Rebeca Torres Ortega, pionera de la política en Tlaxcala

Publicada en Marzo 2016 Edición 100

Jaime Ferrer
Fotografía: Colección particular del Pbro. Rubén García Badillo

El nombre de Rebeca Torres Ortega tal vez no diga mucho para el grueso de la gente, pero si se omite su segundo apellido y se le pone el tradicional de…, que antecede al apellido del esposo, será un poco más reconocida: Rebeca Torres de Lira.

Rebeca fue una mujer inteligente y discreta que vivió la mayor parte de su vida a la sombra de su marido, el escritor Miguel N. Lira.

María de la Luz Rebeca Torres Orte­ga nació en León, Guanajuato, el 30 de octubre de 1906. Sus padres fueron Rebeca Ortega y el doctor José D. Torres. Su familia se mudó a la Ciudad de México. Como muchas jóvenes clasemedieras recurrió a la carrera de profesora y en la década de los 20 se inscribió en la Escuela Normal de Maestras, que tuvo su sede en las actuales instalaciones de la Secretaría de Educación Pública en el Centro Histórico.

En la Normal conoció a Frida Kahlo, quien no acabó la carrera por cambiarse a la Escuela Nacional Preparatoria, en febre­ro de 1922. No está claro cómo conocieron a Miguel N. Lira; lo que se sabe es que Miguel fue novio de Frida y de Rebeca al mismo tiempo entre los años 1921 y 1922. La Normal y la Preparatoria estaban muy cerca una de la otra y esta última sólo tenía inscritas treinta y tantas mujeres, así que no es difícil imaginar que Miguel y sus ami­gos buscaran la amistad de otras jóvenes y recurrieran a la Normal de Maestras.

Rebeca tuvo que ser firme en su posición de novia formal de Miguel, ya que éste seguía disfrutando de la amistad de Frida y su fuerte identificación a nivel intelectual. En lo indi­vidual y a nivel de pandilla tenían un vínculo amistoso firme al formar parte del grupo de los Cachuchas. Miguel les tomó un gran ca­riño a sus amigos, tal vez por las situaciones azarosas por las que pasó con ellos.

En la biografía del poeta escrita en tercera persona relata lo siguiente: “En 1920… conoció a un grupo de muchachos crueles y sanguinarios, dinamiteros y anarquistas, inteligentes y románticos, artistas y pobres. Se asoció a ellos y estuvo en todas las comisarías de la ciudad. Lo expulsaron de la escuela cada vez que les dio la gana y tuvo como corolario su primer lance amoroso”. Por las apariencias que tuvo que guardar se sospecha que este lance amoroso fue con Frida Kahlo.

En el archivo de Miguel hay una carta de Rebeca (entre varias decenas) sin fecha pero posiblemente del año 1922 que dice:

“La que ya no va a volver a contra­riarte soy yo. Te prometo que jamás me vuelvo a enojar contigo y que también jamás te volveré a rogar que hagas tal o cual cosa. Perdona la dedicatoria pero como yo no sé escribirlas como tú ej. [A Frida con el intenso aroma de un recuerdo], por eso está tan fea. Perdó­name tú a mí porque soy muy terca”.

Tuya Rebeca

Miguel todavía se las arregló para seguir conviviendo con Frida durante gran parte de 1923, como lo testifican las cartas del escritor Francisco Orozco Muñoz a Miguel, a quien vi­sitaban en su casa de la colonia Roma y quien los guio en el conocimiento de la literatura china, sobre todo a Miguel. A partir de esto Frida lo bautizó como “Chong Lee”.

A pesar de que Rebeca no era estudian­te de la Preparatoria, tuvo como defensora a la prefecta del Departamento de Señori­tas de esa institución, la profesora Dolores Ángela Castillo, mujer conservadora que influyó en Miguel para que se decidiera por Rebeca. En una carta del 13 de marzo de 1924, Dolores le dice a Miguel:

“… necesitamos apoyarnos de espíritus superiores y de espíritus amigos, el suyo lo considero en uno y otro caso, en el primero porque ama en Rebeca no a la mujer sino al espíritu superior inconfundible y ha hecho de ella a su ángel tutelar, a la custodia de lo que debiera preocuparse un hombre de corazón: de la pureza y rectitud de procede­res sin los que el hombre tan solo conserva su apariencia; pero desciende a cualquiera otra especie que no es la humana. Lo felicito porque Ud. ha encontrado lo que un hom­bre debiera buscar, el amor que ennoblece, que eleva, que santifica y aproxima a Dios.”

En un corto currículum de Rebeca se dice que asistió a la Escuela Nacional de Altos Estudios de la Universidad Nacional de Mé­xico y se especializó en Historia y Literatura.

Para este año ya Miguel estaba inscrito en la carrera de abogado en la Escuela Li­bre de Derecho y se había alejado un poco de Frida. Su noviazgo con Rebeca siguió con algunos altibajos. A principios de 1925 publicó su primer libro de poemas: Tú. Escribe uno titulado “Rebeca, tú no sabes amar!”. A Frida no le escribe poema alguno ni le dedica nada.

Finalmente se casan el 28 de diciembre de 1928, año en que Miguel también pre­senta su examen recepcional de abogado para posteriormente ingresar a trabajar a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En tanto, Rebeca fue maestra de “banqui­llo” durante nueve años y después su labor no se reduciría simplemente a ser ama de casa, sino que también le ayudará a Miguel a encuadernar libros. Existe un agradeci­miento del poeta español Rafael Alberti, acompañado por un dibujo del pintor mexicano Manuel Rodríguez Lozano:

A Rebeca:

Escrupulosísima impresora, recordando las tardes de trabajo junto a ella y Miguel.

Muy cordialmente

Rafael Alberti

A la mejor impresora de México

Rodríguez Lozano

Méx. 1935 Sep.

En 1943 escribe en colaboración con Miguel N. Lira y Antonio Acevedo Escobedo Mi Caballito Blanco, libro de lecturas para 2° grado de primaria; en 1944 preparó una antología poética titulada Poetas de México, junto con Manuel González Ramírez. En 1945 escribió en colaboración con Miguel N. Lira y con Valentín Zamora Mis juguetes y Yo, libro de lecturas para 4° grado de primaria.

Miguel decide regresar a Tlaxcala en 1951 como juez de distrito. Entre sus moti­vaciones estaba la idea de ser gobernador del estado, lo que lo llevaría eventualmente a la muerte por las consecuencias desastro­sas que se desencadenaron en su contra.

Con la mudanza al estado natal de Miguel, Rebeca se adaptó a la vida provin­ciana y pasaron a formar parte de la clase media alta tlaxcalteca. La carrera literaria de Miguel siguió en ascenso; algunas de sus obras se tradujeron al inglés; sus Pregones se transmitían por la radio; en 1955 inició la filmación de la película La escondida en Tlaxcala, basada en su novela homónima; Carlota de México se transmi­tía por televisión.

El 28 de agosto de ese año Rebeca es postulada como candidata a la presidencia municipal de Tlaxcala, arropada por la po­derosa CTM, que en Tlaxcala era dirigida por el también profesor Lino Santacruz. En esa Asamblea ella pronunció un emotivo discur­so del cual desprendo algunos extractos:

“Al agradecerles la determinación que en mi favor han tomado, confieso que me encuentro vacilante sobre la forma en que debo responder a ella. Es poco usual que esto ocurra; no es tan sencillo que una mujer, en uno de los pueblos más antiguos y tradicionalistas del país, sea señalada para participar como candidato… tampoco encuentro con facilidad la forma en que en un caso como éste, una deba contestar y explicar sus ideas a sus conciudadanos. Voy a tratar de hacerlo, antes que nada como mujer, en seguida como esposa y, en fin, como mexicana… lo único que cambia, con la entrada de la mujer en la ciudada­nía, es la sensibilidad para apreciar los problemas, las necesidades y las solucio­nes. Donde hay amor, como sentimiento dominante, hay profunda justicia apasiona­da, comprensión para los asuntos propios y ajenos y hondo sentimiento creador… la mujer, aunque liberada, tiene siempre una vocación por servir a los demás, que nace de lo más profundo de su femineidad… mucho hacen los hombres con cedernos una posición que han tenido tradicional­mente. Nosotras las mujeres de Tlaxcala tenemos que responder a esa declinación caballerosa, poniendo en juego la inte­gridad de nuestro esfuerzo, de nuestros sentimientos, de nuestra imaginación”.

El de 1956 fue un año excelente para Miguel: La escondida rompe records de ta­quilla en la ciudad de México y representa triunfalmente a México en los festivales de Cannes y Berlín; publica Una mujer en sole­dad, la cual, por su valor literario, lo hace acreedor como miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua.

Por su parte, Rebe (como le decían Miguel y sus allegados) gana las eleccio­nes para el mandato 1956-1958 y toma posesión el 1° de enero, siendo una noticia reportada por algunos diarios nacionales.

En una encuesta “relámpago” que le hace la periodista Artemisa Sáenz Royo Xóchitl expresa las siguientes opiniones:

“Las conquistas obtenidas por la mujer en México, afirman el mejoramiento de cada hogar mexicano, pues con ellas estamos seguras de obtener más respeto para la familia. La niñez, -cura de la Patria- crecerá fuerte y segura en su porvenir. Las mujeres que lucharon por obtener estas conquistas deben ser conocidas y recor­dadas con cariño, tal como se recuerda a nuestros héroes”.

Rebeca fue integrante del Patronato Estatal de Turismo, al mismo tiempo que desempeñaba su papel de alcaldesa.

La elección de Rebeca fue todo un logro si se toma en cuenta que las mujeres mexi­canas consiguieron el voto en elecciones municipales de todo el país en 1947 cuando la Cámara de Diputados hizo una adición al artículo 115 constitucional, que establecía que en las elecciones municipales partici­parían las mujeres en igualdad de condicio­nes que los varones, con el derecho a votar y ser electas.

El paso siguiente, el voto femenino a nivel nacional, fue en gran parte obra de los grupos de mujeres. En especial del grupo Alianza de Mujeres de México, presidido por Amalia Caballero de Castillo Ledón quien obtuvo, durante un mitin de campaña ante 20 mil mujeres, del candi­dato presidencial Adolfo Ruiz Cortines (1 de diciembre de 1952 al 30 de noviembre de 1958) la promesa de otorgar el voto a la mujer después de ser electo si la Alianza podía obtener las firmas de 500 mil muje­res que lo pidiesen.

El 17 de octubre de 1953 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el nuevo tex­to del artículo 34 constitucional mediante el cual se reconoció el derecho al sufragio femenino y dos años más tarde, en 1955, se concreta durante una elección federal.

Rebeca fue la cuarta presidenta munici­pal en México, la pionera fue Aurora Meza Andraca, presidenta municipal de Chilpan­cingo, Guerrero, en 1938.

Por su parte, Miguel se lanza como pre-candidato al gobierno de Tlaxcala. Este fue el inicio de su debacle, pues sus enemi­gos políticos logran desterrarlo a Tapachu­la, Chiapas, donde fungirá como juez de dis­trito. Escribe sus notas de viaje en Itinerario hasta el Tacaná, el cual es un recuento triste de su mudanza al sur del país. Rebeca lo acompaña en este trago amargo.

Así que ella tuvo la dicha de ser presi­denta municipal de la capital pero por otra parte le tocó sufrir la derrota y el deterioro físico de su esposo. Miguel regresa a Tlax­cala en 1959, su salud se agravará en 1960 y morirá en febrero de 1961.

A su salida del gobierno municipal a finales de 1958, Rebeca fue invitada a incorporarse a la administración estatal, con el gobernador Joaquín Cisneros Mo­lina, en la Dirección de Educación Pública del Estado, puesto que deja al término de ese sexenio, en 1963. Posteriormente pide su reincorporación como profesora de Español y Literatura en el Instituto de Estudios Superiores del Estado de Tlaxcala, actividad que debió haber desempeñado hasta inicios de los 70.

En los 60 fue integrante del Comité pro-construcción del Seminario Diocesano de Tlaxcala junto con Dolores Fernández, esposa del gobernador Joaquín Cisneros Molina y primera presidenta del grupo de Damas Voluntarias del Hospital General de Tlaxcala. También dirigió la Escuela de Artes y Cultura, donde tuvo como alumna destacada a Lilia Ortega Lira, esposa del pintor Desiderio Hernández Xochitiotzin y sobrina de Miguel N. Lira.

Rebeca Torres Ortega redacta su testa­mento el 17 de enero de 1974, siendo direc­tora del Centro de Acción Social Educativa # 46, de la ciudad de Tlaxcala y muere el 15 de marzo del mismo año, teniendo a su lado a su hermana Cristina.

Así acabó la vida de esta mujer pionera de la política a nivel nacional, pero para muchos, una desconocida en la tierra que la alojó el último tercio de su vida.

Jaime Ferrer
Foto: Archivo Revista Momento

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