En los últimos años, la migración ha copado la agenda mediática, en buena medida por las posturas de personajes como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Desde su primera campaña, el magnate reconvertido en político demonizó a los migrantes indocumentados radicados en la Unión Americana, en particular los de origen mexicano. Pero él no es el único en fomentar esa narrativa.

Grupos de extrema derecha en Estados Unidos y muchos países de Europa han convertido en bandera ideológica la “lucha” contra la migración irregular. Ejemplos sobran, con políticos como Giorgia Meloni en Italia, Santiago Abascal en España, Alice Weidel en Alemania y Marine Le Pen en Francia, cuyos partidos políticos han logrado representación parlamentaria e incluso ya encabezan gobiernos, como es el caso de Meloni. Todos muestran un profundo desprecio, e incluso odio a los migrantes provenientes del sur.
El discurso de esos extremistas presenta a las personas indocumentadas como criminales (violadores de mujeres, traficantes de drogas, ladrones), que llegan a los países receptores para quitarle el empleo a la población local, abusar de las prestaciones sociales (servicios médicos, educación) y, lo peor de todo, sacar dinero a través de las remesas. Los migrantes son los nuevos chivos expiatorios de todos los males que aquejan a aquellas sociedades. En realidad, ese relato refleja una agenda xenófoba, racista y supremacista.
Los números de la migración
Por diferentes motivos, la gente deja sus comunidades de origen para trasladarse a otros lugares. La mayor parte de las ocasiones se migra para mejorar las condiciones de vida, como ocurre con los mexicanos que deciden trasladarse al extranjero. La Organización de las Naciones Unidas, a través del documento denominado General International Migrant Stock 2020: Destination and origin, reporta que, en 2020, alrededor de 11.2 millones de personas originarias de México se encontraban viviendo en otro país. Pero esa cifra ha ido en aumento.
El Anuario de Migración y Remesas México 2025, elaborado por la Fundación BBVA y la Secretaría de Gobernación, recoge que “la población inmigrante mexicana en Estados Unidos ascendió a 12.7 millones de personas en 2024, volumen ligeramente mayor a las cifras observadas entre 2007 y 2023 que se ha mantenido relativamente constante alrededor de 12 millones de personas”. En tanto, el INEGI informa que “entre agosto de 2018 y octubre de 2023, 1,072,331 personas migraron de México a Estados Unidos”. California, Texas y Florida fueron los estados que captaron a más connacionales.
Por su parte, el gobierno de México reconoce la importancia que tienen los migrantes para la economía nacional, en particular quienes radican en la Unión Americana. Ni siquiera la emergencia sanitaria provocada por la COVID-19 disminuyó el flujo de dinero enviado por los migrantes a sus familias; de hecho, en 2022 se estableció un récord en el flujo de transferencias monetarias desde Estados Unidos, al llegar a 58 mil 497 millones de dólares, un crecimiento de 13.4% con respecto a 2021, lo que representó el 4% del PIB mexicano.
Esa tendencia se mantuvo durante los siguientes dos años. En 2024 la aportación ascendió a 64.7 mil millones de dólares, aunque el endurecimiento de las acciones de la Administración Trump contra los migrantes indocumentados podrían tener un impacto de hasta 5.8% a la baja, dejando un estimado de 61 mil millones de dólares al cierre de 2025, según proyecta el Anuario de Migración y Remesas México 2025.
Estas son las cifras. Pero el drama humano es más profundo, como refiere la coordinadora del Centro de Atención a la Familia Migrante e Indígena (CAFAMI), Norma Mendieta Mendieta, con quien conversó Revista Momento.
Para ella, el fenómeno migratorio se agudizó en la década de los noventa del siglo pasado, cuando concurrieron varios factores. Hay que tomar en cuenta que la integración de México al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica representó un cambio en varios aspectos de la vida del país. Por una parte, se aceleró el abandono de las comunidades rurales; las poblaciones se desplazaron a grandes centros urbanos, con el consecuente cambio de paradigmas. Por otro lado, la limitada oferta laboral, con sueldos muy bajos instigó el deseo de muchos jóvenes por buscarse la vida más allá del río Bravo. Muchos de ellos persiguieron el espejismo de una vida llena de comodidades, espoleados por el american way of life.
Algunas definiciones
La charla con la activista tiene lugar en San Francisco Tetlanohcan, sede de la CAFAMI. Este es considerado como uno de los diez municipios con mayor expulsión de migrantes, casi todos con rumbo a Estados Unidos. CAFAMI tuvo sus orígenes en 2001, a partir del trabajo comunitario; en octubre de 2011 se constituyó como una asociación civil sin fines de lucro, “para incidir más en los temas de políticas públicas y marcos jurídicos que brinden protección, atención a las familias migrantes, a las personas migrantes y a sus familias”, refiere Norma Mendieta.
—¿Quién es un migrante?
—Es una persona que sale del país, de su comunidad de origen, para residir permanente o temporalmente en otro.
—¿Cuáles son los derechos de los migrantes?

—Los mismos que los de cualquier persona, porque por el hecho de que migres no significa que dejes de tener derechos, primero a la vida, que es lo que está en riesgo cuando te vas. Ellos conservan su derecho a la vida, a la salud, a la educación, a un empleo, a poder, incluso, ejercer tus derechos políticos. Los derechos no se pierden, van contigo. Que te digan, y que la misma gente asuma: “No, pues sí soy ilegal, no tengo ningún derecho”, es parte de narrativas contrarias a los migrantes. Tus derechos son los mismos que tenemos todas las personas como ciudadanos de cualquier país.
—Son inalienables.
—Así es, intransferibles, irrenunciables.
—Una de las mayores particularidades del neoliberalismo es el de la libertad de tránsito de las mercancías, pero la restricción de ese derecho para las personas. ¿Cómo se explica esta contradicción?
—Es que no es una contradicción, es lo que hace este sistema: negar derechos, porque lo único que importa es la acumulación de riqueza. Las mercancías son esa expresión de la riqueza. Las personas no somos vistas como mercancía, pero no esa mercancía que puede transitar libremente, sino la mercancía que te genera la riqueza, a la que le puedo yo negar el acceso a los derechos.
A los pies de la Matlalcuéyetl
—¿Cuáles son los fines que persigue CAFAMI?
—La defensa, promoción para el respeto y el ejercicio de los derechos de las personas migrantes.
La expedición de la Ley de Atención y Protección a las Personas Migrantes y sus Familias de Tlaxcala (2011), dio pie a los integrantes de CAFAMI “a pensar en la incidencia con actores gubernamentales, el Ejecutivo, el Legislativo”. En esos momentos, buscaron crear comités, no solo del trabajo realizado en Tetlanohcan, sino para extender la influencia a otros municipios del estado. Querían que esos comités demandaran la creación del reglamento de la ley recién publicada, para que se pusiera en marcha el Fondo de Apoyo a Migrantes establecido en la norma.
Esos fueron los objetivos de ampliar el radio de acción de la organización, porque previamente el trabajo fue comunitario, con las familias de quienes estaban en los Estados Unidos, principalmente las mujeres, como esposas, madres, hijas y hermanas de los tlaxcaltecas del municipio que se encontraban en Connecticut, Nueva York y California. Y es que la migración tiene diferentes dimensiones.
Quienes se quedan forman las comunidades de origen, mientras que quienes se van, lo hacen como personas migrantes a un destino, en este caso, Estados Unidos, y en específico a los estados arriba mencionados. En medio se encuentra el retorno —que ahora es el trabajo central de CAFAMI— de aquellas personas que son deportadas o que, por cualquier circunstancia, tienen que regresar al municipio.
—¿Qué realidad encontraron ustedes en 2001 que los llevó a organizarse, primero de manera informal y después como asociación civil?
—En ese 2001 llega un grupo de antropólogos, la mayoría del estado de Puebla, provenientes de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, incluido uno que era de Tetlanohcan. Querían hacer un trabajo comunitario. Empezaron a organizar talleres para atraer a los jóvenes, sobre todo a niños, niñas y jóvenes. Eran talleres de música, de fotografía, de teatro, de inglés.
“En ese caminar e irse vinculando con las familias del municipio, las propias personas les empiezan a preguntar por temas de migración. ¿Cómo vincularnos, cómo poder llamar a nuestros familiares? En aquel entonces no había lo que ahorita, que manejamos un iPhone, ni siquiera un celular, sino un iPhone. En ese momento las comunicaciones eran vía telefónica”.
Bajo aquella dinámica, la gente les preguntaba a los investigadores cómo obtener una visa o cómo viajar sin tantos peligros. Poco a poco el trabajo se enfocó en la migración. Después de un par de años, los antropólogos decidieron enfocar sus esfuerzos en las mujeres que se quedaban con sus hijos, para ver qué se podía hacer en torno al tema migratorio, del que muchas familias estaban siendo impactadas por la separación familiar.
“Así, se ubicó a la separación familiar, ya sea porque vive uno acá, el otro allá, o porque, como sucede muchas veces, el esposo si bien se va a buscar la mejora de las condiciones de vida de esta familia, forma otra familia en los Estados Unidos. Se da una total desintegración, con hijos e hijas que viven sentimientos de abandono. Y estas mujeres que no identifican, que son las jefas de familia, que son las que sostienen, como en muchos estados de este país, a todas estas comunidades, que se quedan a cargo de ellas, de personas de la tercera edad”, agrega Mendieta.
—Esta zona del estado es altamente expulsora de migrantes.
—Así es. Está identificado, de acuerdo con estadísticas y estimaciones, no tanto a partir de un diagnóstico que se haga en el estado, sino de los datos que arrojan CONAPO, el INEGI y ahora la Unidad de Política Migratoria, se establece que en aquellos años el municipio de Hueyotlipan era el que tenía la mayor expulsión de habitantes hacia los Estados Unidos. Tetlanohcan se ubicaba en el décimo lugar por la expulsión.
“La migración en Tlaxcala empezó en los años 90, con el proceso de industrialización que empezó a surgir, y que representó para las familias la expulsión del campo, que tuvieran que trabajar como obreros, pero no con las mejores condiciones laborales. Desde aquel entonces había bajos salarios; a la fecha seguimos siendo un estado donde apenas se perciben dos salarios mínimos. Además, no hay las mejores condiciones laborales, no hay prestaciones, no se genera antigüedad. Todo esto significaba un salario que no permitía cubrir todas las necesidades de la familia; te permite sobrevivir, pero no aspirar a [tener una mejor vida]; si tienes algún problema de salud, a poderlo atender, a que tus hijos estudien, a ir mejorando tu calidad de vida.

“Por eso empieza esta idea de ir migrando. Después se hace como una cultura, porque ya está allá mi primo, mi tío, mi papá, y empiezan las familias a decir: ‘Voy a alcanzarlo, ellos me van a ayudar, una vez que llegue, a encontrar un trabajo y una vivienda, a irme adaptando a estas nuevas condiciones de vida’.
“Eso pasó en Tetlanohcan, pero qué significaba, que aquí se quedaban la esposa, los hijos, y a veces ni siquiera eso. La esposa alcanzaba al esposo y los hijos [se quedaban] a cargo de los abuelos; eso es algo que empezaron a percibir quienes iniciaron el trabajo comunitario. Muchos de estos hijos se quedaban a cargo de los abuelos, los tíos o las tías, por lo que la separación familiar era mucho más profunda.
“Esas situaciones es muy difícil que se perciban, porque lo que se ve, y desde luego esto tampoco se puede negar, es que la migración sí significa para las familias poder acceder a mejores niveles de educación, a tener las condiciones necesarias para cubrir cualquier necesidad de salud, y contar con diferentes bienes. Por ejemplo, una casa es uno de los grandes logros. Si ustedes observan las construcciones que hay en Tetlanohcan, son casas muy grandes, que pudieron ser mejoradas a partir de las remesas que llegaban. Muchos comercios se abrieron también gracias al dinero que mandan los migrantes, o poder contar con una camioneta, o con ropa de marca, y posteriormente una laptop, un celular, un iPhone. Sí representa para las familias la mejora de su calidad de vida”.
—¿Y qué impacto tiene la migración en otros aspectos, como el emocional?
—Se han hecho muchos estudios y diagnósticos, y particularmente hay investigaciones de parte de la UAT, del CIISDER. Vinieron acá, trabajaron con las familias, fueron conociendo estas particularidades en niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Percibían que los niños tenían ese sentimiento de: “Pues sí, tengo muchas cosas, pero ni siquiera conozco a mi papá” o “Me dejó tan pequeño que solo lo he visto por teléfono…”. Antes se comunicaban con llamadas telefónicas, ahora es con videollamadas, o utilizan la computadora para verse, pero no es lo mismo.
“El contacto, poder abrazarse, estar en fechas importantes, eso no se da; para ellos eso no existe, ni para los hijos, ni para los padres. Tienen que darles lo mejor, pero no verlos crecer, no compartir los momentos más importantes de su vida. Eso no existe para estas familias.
“¿Por qué? Pues porque tienen que vivir separados por las propias condiciones, de un país que les está negando poder quedarte y poder decir: “Aquí tengo todo lo que necesito”. Claro que no siempre es eso, es también esta idea que nos han metido, de que debemos tener muchas cosas, aspirar a grados académicos, a trabajar en el gobierno, para ser personas exitosas, porque de lo contrario no soy nada, no soy nadie; eso es a lo que aspira la mayoría de las personas. ‘No quiero quedarme como un obrero, yo no quiero quedarme como un campesino, yo no quiero ser solo alguien que maneja una combi. Yo quiero tener otras posibilidades, que definitivamente es algo a lo que todo mundo aspiramos’”.
Los que se quedan
—¿Cómo manejaron los abuelos, los tíos, las personas mayores, la responsabilidad de ser cuidadores, esa “carga” que le dejaron los que se fueron?
—Es muy complejo. Los niños tienen una sensación de abandono: “Me dejaron. Tengo cosas, pero no tengo a mis papás, no tengo esta convivencia cotidiana”. Como muchos de nosotros, empiezan a tener actitudes de rebeldía ante esas circunstancias. “¿Por qué a mí me tocó eso?”, y más si vas a una escuela donde ves a los otros niños que llegan con los papás, que en las fiestas están juntos.
“Lamentablemente, también se daba [una especie de cuestionamiento:] “¿Tus papás dónde están? Tu papá está lejos, yo sí tengo a mi papá”. Y esa es una comparación que tenemos, porque tampoco vivimos en la ciudad donde no tenemos ese contacto tan estrecho. Aquí todo el mundo conoce a todo el mundo, y saben que el papá está en Estados Unidos”.
—¿Eso se convierte en un estigma?
—Sí. Esa situación se extiende a las mujeres. Ellas tienen que serles fieles al esposo, porque ellos las controlan desde una llamada. Les ordenan: “Vas a utilizar el dinero que te mande en lo que diga yo”. Aunque no esté el jefe de familia, físicamente sigue mandando desde allá. Si se quedaron con las suegras, tienen que hacer lo que dicen los papás de él.
“Además, esta vigilancia de: ‘Te tienes que portar bien’. Porque si no, vas a ser señalada, empezando por la comunidad, que te va a cuestionar lo que hagas: ‘Por qué sales y pláticas con X o Y’. Son terribles situaciones en las que se piensa que la señora es infiel.
“También hablamos de una estratificación que se da entre los que reciben remesas y empiezan a cambiar sus condiciones de vida y los que no, los que se quedan aquí y siguen trabajando en lo que se puede. Hay procesos que está produciendo la migración”.

—Qué es lo que alimenta ahora al fenómeno migratorio.
—La explicación que tengo del fenómeno migratorio es a partir de un sistema, que es el sistema capitalista, que nos lleva a que seguimos siendo fuerza de trabajo, una fuerza de trabajo explotada en otro país. No tenemos medios de producción y no nos queda otra opción de buscar cómo seguir viviendo. Son pocos los que ganan fortunas en este país. El uno por ciento tiene la riqueza y todos los demás somos trabajadores, empleados, nada más.
—¿Hay una cultura de la migración en San Francisco Tetlanohcan?
—Yo creo que hay una cultura de la migración en el país, no solo en San Francisco. Tristemente, he escuchado a los jóvenes, a los niños que digan: “Tengo dos opciones, o soy padrote o migro. Si quiero cambiar mis condiciones de vida. Si no, pues voy a seguir como todos”. Aspiran a ser padrotes porque ven lo que ganan ellos.
—Con el paso de los años también se van las mujeres.
—Empiezan a migrar las mujeres, ya sea porque van a alcanzar al esposo, para trabajar los dos y regresar más pronto, para que los hijos no estén solos, o al cuidado de sus familiares. Las mujeres migran y otra situación que también se da entre ellas es si viven situaciones de violencia intrafamiliar. “Me voy, dejo a este hombre y exploro otra posibilidad de darle a mis hijos mejores condiciones de vida. Porque pues aquí trabajaré como empleada doméstica o en un comercio, pero nunca voy a poder tener esa posibilidad de darles el estudio, la salud, mejores condiciones”.
—En el caso de los abuelos, ¿qué papel acaban teniendo?
—Acaban teniendo el papel de los padres, siendo los responsables de la educación de los hijos, de cuidarlos, de evitar que anden en malos pasos, como se dice; que estudien, que obedezcan, que se adapten a estas nuevas condiciones de separación familiar. Son los responsables, como muchos abuelos ahora, incluso para las mamás que trabajan.
—Es una doble paternidad.
—Tienen que ejercer la doble paternidad.
—Con los hijos y con los nietos. Ahora, en comunidades como esta, en donde no sé si estoy idealizando, pero tengo entendido que todavía hay un respeto hacia los mayores.
—Todavía, sí, [pero como antes]… Porque ellos mismos dicen: “Antes, nos encontraban y si era el padrino, se hincaban, esperaban mi bendición y me besaban la mano”. Ahora eso ya no se ve. Ya no es una práctica cotidiana. Pero desde luego no es la falta de respeto, como dicen ellos, que puedes ver en la ciudad.
“Sin embargo, sí se empiezan a percibir personas de la tercera edad solas, que a final de cuentas se quedan solas porque los hijos ya no regresan. Se ven las casas enormes, muy bonitas, pero no hay nadie en esa casa. Es algo que no solo sucede aquí, sino en varios municipios del estado. Está la casa bien bonita, pero no hay nadie en esa casa. Antes de que hubiera esta política anti-inmigrante tan fuerte [en Estados Unidos], podía pasar la familia completa. A veces eso era lo que sucedía. Se iba la esposa y luego mandaban por los hijos. Muchos hijos lograron irse así. Otros no.
—Y los abuelos poco a poco han ido falleciendo.
—Cada año vas viendo partir a las personas más grandes de este municipio.
—¿Se han erosionado las figuras de autoridad?
—Sí, ya no es [como antes]. Yo no lo viví, porque no nací aquí. Es de lo que a mí me cuentan. Eso ya no lo ves. Y mucha gente de la tercera edad dice: “Ya no me besan la mano. Ya no se esperan, ya no me saludan como antes”. Y bueno, también es parte de lo que cada familia les inculca a los hijos. Hay familias que sí siguen diciendo: “Es tu tío, es tu tía, es tu abuelo, es tu abuelita, salúdalo. No lo ignores”. Y hay familias, bueno, si los papás están allá y los abuelitos ya están cansados, ¿quién les va a estar diciendo, haz esto o haz lo otro? ¿Cómo se reproduce, si ya no hay esta figura de autoridad? Los papás que te dicen, tienes que saludarlo, tienes que respetarlo, tienes que cuidarlo, porque los abuelitos ya están cansados también, porque tienen que tratar de educar a estos niños que están bajo su cuidado.
Los que se van
—¿Podría bosquejar un perfil de cómo es la mentalidad y la conducta de un migrante con los que usted haya tenido contacto?
—Los que regresan enfrentan la ruptura de su proyecto de vida; muchos de ellos no quieren regresar. Como un 80% quiere estar allá, por eso siguen allá. Los demás, son pocos los que dicen, porque sí lo he escuchado, pero es la minoría: “Yo ya no quiero estar en este país, yo me regreso. Acabó por lo que vine, por lo tanto, me regreso”, pero son la minoría, los demás siguen estando allá, las familias acá y ellos allá.
“Sí llegan en la depresión por haber tenido que regresar; es un sentimiento de depresión, un sentimiento de enojo, el decir: “Quiero regresar”, porque aquí obviamente si haces la comparación salarial, pues nada que ver. Están acostumbrados a tener un cierto número de ingresos y aquí lo ven reducido a menos de la mitad; es una frustración muy grande. Además, muchas veces regresan ya no en sus 20 años, sino en sus 40, y en este país después de los 40, eres un producto desechable, lamentablemente así te miran. Encontrar un trabajo es muy complicado.
—Habitualmente, ¿en qué trabajan?
—Aquí lo que se menciona es que están en servicios, en la construcción, en jardinería también en los restaurantes. Es a lo que ellos se dedican.
—¿Y cómo les ha ido?
—Desde la perspectiva de que su familia está mejor acá, pues les ha ido bien. Lo que viven ellos allá, pues son condiciones de explotación. Simplemente, y ahí es otra cosa que nosotros peleamos mucho, el hecho de que te digan ilegal es como para disfrazar y decir: “Te hago el favor de contratarte, de darte un trabajo porque tú eres un ilegal”. Las personas no son ilegales. Ellos no están ahí con un documento, con una visa, pero ilegales no son, no han cometido un delito.
“Bajo esa circunstancia, les pagan menos, obviamente, no tienen acceso a prestaciones tampoco, como no las tienen aquí, pero allá tampoco, y viven las situaciones de discriminación. Primero, porque tienen que aprender un idioma. Muchos de los que regresan ya lo saben hablar, pero cuando llegaron allá, tuvieron que entenderlo, aprenderlo y fueron discriminados por esa situación. Tienen que vivir allá hacinados, porque el costo de la vivienda es carísimo; tienen que vivir 10 u 11 en un espacio muy pequeño para que puedan ahorrar y así poder enviar más remesas a las familias. Sus condiciones no son buenas.
—¿Esa situación se ha mantenido en estos 25 años que lleva usted en este proceso de acompañamiento o ha habido un cambio? ¿Cuál es la dinámica?
—La dinámica es que, la mayoría, digamos como un 80%, cumple con ese papel. Sigue siendo el jefe de familia, sigue mandando dinero. El otro 20%, pues se desentiende. No es fácil adaptarse a la soledad, a vivir en un lugar donde eres excluido totalmente, donde te explotan. Entonces, toman otros caminos. Pero la mayoría sigue enviando remesas. Es más, en el tiempo de la pandemia [de COVID-19] no hubo una caída drástica de las mismas. Ellos siguieron trabajando a pesar del riesgo que implicaba para su propia vida. Eso es innegable. Tan innegable que las remesas son un sostén, no solo de estas familias, son un sostén económico para el país. Porque siguen ellos trabajando, a eso se dedican. Trabajan dos, tres turnos, sus únicos días de descanso los dedican a lavar la ropa, a comprar los víveres para toda la semana y se dedican a trabajar.
“La dinamización de la economía local es a partir de las remesas. ¿A dónde gastan estas familias ese dinero que reciben? En sus localidades, en su municipio, en su estado. No hay otro lugar donde ellos vayan, compran, consuman y están beneficiando al resto de quienes no han migrado. Se gasta en salud, en educación y en alimentación”.
—¿Qué aportan los migrantes a los Estados Unidos?
—Pues toda la riqueza con su trabajo. La riqueza que no pueden generar aquí, van y la generan en ese país. Son un sustento de todos esos trabajos que los estadounidenses no quieren realizar. En el trabajo agrícola, el sustento es de la fuerza migrante, no hay otro. Y ese va a ser el tope que le pongan al señor Trump. “No me puedes quitar a los trabajadores, porque quién me va a recoger la cosecha”.
—¿A qué atribuye el rechazo o incluso el odio que algunos sectores estadounidenses han expresado contra los migrantes, particularmente los mexicanos?
—A toda la narrativa que manejan sus líderes. Eso de decirles: “Estamos siendo invadidos por los migrantes”. Antes el enemigo eran los comunistas, después los terroristas, ahora el enemigo son los migrantes. “Vienen, nos invaden, nos quitan los trabajos, son criminales, son narcotraficantes, son violadores, son de lo peor”, se dice.
“Si estoy viviendo en una sociedad que a mí no me satisface, que tampoco me está dando lo que me dijeron que me iban a dar, como decimos en México, no veo quién me la hizo, sino quién me la paga y el enemigo es el migrante que está invadiendo mi país y me está quitando el empleo, como lo decimos aquí de los centroamericanos, decimos lo mismo. ¿Cómo podemos pedir trato digno a nuestros migrantes cuando aquí hacemos exactamente lo mismo o peor, con quienes están transitando por el estado y por el país? Los tratamos exactamente igual”.

—Durante muchos años se ha hablado de una reforma o una regulación migratoria, ¿esa sería una solución?
—Sería una solución, al menos para que la gente no viva con este temor de que en cualquier momento me sacan del país y acaban con lo que [he logrado]… porque hay gente que ya tiene una vivienda, que ha construido un negocio, que se ha hecho de propiedades y ahorita te expulsan del país y te quedas sin nada… porque no te puedes traer la casa, no te puedes traer el negocio, a veces ni tus ahorros.
“Que les den una condición documentada, sí les permitiría otra situación, como sucede con la gente que está aquí, que ha optado por que México sea su destino. Aquí ya tenemos colombianos que necesitan un estatus migratorio regular, para poder acceder a todos los derechos, a todos los servicios. ¿Por qué no lo tienen? Pues porque te ponen 20 mil peros, para empezar el costo, que además se acaba de duplicar. ¿De dónde van a sacar para pagar una multa por el tiempo que han vivido indocumentados? Para pagar la solicitud e iniciar el proceso de regulación y luego para pagar el documento que certifique que son personas en condición migratoria regular. ¿De dónde? Si no les van a dar un buen trabajo, porque no tienen un documento. Lo mismo sucede con ellos; sería una forma de mejorar las condiciones. Esas son parte de las demandas que hacemos como sociedad civil”.
—¿Se dan procesos de asimilación allá en Estados Unidos?
—Que ellos se incorporen es complejo, porque, insisto, siguen siendo vistos como los indocumentados, son apreciados, porque lo hemos visto ahorita con el tema de Trump, son valorados, porque son personas muy trabajadoras.
“Si algo se dice de los mexicanos, por ejemplo, es que son personas muy trabajadoras, entonces son apreciados por eso; sin embargo, en esta escala es el indocumentado, más bien probablemente los hijos, las segundas y terceras generaciones, que se fueron de pequeños, que ya crecieron allá, que ya recibieron la educación allá, aunque hayan nacido acá, o los que nacieron allá, o sea, es otra, no es lo mismo ser un indocumentado que ser un ciudadano estadounidense, desde luego que no”.
Apoyo a migrantes
—En el caso de las personas que usted ha acompañado ya como retornados, ¿cuál es el trabajo que realiza la CAFAMI?
—Nosotros iniciamos el trabajo de incidencia no solo en el estado, con este tema de la ley, sino a nivel nacional. Nos sumamos cuando se estaba elaborando el Plan Nacional de Desarrollo en el sexenio de Enrique Peña Nieto. Nos sumamos organizaciones de Centroamérica, de Estados Unidos y de México. La idea era que el tema migratorio fuera considerado dentro del Plan Nacional de Desarrollo.
“Se lograron importantes avances, porque a partir de esa incidencia y de ese trabajo en colectivo, se creó el primer programa especial de migración 2014-2018. Y ahí uno de los temas identificados fue el de todas las dimensiones de la migración: las comunidades de origen; las personas en el destino, en los Estados Unidos; los que están transitando.
“También se identificaron las necesidades de las personas migrantes que están retornando. Y algo que se veía es que quienes regresaban, además de todas estas situaciones de empleo, había algunas cuestiones con sus hijos, los hijos que nacieron en los Estados Unidos, que son estadounidenses, pero por ser hijos de padres mexicanos, también son mexicanos, aunque no hayan nacido aquí, como lo establece la Constitución en su artículo 30.
—¿Qué pasa con esos niños?
—Regresaban aquí y, a pesar de ser mexicanos, viven en este país como si fueran personas extranjeras. Si no tienes tu acta de doble nacionalidad y tu CURP, no puedes acceder a nada, porque eso lo vivimos nosotros. Si no [tienes esos documentos], no puedes tramitar absolutamente nada en este país. ¿Y ellos cómo lo van a tener? Cuál sigue siendo el obstáculo principal para acceder al reconocimiento de tu nacionalidad mexicana, que es el problema principal. Desde el Código Nacional, los códigos estatales y los reglamentos de los registros civiles establecían un requisito, que estos niños tenían que traer el acta de nacimiento con lo que se llama la apostilla”.
—¿Qué es la apostilla?
—Es un sello que indica que la persona que te firmó el documento tiene las atribuciones legales para hacerlo. En síntesis, que esa acta que estás presentando no es un acta falsa. Ni siquiera la apostilla avala que el contenido del documento es certero, no. Nada más que quien lo extendió, es alguien con la facultad legal para hacerlo. Y el problema de la apostilla es que no puedes hacerlo aquí. Tienes que regresar. ¿Y cómo regresa una persona deportada? Cuando sabe que si regresa puede ser incluso encarcelada. O, aunque no te hubieran deportado, si se fueron sin documentos es porque no te otorgaron la visa, y en el caso de que te la otorgaran, ir a Estados Unidos no cuesta mil pesos. ¿De dónde sacas para irte para allá? Es prácticamente imposible acceder a eso desde México.
“Sí se puede hacer vía por internet y demás, pero qué puedes hacer si todas las aplicaciones son en inglés. ¿Quién te ayuda con eso? ¿Quién te guía? Vas a las instituciones y a mí me pasó. Cuando yo estaba en el conocimiento del tema, hablaba a los registros civiles. Estoy hablando de 2016, 2017. “Disculpe, quiero registrar la doble nacionalidad de mi hijo. ¿Qué requisitos son?” “La apostilla”, “Ay, perdón, pero yo no sé qué es la postilla. ¿Me puede usted decir adónde la tramito?” Me mandaban a la embajada de los Estados Unidos, a la Dirección de Atención a Migrantes, al Registro Civil, a la Secretaría de Relaciones Exteriores, al Instituto Nacional de Migración. En realidad, la respuesta era: “Señora, aquí usted no la va a poder obtener”. Me mandaban, a mí, como mandan a muchas personas, y llegan ahí para que les digan: “No, pues aquí no es”.
“Si tuvieron la suerte de encontrar un funcionario que sepa cómo, qué es la apostilla y cómo obtenerla, pues les van a decir: “Olvídese, usted va a tener que hacer un proceso a larga distancia vía internet”. O lo que hemos conocido, lamentablemente, es, que son estafados por “gestores”. “Yo te tramito la visa, yo te traigo la apostilla”, y les sacan desde los 30, 40, 50, 60 mil pesos. En el mejor de los casos les entregaban los documentos apostillados, pero en la mayoría se desaparecían con su dinero. Y ese es solo un tema, el tema de la postilla”.
—¿Es muy frecuente que sean timados de esta manera?
—He conocido muchas historias de: “Pues yo la intenté y me quitaron el dinero”; “Yo di tanto” …
—¿Son coyotes?
—Son gestores. No sé si realmente son abogados o se dicen abogados.
—¿Por qué caen en las garras de estas personas? ¿Por desconocimiento?
—Sí, por desconocimiento y por la necesidad. Si yo necesito que mi hijo entre a la escuela y no me lo están aceptando porque no tengo los documentos, si lo traigo enfermo y necesito que le den atención médica y no cuento para meterlo a un hospital privado, necesito el documento.
—¿Eso ya cambió?
—Tlaxcala es el único estado que ya cuenta con el programa de dispensa de la apostilla, pero tiene dos años, a partir de julio de 2023. Pero antes eran estas historias de contratar un abogado para que haga mandar los documentos, hacer las traducciones, regresarlo, que me llevara al registro civil. Otro problema, que se sigue dando y que son casos que atendemos igual, que les decían: “Regístralo como si hubiera nacido acá y te quitas de problemas”. Y lo registraban. Eso se llama doble registro. Y hay que hacer un juicio para lograr la nulidad de esos documentos. Un juicio que significa contratar a un abogado, porque si es un juicio no lo puedo hacer yo. En unas jornadas que hicimos apenas, nos llegó una familia que registró de este modo a tres de sus hijos y que un abogado les cobraba 50 mil pesos por cada uno. Nos dijeron: “¿Cuándo vamos a ver 150 mil pesos en la vida?”.
—¿Pero se quedan indocumentados?
—No, se quedan como tlaxcaltecas, pero pierden la nacionalidad estadounidense.
—¿Es complicado sacar el acta de nacimiento en Estados Unidos para quienes sean hijos de inmigrantes indocumentados?
—Es fácil. Puedes ir a la embajada y hacer el trámite. Y, además, no tienes que presentar apostilla, no tienes que presentar traducción, porque aquí te piden la traducción de ese certificado al español. Y esa traducción no la puedo hacer yo, aunque sepa el inglés. La tiene que hacer un perito traductor validado. En Estados Unidos no te lo piden. Pueden hacerlo allá, si les informaron y si saben que lo tienen que hacer. Y si no, no. O van a la embajada y algo que se repite, que es otra de nuestras demandas, tienen que estar los dos papás. ¿Y si ya se separaron? ¿De dónde sacó al papá?
—¿Si murió?
—Bueno, si murió y tengo el certificado de defunción, no hay bronca. Pero, simplemente, si el señor se fue por los cigarros y ya nunca regresó, ¿de dónde saco al papá? Entonces no pueden registrarlo. Y esa es una historia que se repite. Acabamos de estar en La Magdalena Tlaltelulco, [donde conocimos el caso de una señora que] acudió al consulado y no pudo registrarlo por eso. Traía el acta de nacimiento sin apostilla.

—¿Son frecuentes esos casos?
—Muchos.
—¿Cuántos ha atendido usted?
—Yo acá, más o menos desde que empecé, al menos llevo unos 50. Empecé en el tema tratando con estos niños desde 2016. Y era triste decir, a veces no siempre se podía esta vinculación con las organizaciones para poder obtener la apostilla. Y eso sucede en todo el país. Para lograr el cambio de que en las escuelas les permitieran no presentar el documento apostillado, exigieron una investigación. “A ver, díganme cuántos son los niños que están siendo afectados”. ¿Por qué tiene sociedad civil que hacer ese trabajo? Eso, eso no es la labor de sociedad civil. Hacer un diagnóstico, un diagnóstico en todo el país, cuando muchas veces carecemos de recursos.
—¿Ya se subsanó?
—Porque sí se impulsó, digo, algo que no puedo negar, es que en ese tiempo sí se nos permitió la vinculación con las autoridades de la SEP. Se llegó a dialogar con el entonces secretario de Educación Pública, Emilio Chuayffet, y además hubo un trabajo coordinado, entre la sociedad civil, la academia, que son los que realizan investigaciones, y llevar los testimonios justos de los Dreamers. Cuando los funcionarios escucharon todo lo que enfrentaban, entonces dijeron: “Sí, sí lo vamos a cambiar”. Tristemente, ya se cumplieron 10 años en septiembre, y sigue sin aplicarse la normativa. Ahora ya no te pido tu acta apostillada, pero quiero tu acta mexicana, para que no tengas problemas, para que quedes formalmente registrado. Tlaxcala, afortunadamente, yo puedo decir, porque como trabajo con otras organizaciones a nivel nacional, que en Tlaxcala no se les niega, pero hay otros estados en donde no entran, simplemente no entran. Aquí sí entran, insisto, toda educación básica la pueden cursar, pero pasan la preparatoria y no hay manera, o como le pasó a la señora de hace ocho días. No se los recibieron porque tenía que presentar el registro en el Seguro Social, porque en bachillerato les dan esa prestación. ¿Cómo obtiene un registro en el Seguro Social un ciudadano que no es mexicano?
—Aunque sea mexicano.
—Aunque constitucionalmente sea mexicano. Y eso fue, por ejemplo, uno de los argumentos que maneja mucho el actual director del Registro Civil, Víctor Hugo Mena Hernández. Existe un principio que es la supremacía constitucional. No es posible que un reglamento o un código esté por encima de la Constitución, y está siendo manejado así. Hay que cumplir con lo que dice el reglamento. Estos funcionarios desconocen la realidad migratoria. “¿Por qué no me traes el papel? Si yo nada más estoy pidiendo estos requisitos, ¿por qué no me lo traes?”. Por eso cuando yo preguntaba, ¿y la apostilla dónde la obtengo? Solo hubo uno, de todos [los funcionarios] a los que llamé que me dijo: “No, señora, la apostilla se obtiene donde le dieron el acta de nacimiento”. Pero fue solo uno, ¿de todos los demás?
—¿Más casos de este tipo?
—Hay muchos todavía. Ahorita por eso nos estamos encargando, viendo lo que pasó con el cambio a nivel de la Ley General de Educación; durante el primer mandato de Trump, se trabajó con el Senado, y se hizo el cambio en la Ley General de Educación. A pesar de eso seguimos viviendo estos casos de que no se les permite el ingreso. O se les permite el ingreso a la escuela, pero todo el tiempo están condicionando a los papás: “Me entregas tu documento o vamos a sacar a tu hijo”. O sí los dejan terminar, pero no les dan el certificado, ¿de qué sirve [haber ido a la escuela]?
—Tres años perdidos.
—Tres o seis años de primaria. O los tres de secundaria, ¿sí? Viendo eso de que sociedad civil no solo tiene que hacer una propuesta de qué cambios normativos se requieren en políticas públicas, tenemos que dar seguimiento a la implementación, porque si no se queda bien bonito el cambio, pero no se hace, no se cumple. Y tenemos la suerte de que podemos trabajar de manera coordinada con el Registro Civil y con la Secretaría de Educación Pública, que nos canaliza los casos para dar asesorías. ¿Por qué hay que dar asesorías? Porque seguimos viendo el caso de quien se aprovecha. Los que recién llegan, ¿a dónde acudan? Tienen años sin vivir en este país. Y los que regresaron hace quince, ya me han dicho como mil veces que no puedo obtener el acta.
“Tenemos entonces que brindar la asesoría, brindar la información y decirles: “En Tlaxcala tienes el programa de dispensa de la apostilla, ya lo puedes hacer, ya no hay el obstáculo más importante. Ya no tienes que regresar a Estados Unidos, ya no tienes que pagar dinerales a un gestor que luego no te va a cumplir”. Hicimos cinco jornadas en vinculación con el Registro Civil y con la SEP para hacerles llegar la información y que no haya el obstáculo de que por desconocimiento permanezcan en esta situación”.
Yassir Zárate Méndez
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Fotografía: Lidia Patricia Corona Montiel
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