlo en dos o tres trabajos distintos.

Desde que se pasa la línea se cambia de mentalidad “tu forma de pensar cambia nada mas cruzando la línea, en el mismo día y en el mismo momento y en el mismo carro y con la misma familia.” y hay que dedicarse a trabajar, trabajar y trabajar, con la intención de reunir dinero que permita pagar las deudas de la migración y enviar dinero al hogar.

El dinero que se gana, pero sobre todo el dinero que se envía sirve para tratar de curar las heridas emocionales.

No estoy contigo esposa, pero te envío el dinero para que vivas mejor, no estoy contigo hijo pero te mando mi afecto con los dólares para tengas una vida distinta a la mía, no estoy contigo mamá pero te envío dinero para que cuiden de tu vejez. Ese es el contenido simbólico de cada dólar ganado por los migrantes.

Satisfecha, de algún modo, la carencia económica, el resultado no es el esperado. El sufrimiento económico se torna en sufrimiento emocional. “Es la intranquilidad que trae consigo la soledad y el asilamiento que el dinero no sacia”, dice Pozos, 2007 en su tesis doctoral.

Cuando se tiene la sensación de que se ha logrado alguna estabilidad, es decir que se cuenta con un trabajo más o menos seguro, aunque se mantenga como ilegal, se piensa en la reunificación de la familia y se manda por la esposa, por los hijos. De uno en uno y a cierto tiempo uno del otro, se van pasando. Solo que el encuentro no es lo que se esperaba. Las mujeres y los niños cambian, por el simple hecho de observar que tienen derechos y hay muchos mecanismos para hacerlos efectivos.

Los niños descubren que sus padres no pueden tocarlos y hacen uso de la libertad sin responsabilidad. Los hijos de los migrantes nacidos en México crecen y descubren que, aunque aspiren a desarrollar una vida profesional, esto es imposible; cuando mucho pueden alcanzar el primer año de High School y después les está vedado el continuar por los altos costos o porque corren el riesgo de ser deportados al no estar regularizada su situación migratoria.

Las mujeres adquieren autonomía e independencia. Descubren que trabajar permite no depender del otro y asumir sus propias responsabilidades, entre ellas la de su cuerpo, su sexualidad, su individualidad: “Somos iguales, tenemos las mismas obligaciones, los mismos derechos, ni él es más ni yo soy más” “Aquí lo que hace el hombre lo puede hacer la mujer”.

Una minoría de hombres, los menos se adaptan asumiendo nuevos roles, los más entran en profundas crisis de identidad e inestabilidad emocional porque no saben cómo orientar su vida sin el ejercicio del autoritarismo, lo que conduce al rompimiento de sus relaciones afectivas y/o amorosas y a refugiarse entre los grupos de hombres y el alcoholismo, comenta López Pozos.

Después, al regresar al terruño, hay que batallar con todas las autoridades mexicanas: los de aduanas, los federales, el Ejército y las policías estatales, pues todos quieren su tajada.

Los tlaxcaltecas, vuelven porque nunca rompen sus lazos con la comunidad de origen y siguen contribuyendo con las organizaciones locales que se hacen cargo de “la fe y el progreso”. El reconocimiento social al regreso, está determinado por la generosidad con la que contribuyen con la familia y con el pueblo.

La migración hace que los vínculos afectivos se deterioren, se rompan, se reordenen de otra manera o surjan nuevos, pero la familia queda herida y vive así. Ello provoca el surgimiento de padecimientos psicológicos, que se expresan con depresión, tristeza, pena o dolor; y otros, que se manifiestan con estrés, cansancio o presión. Todos ellos pueden traducirse en la presencia de comportamientos y afecciones psicológicas patológicos.

El riesgo de pasar la frontera genera en los migrantes angustia, no saben si podrán cruzar con éxito, no saben si llegarán vivos al otro lado de la frontera y si una vez allá no terminen descubiertos y deportados, lo que les conducirá a repetir, una y otra vez, el paso de la muerte.

El tránsito que va de Tijuana a cualquier lugar de California, los lleva por veredas en el desierto. Caminar por el cerro, por veredas, en la cajuela de un auto o en el contenedor de un tráiler, provoca una gran tensión. Los coyotes no se interesan por nada que no sea avanzar lo más rápido posible. Si los descubren ellos jalan para su lado y los abandonan.

La incertidumbre de no saber si la diáspora será coronada por el éxito provoca en los migrantes una permanente presión y miedo. Los que logran pasar se encuentran desorientados, no entienden el idioma, pero tampoco las formas en las que se organiza la sociedad norteamericana y lo primero que tienen que aprender es que serán objeto de permanentes redadas, por lo que deben vivir en la clandestinidad. Esto los mantiene en estados de alerta permanente, pero también nerviosos y angustiados.

En una casa o en una galera tienen que vivir hacinados una gran cantidad de personas; dos parejas por recámara, cinco o seis en la sala o quince y veinte en galerones que ofrecen los patrones en el rancho. Vivir amontonados provoca fricciones entre los habitantes, pero además los convierte en campo propicio para la promiscuidad.

La permanencia obliga a trabajar en áreas insalubres, con dobles o triples jornadas, bajo horarios extenuantes y con salarios bajos y sin ninguna posibilidad de contar con seguridad social. El indocumentado sólo vive para el trabajo pero en condiciones de permanente explotación, humillación y la discriminación.

El exceso de trabajo modifica sustancialmente los organismos y las relaciones sociales. Acostumbrados a horarios establecidos, los migrantes se encuentran que tienen que correr de un lado a otro, por lo que sus horas de comida y de descanso pierden continuidad, y eso provoca que vivan aislado en una vida silenciosa.

Las mujeres que son madres y han tenido que abandonar a sus hijos, viven un permanente conflicto: mientras por un lado sienten la tristeza por la ilegalidad en que se encuentran, por la separación de los hijos, por la soledad frente al esposo; por el otro, viven una culpa que se hace permanente al reconocer que no cumplen las responsabilidades maternas.

Cuando se toma el camión y se sale del pueblo entra un dejo de tristeza por arrancarse a sí mismo del origen. Duele dejar a la familia, a los amigos, las costumbres, la identidad y ese dolor es difícil de explicar. El correr del llanto alivia y permite cierta tranquilidad hasta volver a pensar en los suyos. El dolor es de quienes se van y de quienes se quedan.

El dolor se profundiza y es difícil de expresar cuando se está en el otro lado. Los cambios en los papeles que a todos toca jugar, hacen que la vida duela. Duele el no poder comprender un idioma distinto, la falta de seguridad laboral, la imposibilidad de seguir estudiando, la discriminación, el no estar con los hijos.

La soledad en la que queda la familia en el terruño, se expresa en visión muy pobre de sí mismo y en sentimientos de inferioridad que se manifiestan en enojo, fracaso escolar, depresión, conflicto emocional con los padres. Las heridas se mantienen abiertas porque los “caminos de atención” raramente llegan a los profesionales y a las instituciones que ofrecen servicios especializados.

El vivir en una cultura distinta, genera una gran presión. Las demandas socioeconómicas del entorno también las propician porque hay que conseguir “el jale” para pagar la vivienda, la comida, el vestido, además de que hay que devolver lo prestado que fue a manos del pollero.

Los nervios permanecen tensados porque hay que conseguir trabajo y ahorrar para enviar las remesas a la familia, para dar una prueba fehaciente de que se ha triunfado en el otro lado.

El miedo, la tristeza y la presión pueden agudizarse de tal manera que los migrantes permanezcan en la cárcel o el hospital psiquiátrico. La incapacidad para adaptarse a los nuevos patrones culturales sajones, hace que se “pierdan.” Las condiciones económicas y el espejismo que crean los emigrantes cuando regresan a gastar durante sus cortas estadías en la comunidad, convierten a la migración en la oportunidad de salir de las condiciones de pobreza y marginación en las que se viven en México.

Las redes sociales derivadas de los lazos familiares y de compadrazgo, soportan esta esperanza. La salida, el camino y la llegada provocan gran incertidumbre que se expresa en miedo, presión y tristeza y que tiene su manifestación en el cuerpo. Un cuerpo que sólo se dedica a trabajar y a ser el receptáculo de las heridas emocionales. Heridas que no tienen cura sino resignación, porque esa es la vida que toca vivir.

Esto hace que muchos de los migrantes vivan en el borde de la locura, porque el mejoramiento de las condiciones de vida en la tierra de oportunidades, no es más que un espejismo. Ayuda recibir dinero por las mismas tareas que se realizan casi gratis en Tlaxcala, pero se destroza la individualidad y las relaciones sociales. Los billetes verdes mantienen la idea del mundo mejor, pero el cuerpo y la mente de los migrantes viven en la ruptura de los lazos afectivos y emocionales que, al final de cuentas, son el mejor soporte para vivir.

Raúl Jiménez Guillén
Foto: Pedro Pardo

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