Le acaban de cumplir 500 años del arribo de misioneros franciscanos al territorio de la Nueva España. Al fragor de las armas, siguió el celo de la evangelización. Después de la victoria de los indios conquistadores, como los tlaxcaltecas, hubo un largo proceso de transición y reacomodo de fuerzas en el vasto territorio que acabó siendo la posesión más preciada de la Monarquía Católica.

Entre la caída de Tenochtitlan en agosto de 1521, considerado como el suceso que marca el inicio de la dominación española, y la llegada del primer virrey, Antonio de Mendoza en 1535, hubo una serie de acontecimientos que marcarían la forma de entender la llamada Conquista. Se gestaba una nueva unidad política, con singularidades económicas, sociales, culturales e ideológicas.
Por un lado, se consolidó un grupo de individuos, llamados encomenderos, que recibieron prebendas y tierras, con miles de indios a su servicio; por otra parte, comenzó a gestarse una autoridad embrionaria atada a las disposiciones de Madrid. El reino de la Nueva España abría los ojos.
En ese trance, se construyó una narrativa negativa sobre el proceso de avasallamiento, llamado Leyenda Negra. Una serie de objetores y críticos, enemigos de la Monarquía Católica española, denunciaron los atropellos cometidos por los castellanos. La Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), de Bartolomé de las Casas, fue la punta de lanza para construir la Leyenda Negra.
Escribe el dominico y obispo de Chiapas: “Todas las cosas que han acaecido en las Indias, desde su maravilloso descubrimiento y del principio que a ellas fueron españoles para estar tiempo alguno, y después en el proceso adelante hasta los días de ahora, han sido tan admirables y tan no creíbles en todo género a quien no las vio que parecen haber añublado y puesto silencio, y bastantes al poner olvido, a todas cuantas, por hazañosas que fuesen, en los siglos pasados se vieron y oyeron en el mundo. Entre éstas, son las matanzas y estragos de gentes inocentes y despoblaciones de pueblos, provincias y reinos que en ellas se han perpetrado, y que todas las otras no de menor espanto”.
Estas “matanzas” obligaron a la Corona a buscar una alternativa a la situación que vivían los indios. Por un lado, los franciscanos y otras órdenes mendicantes arrostraron a los encomenderos; y desde la península, el teólogo y filósofo Francisco de Vitoria estableció las líneas maestras de lo que ahora llamamos derechos humanos.
Una historia oscura
La Leyenda Negra, entendida como la extensa narrativa producida por numerosos autores contra España y su actuación en América en los siglos XV, XVI y XVII, se vertebra sobre dos diferentes temporalidades. Por una parte, se encuentra una serie de escritos, algunos de ellos redactados por los propios españoles, como Bartolomé de las Casas, en los que se pintó con tonos oscuros y lúgubres la situación generada en estas tierras. Pocos autores dudan de una caída en términos demográficos, y de un arrasamiento antropológico y cultural de los grupos originarios de América, tras su contacto con los castellanos.

Con fines evidentemente propagandísticos, en muchas ocasiones se tergiversaron o falsearon los hechos, a fin de denostar el papel que tuvieron los españoles en aquel contacto. Fue tal la eficacia de ese discurso, que hasta la fecha se siguen retomando muchos de sus alegatos, algunos francamente apócrifos.
Una primera época
Ese primer grupo de textos se compone de libelos, opúsculos y panfletos, en los que se denigra la imagen de los españoles. En su mayoría fueron redactados por autores ingleses, franceses, neerlandeses y alemanes, enemigos declarados de la Corona española. Sin embargo, algunos otros documentos, como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, fueron utilizados por los adversarios de la Monarquía Católica, para denostar su actividad en América.
De hecho, la Brevísima suele considerarse como el ariete de la Leyenda Negra, aunque en el contexto del siglo XVI, marcado por las guerras de religión y las luchas entre prácticamente todos los países europeos, había una profunda hostilidad hacia todo lo que representaba España, de la que se advertía su creciente influencia. Para ese momento, en algunos estados italianos y alemanes, así como en los Países Bajos, que se encontraba en guerra contra la corona castellana, ya habían aparecido numerosos textos donde se denigraba a los españoles.
Una breve cronología
La Brevísima relación de la destrucción de las Indias fue objeto de traducciones al francés, inglés, alemán, neerlandés y latín; en varios casos hubo añadidos y groseras tergiversaciones. Además, en algunos casos se incorporaban grabados, como los de Theodor de Bry, donde se veía a los españoles cometiendo atrocidades contra los indígenas. En muchos casos eran exageraciones, parte de un discurso propagandístico.
Por otra parte, Book of Martyrs, (1554) de John Foxe es un panfleto que en general atacaba a la iglesia católica; estaba acompañado de unos 50 grabados donde se daba cuenta de torturas y malos tratos. Un capítulo se dedicó a la Inquisición española, una de las instituciones que recibió más ataques, y en la que los adversarios de los españoles cebaban sus críticas, para mostrar a estos como fanáticos y sanguinarios. El Livre des martyrs (1554), de Jean Crespin, al igual que el panfleto de Foxe, buscaba desacreditar a los españoles desde el punto de vista religioso.

Historia del Nuevo Mundo (1565), de Girolamo Benzoni es un libro donde se narra la conquista de México y de Perú, con un claro sesgo contra los españoles. Las Conversaciones (1566), de Martín Lutero, se gestó en el contexto de las guerras de religión, en buena medida encendidas por este monje agustino alemán. Lutero publicó una serie de textos en los que anatematizaba a los españoles, a los que acusaba de tratar de apoderarse de Alemania. Asimismo, Geschichtklitterung (1575), del pensador alemán Johann Fischart, añade un toque racista a las diatribas contra los españoles.
La guerra contra los Países Bajos, que se rebelaron contra Felipe II, tuvo su parte propagandística, escrita por autores neerlandeses, que exageraron la intervención de los tercios españoles, considerados en su momento como el mejor ejército de Europa y del mundo. Las críticas se centraron en el duque de Alba, jefe militar de la campaña. Posteriormente, el gradual ascenso de Inglaterra también iba a traer su cauda de libelos y panfletos, como las narraciones de los piratas ingleses Francis Drake y John Hawkins.
Del XIX en adelante
Una segunda vertiente de la Leyenda Negra se gesta en el siglo XIX, y arranca con una conferencia impartida en París por la escritora Emilia Pardo Bazán, el martes 18 de abril de 1899. En la conferencia, dictada en francés, la autora utiliza por primera vez la expresión “leyenda negra”, en alusión a la narrativa vertida líneas arriba. Pardo Bazán publicó dicha conferencia, que sirvió para reencender la polémica. Hay que tomar en cuenta que el opúsculo de la escritora se dio tras la derrota que sufrió España ante Estados Unidos, cuya consecuencia directa fue la pérdida de los territorios de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, un suceso que cimbró a la sociedad española de la época.
Sin embargo, quien consolidó el concepto iba a ser Julián Juderías y Loyot, con un libro titulado precisamente La Leyenda Negra, publicado en Madrid en 1914. El título completo del libro es: La leyenda negra y la verdad histórica: contribución al estudio del concepto de España en Europa, de las causas de este concepto y de la tolerancia religiosa y política en los países civilizados.

A partir de ese momento, se generó una amplia literatura que retomó el término y que a la fecha sigue generando controversias y ataques contra la actuación de los castellanos en América. Un buen ejemplo es el libro de Tzvetan Todorov, La conquista de América, en donde reluce una y otra vez el término genocidio, sin duda colocado fuera de contexto y con una evidente carga propagandística.
En contraste con este tipo de publicaciones, autores como María Elvira Roca Barea se han esforzado por ofrecer un análisis que prescinda de los “presentismos”, para entender la actuación de los españoles en ese complejo fenómeno que significó su encuentro con un mundo nuevo. Roca pone en suerte los esfuerzos desplegados por la Monarquía Católica por evitar el exterminio y una conversión de los indios que no estuviera basada en la imposición. En esa tarea la acompañan otros historiadores e intelectuales que abogan por una reflexión desideologizada de ese periodo conocido como la Conquista.
A manera de introducción: el derecho de gentes
En su obra sobre el derecho de gentes, Concepción Arenal definía a aquel campo jurídico como “la justicia en las relaciones de todos los hombres, a cualquiera nación que pertenezcan”. En la definición delineada por esta destacada pensadora del catolicismo social, se advierte la influencia de Francisco de Vitoria, a quien investigadores y especialistas consideran como el padre del derecho internacional, entendido en tiempos de Vitoria como derecho de gentes; dicho concepto hunde sus raíces en la legislación romana (ius gentium).
En efecto, el grueso de la obra del dominico se concentra en las relaciones que deberían tener esos entes políticos que ahora denominamos Estados. Asimismo, los escritos de Vitoria responden a la coyuntura histórica de la Monarquía católica —retomo el puntual concepto manejado por Tomás Pérez Vejo— con respecto a las Indias. En las llamadas Relecciones, que presentó de manera regular al claustro de la Universidad de Salamanca, donde maduró la mayor parte de su obra, Vitoria traza las líneas generales que debía seguir la Monarquía Católica, en sus afanes por propagar la fe y extender sus dominios.
Ese derrotero teológico-jurídico incluía el respeto a la dignidad de los indios; el derecho que los naturales tenían a conservar sus prácticas políticas, culturales y religiosas; y las restricciones a la imposición de la religión cristiana a los indígenas americanos. En contraste, también reconocía el derecho de los castellanos a predicar el Evangelio en las tierras que recién habían incorporado a sus dominios, así como la posibilidad de comerciar con la gente que habitaba esos territorios.
De este modo, a partir de su formación humanista y apoyado en el bagaje del tomismo, Vitoria fue “el primer y mayor contribuyente a la construcción de un derecho que regulara ese totus orbis, hoy llamado comunidad internacional”, señala Pablo Antonio Fernández Sánchez. Es así como Vitoria construye un nuevo paradigma, a partir de la inédita circunstancia a la que hacía frente la Monarquía Católica.
Breves notas biográficas
Hasta la actualidad perviven algunas diferencias sobre el año de nacimiento de Vitoria. Isaac Vázquez Janeiro da una fecha tan tardía como 1492; en cambio, Ramón Hernández Martín lo sitúa en 1483. Así lo plantea este autor: “se cree que la fecha más fiable para su nacimiento es la de 1483. Otro cronista del Convento de San Pablo de Burgos, Gonzalo de Arriaga, que tuvo delante el libro de profesiones, hoy desaparecido, además de decir que nació en Burgos, añade que, al morir en 1546, tenía sesenta y tres años.
Desde joven, mostró aptitudes para “las buenas letras”, como consignó Luis Vives, uno de sus más cercanos amigos. Esas aptitudes llevarían a Vitoria hasta París, donde estudió e impartió clases durante catorce años.
De París a Salamanca, pasando por Valladolid

Ya como parte de los dominicos, recibió la orden de regresar a España. Primero hizo una escala en Valladolid, de donde se trasladó a Salamanca; en la ciudad del Tormes estaba llamado a darle forma a un cuerpo doctrinal que ayudaría a regular las relaciones de la Monarquía Católica con los naturales de las Indias; a la postre, iba a trascender esa coyuntura histórica. En efecto, las tesis de Vitoria cimentarán las bases del derecho internacional y del concepto de garantías individuales.
Francisco de Vitoria se puso a la cabeza de un grupo de teólogos que daría forma a la llamada Escuela de Salamanca, consultada regularmente por Carlos V y Felipe II; ambos monarcas pidieron orientación y asesoría sobre las acciones que debía seguir la Corona en las Américas. La Escuela de Salamanca parte del reconocimiento de la naturaleza humana de los indios y, con ello, el derecho que tenían a conservar sus formas de gobierno, prácticas culturales y hasta creencias.
“Ellos estaban en pacífica posesión de sus bienes pública y privadamente, luego, a no ser que conste lo contrario, hemos de considerarlos verdaderos dueños. Y mientras dura esta discusión no se les puede despojar de sus posesiones”, argumenta Vitoria en Sobre los indios. A partir de razonamientos de esta altura, se alcanzaba una cota humanitaria que había iniciado casi desde el primer minuto del encuentro, cuando menudearon las denuncias sobre la situación en la que se encontraban los naturales. “Porque españoles fueron los primeros en denunciar y condenar los abusos y crueldades de la primera conquista de América. Nada parecido sucedió en la Europa del Renacimiento. Los españoles criticaron su propia conquista. Y esta autocritica en cátedras universitarias y juntas de gobierno provocó nuevas concepciones, nuevas Utopías y nuevos proyectos sobre América en el reinado de Carlos I, rey de España y emperador de las Indias Occidentales [el subrayado es mío], expone Pereña Vicente.
Esa histórica decisión iba a permitir a la Escuela de Salamanca, y en particular a Vitoria, dejar una impronta que derivó en la consolidación de la herencia hispánica trasatlántica. Y es que, a diferencia de otros europeos, los españoles trasplantaron su cultura en las Américas: construyeron ciudades, extendieron su idioma, llevaron su fe, aclimataron su legislación.
Al respecto, Luis Suárez considera que Salamanca “trabaja de una manera especial en los dos derechos y consigue alcanzar con su madurez el reconocimiento de que en toda persona humana, sin distinciones de religión o de etnia, deben reconocerse esos derechos que la Iglesia había llegado a recordar: se trata pues del derecho de gentes, capaz de lograr que al otro lado del Atlántico se constituyan naciones y no simples colonias”.
Ese esfuerzo casi único en la historia universal pudo consolidarse gracias a las leyes y ordenanzas de la Monarquía católica, tras la consulta hecha a Vitoria y sus discípulos. Así lo hace ver el propio teólogo en Sobre los indios: “En materia dudosa hay obligación de consultar a aquellos a quienes corresponde dictaminar sobre el caso; de lo contrario no puede haber seguridad de conciencia, ya sea que haya duda en una materia de suyo lícita, o bien ilícita”, Asienta Francisco de Vitoria.
Años antes de esa reflexión, el teólogo dominico había bosquejado las razones por las cuales se establecen los lazos entre las diferentes sociedades, como apunta el profesor de la Universidad de Navarra, Juan Cruz Cruz: “En su relección De potestate civili –dada por Navidad de 1528– había enseñado Vitoria que “la humanidad entera forma una sociedad perfecta”, no sólo por la necesidad que cada nación tiene de las otras, sino también por la tendencia natural de ayudarse y a unirse con ellas.
Los salmantinos también contribuyeron a que se establecieran reglas para la ocupación del Nuevo Mundo. Ambos orbes (europeo e indio) tenían el derecho a la igual soberanía. La convivencia intercultural fue un postulado de la Escuela.
Las alturas de un gigante
Con sus ideas, Vitoria tejió los primeros hilos de ese lienzo llamado derecho internacional; también trazó los conceptos fundamentales de lo que ahora llamamos derechos humanos. Dibujó las líneas maestras de la Modernidad por lo menos doscientos años antes que la Ilustración francesa, a la que suele atribuirse los avances en materia de garantías individuales.
Asimismo, con su postura crítica ante la llamada conquista de América, Vitoria y los suyos alumbraron conceptos como la dignidad de los seres humanos. “Los derechos humanos fueron defendidos para toda la humanidad. Esto suponía una novedad”, reconoce Pablo Antonio Fernández Sánchez. Esa es la originalidad que distingue al pensamiento vitoriano y a quienes lo secundaron.
Cierro este bosquejo con las palabras de Vitoria, a propósito de esa necesaria justicia que reclamaba en sus escritos: “el orbe entero, que en cierto modo forma una república, tiene potestad propia de dar leyes justas a todos convenientes, como son las del derecho de gentes”.
En suma, la figura señera de Vitoria marca un rumbo nuevo, fincado en la vigorosa tradición legislativa castellana, pero sobre todo en una lectura piadosa y, por lo tanto, sumamente católica es decir, universal de la nueva realidad que le tocó vivir a su generación.

Yassir Zárate Méndez
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