Publicado en Noviembre del 2021
La abuela Martina decía que todos debíamos tener a un perro como mascota al menos una vez en la vida. Porque cuando moríamos tendríamos que cruzar un rio llamado Chiconahuapan para llegar al Mictlan donde descansaríamos eternamente, y la leyenda decía que solo un perro podía ayudarnos. Así que cuando cumplí diez años tuve como regalo un cachorro, confieso que Terry no fue mi primera elección, había escogido a uno de sus hermanos. Pero cuando mi padre regreso por el cachorro que había elegido, ya había sido dado en adopción a otra familia. Y Terry fue el elegido para ser mi acompañante durante 17 años. Hasta hoy, porque cuando iba con los amigos del trabajo camino a la playa, recibí una llamada de mi padre dándome la mala noticia. Terry había fallecido. Sin dudarlo pedí que me dejaran en Xalapa para tomar un camión y regresar a casa.
En el camino a la central de autobuses pase por el parque Juárez, recordé cuando hace 15 años Terry se perdió cuando visitamos a la tía Lola en esta ciudad. Aun se me nublan los ojos cuando recuerdo esos momentos en que pensé que lo había perdido. Pero solo había sido secuestrado por unos drogadictos que pidieron rescate para devolverlo. Cuando lo recuperamos tenia sus ojos llenos de lágrimas y ambos nos abrazamos prometiendo que nunca nos separaríamos. Fui hija única, así que Terry fue para mí como un hermano. Era un perro diferente al que le encantaban los cheetos y los chocolates larin.
Ya camino en el autobús de regreso para dar el último adiós a Terry, mientras veía la carretera y una ligera llovizna que caía lentamente por los campos verdes recuerdo el momento más difícil para ambos. El divorcio de mis padres que fue hace 12 años cuando yo entre a la preparatoria, ambos nos volvimos rebeldes. Terry destrozaba los muebles y yo huía de casa sin motivo. Ahora creo que debimos estar juntos. Pero era solo una adolescente que no sabía cómo reaccionar ante los imprevistos de la vida. Al final paso como en las familias que se divorcian: Terry se fue a vivir con mi padre y yo seguí viviendo con mi madre. Aunque al cumplir dieciocho años, hui de casa para ir a la universidad.

Cuando iba de visita a casa de mi padre, Terry corría emocionado a verme, aun cuando le costaba moverse se sobreponía al dolor y brincaba hacia la bolsa del suéter donde escondía los chocolates que eran su perdición. Como cuando éramos niños nos quedábamos sentados viendo televisión por largo tiempo hasta quedarnos dormidos.
Pase a mi casa antes de ir a despedirme de Terry y busque una de sus fotos para colocarla en el librero. Es una foto cuando ambos éramos tan felices. Terry parece sonreír con su lengua de fuera, el pelaje cubriéndole parte de los ojos. Lo imagine corriendo hacia a mí por última vez y consolándome como cuando de niña me sentía sola y escuche sus ladridos que parecían decir que todo estaría bien. Llore por saber que nunca escucharía esos ladridos una vez más, pero sonreí sabiendo que algún día volveré a verlo, porque ahora más que nunca, yo creía en lo que decía la abuela. Que cuando muera lo encontrare y será mi guía para cruzar el rio antes de llegar al Mitclán
Aunque ahora después de 17 años veo que la abuela Martina casi tenía razón. Si necesitamos una mascota, pero en esta vida. Una mascota que nos ayude a cruzar este rio de la soledad, para guiarnos a la felicidad que nos da saber que amamos y fuimos amados incondicionalmente.
Tomás Galicia
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