Premio estatal: Mención Honorifica 2019, Danza de los Negritos, en riesgo de perderse por falta de músicos
Publicada en Septiembre 2018 Edición 130
“Este baile es una manifestación religiosa en el nororiente del estado de Tlaxcala”
La danza es una de las manifestaciones artísticas más antiguas de la Humanidad y en infinidad de culturas tiene un valor simbólico, ritual y representativo, ya que se realiza por motivos lúdicos, sociales, religiosos y artísticos.

Las comunidades del estado de Tlaxcala no son ajenas a estas expresiones artísticas, siendo las danzas de Carnaval las más conocidas, pero en la región nororiente de la geografía estatal es tradicional la Danza de los Negritos, un baile con un significado meramente religioso y además ligado a las actividades del campo.
Algunos de los elementos que componen una danza son el ritmo, el movimiento, la expresión corporal, el estilo y el espacio, de modo que la música es fundamental para la ejecución de la misma.
En el caso de la Danza de los Negritos un problema que se enfrenta y que pone en riesgo la continuidad de este baile es la extinción de personas que tocan los sones con un violín, pues los niños y los jóvenes no se interesan.
Con el propósito de conocer más sobre esta danza que se practica en comunidades de los municipios del nororiente del estado, Revista Momento plática con el profesor de artes, José Pilar Javier Castro Ramírez y con algunos pobladores de esa región que luchan por mantener viva esta tradición. Javier Castro es profesor de artes en la Secundaria Técnica número uno de la ciudad de Tlaxcala y catedrático en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).
Lleva 35 años como docente y en la secundaria tiene a su cargo un grupo de danza, por lo que desde 1986 se ha dado a la tarea de investigar sobre este baile, a través de interrelacionarse con los grupos de Toluca de Guadalupe y Acopinalco del Peñón como una forma de aprender más, de acercase al fenómeno social y ver la conducta del danzante.
“La Danza de los Negritos de Toluca de Guadalupe es un complejo genérico porque existe este baile en Tlaxcala y Puebla. Hay diferentes municipios donde se practica como Tlaxco, Terrenate, Atltzayanca, Cuapiaxtla, Tequexquitla, Chignahuapan”, expone el profesor.
De acuerdo con estudios realizados por él, la danza llega a Toluca de Guadalupe entre 1935 y 1937, cuando se funda el pueblo. Las personas llegan de diferentes rancherías como La Concepción y La Caldera, ahí les dan tierras de lo que hoy todavía son las haciendas de Tenexac y La Noria.
Al poco tiempo empiezan con sus costumbres, por ejemplo, si en sus lugares de origen acostumbraban bailar, la danza para ellos es una parte simbólica, continúan haciéndola y la organizan en Toluca de Guadalupe.
Con el tiempo va tomando características diferentes en las regiones cercanas, debido a que llega gente de varias comunidades y cada una trae un estilo, pero en Toluca de Guadalupe va a adquirir un estilo propio.
Cita que esa comunidad primero se llamó Toluca de Guerrero como colonia, después se convierte en pueblo y se llama Toluca de Guadalupe porque la gente empieza a venerar a la virgen de Guadalupe.
Por eso, esta danza también es Guadalupana porque la bailan el 12 de diciembre en Atltzayanca, Tlaxco y Toluca, de tal forma que tiene una identidad profundamente religiosa.
De acuerdo con sus estudios de campo, el primero que empezó a tocar con violín esta danza fue el señor Alberto García, músico que ya falleció y también ejecutaba la música de la Danza de los Cuchillos. Posteriormente, quien retoma la parte musical es su sobrino Floriberto Vázquez.
Agrega que hay varios mayores –así se llama a las personas que conducen la danza y van en medio bailando–, como don Francisco Hernández, quien se integra a esta expresión artística desde muy pequeño. A él se la entregan y el obispo le bendice la danza, el sombrero y a los niños que participan. Luego la retoma en 1975 y le pone su estilo. Cada Mayor, de acuerdo como la observa y la vive, le va haciendo adecuaciones.
La estructura de la Danza de los Negritos
En la estructura de la danza está la figura principal que es el Mayor, el cual representa al capataz de las rancherías, el que sometía a los peones. Viene siendo como el papá de la danza, detrás de él viene la Maringuilla, que antiguamente era un hombre que se vestía de mujer y representa a la esposa que lleva la comida al marido y a los hijos en el campo.
Las personas que están a los costados son los punteros, peones o negros, quienes ayudan a llevar la batuta de la danza junto con el Mayor.

También hay otro personaje que se llama el Gracejo, que es la persona que se tizna el rostro y representa a los animales del campo. “El Gracejo lo conocemos como el payaso, el cómico, pero a la vez funge como el que cuida la danza, que nadie intervenga, que nadie moleste, que los danzantes estén bien formados; si el Mayor necesita algo, le dice al Gracejo lo que requiere”.
Puede haber dos o tres Gracejos, no importa, pero por lo regular solo hay uno y lleva un animalito del campo que representa el que hace perjuicios en los cultivos, porque busca el maíz, se come las calabazas, las verdolagas.
Todos los participantes llevan vestimenta normal, nunca han utilizado el calzón de manta, si bien es una danza campesina, una danza agrícola, porque debe cumplir peticiones de lluvia, de buena cosecha, para la subsistencia.
Entre la parafernalia del baile, los actores llevan una corona que ellos hacían con varas, tipo como adornado con flores, listones, espejos y papelillos que viene de las danzas campesinas de los arrieros de atrás de La Malinche que se llama Danza de los Toriteros, gente que arreaba a los toros.
O también se usa un sombrero de palma que forran con un paliacate, lo hacen cuadrado, le colocan flores y espejos porque simbolizan la parte de la naturaleza; por ejemplo, las flores representan el campo; los espejos, el sol; una coleta de papel de china de colores, el arcoíris, lo que representa la lluvia.
Las bandas cruzadas de tela que portan en el pecho dan una identidad entre ellos. Son a base de popelina o satín, aunque antes eran de lana. Ahora ya le ponen bordados o lentejuela.
Los sones que se tocan con el violín son para marcar los pasos que siguen los danzantes, los cuales denominan la entrada, la cruz, el despuntado, media vuelta, vuelta entera, el coyotito, la cadena o la trenza, la salutación y la salida.
Todos estos pasos, dentro de su cultura, representan algo porque se habla también de danzas agrícolas, el movimiento corporal hace referencia a la acción. Hay pasos que simbolizan el estar destapando la tierra, tapando el maíz, la parte coreográfica representa el ir y venir en toda la parcela con el Mayor al frente.
En esta danza, la música solo se toca con violín en Toluca de Guadalupe, Acopinalco del Peñón, Cuapiaxtla, Vista Hermosa, Rancho Seco, Santa Clara, Zotoluca, Terrenate, Chignahuapan, Ixtacamaxtitlán, Coyoaco y Atlangatepec. Y quien empieza a meterle guitarra es don Floriberto porque quiere que se escuche más bonito.
La Danza de los Negritos, revisando los asentamientos humanos, remiten a Tenexac, pero no porque existiera la raza negra. Esa parte de tiznarse la cara es por el hecho de que el Gracejo no sea reconocido y se pinta con tizne, anilina o crema, pero hay que hacer un estudio antropológico para ver si hubo algunos negros que llegaran a esa región de Puebla,
El significado religioso de la danza
El profesor Javier Castro comenta que en determinadas fechas del año se hacen peregrinaciones, por ejemplo, de Texocuixpan a Toluca de Guadalupe, pues la gente recurre al santo que la protege, ayuda y al que le van a pedir algún favor.
Hay otra peregrinación que se hace en honor al padre Jesús de Brito, que es una imagen muy querida en la región y la van a traer a Huamantla. Hay fechas que la imagen anda recorriendo las comunidades y por eso como parte de la peregrinación se realiza la Danza de los Negritos durante el trayecto o en las casas. “Es una comunicación que existe entre el sujeto y la deidad. Las peregrinaciones son sociales, reúnen a la gente, hay abuelitos, adultos y niños”, observa.
Sin embargo, advierte que los niños van perdiendo el interés por esta danza de carácter religioso, si bien son católicos, pues sólo lo hacen por recreación.
“Una apreciación sustancial es que tiende a perderse esta danza porque los niños ya no quieren participar. Incluso he tenido que llevar a algunos de mis alumnos para complementar la danza”, apostilla.

Otra amenaza es que ya hay contadas personas que tocan la música con violín de esta danza, es decir, los que saben los sones de la entrada, cruz, despuntado, media vuelta, vuelta entera, coyotito, salutaciones, despedida y cadena, aunque en otras comunidades hay otros, “hablamos de 10 u 11 sones o más en otros lugares, es música diferente, aunque el paso es el mismo”.
Preservar a los músicos es determinante para la continuidad de la danza, “si don Floriberto deja de tocar en Toluca, está su hijo, pero si en la región de Tlaxco deja de tocar don Magdaleno, ahí se acabó todo porque ya no hay más y él toca como a cinco danzas en esa región”.
Javier Castro sugiere que las casas de cultura ayuden a la preservación de la música, que lleven a niños con el señor que sabe tocar para transmitir los sones, pero lamentablemente la gente se inclina más por la música de Carnaval y no por las danzas religiosas, por eso –recalca– tienden a perderse.
Menciona que en Acopinalco del Peñón el señor Juventino Hernández lleva la batuta de esta danza y le preocupa la música porque a veces no puede ir don Magdaleno a tocar y quisiera grabarla en un disco, pero no tiene el equipo para hacerlo con buena calidad.
Las personas que él conoce y que tocan el violín son don Magdaleno en Acopinalco del Peñón, a don Floriberto en Toluca de Guadalupe y otro señor del que no recuerda su nombre, y que es de Atltzayanca, “son unos seis los que aún quedan que tocan la música de la Danza de los Negritos. Cada uno tiene sus piezas diferentes”.
Los protagonistas de la danza
Gregorio Moreno Vázquez tiene 58 años de edad, es originario de Terrenate y vive en Los Ameles. Empezó a tocar el violín desde los 13 años de edad viendo a su padre, “lo que yo sé y domino es lo que he avanzado, nadie me enseñó tonos, todo ha sido de manera autodidacta”.
Recuerda que su padre tocaba con un grupo de personas y “se oía bonito escuchar dos o tres violines, me dio curiosidad por aprender, tardé como un mes y medio o dos meses para sacar una pieza… trabajo fue la primera porque empecé a avanzar y avanzar hasta lo que hoy sé que es dominar el violín”.
A los 17 o 18 años de edad lo empezaron a ocupar para tocar la Danza de los Negritos, “yo decía que no sabía los sones, aunque desde los 8 años salía en la danza, me sabía los pasos. De 1978 para acá cualquier persona me empezó a conocer, de Villarreal, de Guadalupe Victoria, de Terrenate, del Capulín, de Los Ameles”, agrega.
Don Gregorio conoce siete sones de la danza, pues aparte de la reverencia, que es cuando se entra y sale, con lo cual se despide de la imagen o de la iglesia, “están la vuelta entera, cuatro vueltas, coyotito, la suerte, el despuntado, la vuelta entera y la media vuelta”.
“Desafortunadamente no ha habido alguien que se interese por los sones, nadie se interesa por esta danza, los de ahorita somos los que la estamos preservando. Sí me gustaría enseñarle a alguien a tocar los sones con el violín, al final de cuentas no voy a vivir toda la vida, les ha dicho a los jóvenes que aprendan, pero no y si no lo aprenden se va a acabar”.
Asegura que no es egoísta, “me gustaría que esto siga adelante, si no son mis hijos, cualquier otro joven, esto se tiene que conservar. Para mí representa un gusto, un orgullo saber tocar todo esto”.
Otro exponente de esta música es Ciro Armando García Montes, de 86 años de edad, quien por su avanzada edad ya no toca el violín, “ya ni puedo afinarlo, ya tiene años que dejé de hacerlo”, se lamenta este hombre que vive en la comunidad de Nicolás Bravo, Terrenate.

Rememora que aprendió a tocar el violín a los 8 años de edad y desde la década de los sesentas cada año iba a tocar la danza. “no cobraba, nada más que me dieran el refresco y el taco”.
A don Ciro no le importaba tener que caminar alrededor de 10 kilómetros para ir a traer la imagen de Jesús de Brito a Huamantla, “la fe nos mueve para realizar ese recorrido, siempre le pedía al señor que me diera fuerza”.
También coincide en que ya no hay jóvenes ni niños interesados en aprender la música para esta danza, “la gente que tocaba se está acabado. Ya no tocan. En Galena había uno, otro está en Chipilo, yo ya no toco nada, lo único que toco es la puerta… a los muchachos ya no les interesa, hay que saber afinar el violín, se necesita mucha decisión, mucho corazón”.
Por su lado, el señor Desiderio Gregorio Montes Huerta, también de Nicolás Bravo, habla sobre esta danza, pues él, junto con su hermano Manuel, cumple el papel de Mayor.
A sus 67 años de edad, aún con energía enumera y ejecuta los sones del baile que realizan los de Nicolás Bravo: coyotito, suerte, media vuelta, cuatro vueltas, suerte, la acarreada, el despuntado, coyotito y la reverencia, enumera moviendo sus pies entre la tierra.
La Danza de los Negritos se realiza en esta comunidad el 6 de diciembre, cuando van a traer la imagen de Jesús de Brito a Huamantla, “esta tradición la dejaron nuestros antepasados. Bailan niños, niñas y mayores”.
“El negro Mayor, como yo, me pongo dos listones cruzados, se nombra banda, agarra uno su corona con papel, el Mayor va en medio de las dos filas que se hacen y los Gracejos van viendo que hagan bien el baile los niños que van a los costados. El Mayor lleva una cuarta de cuero y los Gracejos llevan un zorrillo y un chicote que truenan. El zorrillo solo es la piel que se llena de aserrín o paja”, especifica.
La danza la hacen por su devoción al patrón San Nicolás y a Jesús de Brito, esta última imagen la van a traer a Cuauhtémoc y por los pueblos que pasan bailan un rato, descansan y vuelven a bailar hasta llegar a la iglesia de Nicolás Bravo, “se despide uno de la imagen, se le da un abrazo, a los niños también y se sale uno de la procesión”.
Explica que la persona que toca el violín es la que va marcando los pasos. En esta comunidad, el grupo se integra por dos Mayores, una Maringuilla, seis o siete Gracejos y los niños que van bailando.
Indica que la Maringuilla es la que pide para que les den refresco y un taco a los danzantes, mientras que el negro Mayor va atento de los niños.
El responsable de cuidar la danza
José Arroyo Hernández hace el papel de Gracejo en Terrenate. Tiene 72 años de edad y empezó a participar en la danza desde los 12 años.
“El Gracejo tiene como función resguardar a los que nos acompañan, debo cuidar mucho de ellos para que no vaya a haber un problemita. Por ejemplo, cuando se hace el zapateado, debo estar atento que lo hagan bien para que se oiga todo el golpe”, expone.

Menciona que se pinta la cara porque así lo dejaron como legado sus antepasados e interpreta que es por los esclavos que trabajaron en las haciendas para que entretuvieran a los ricos en las fiestas y así no los acabaran tanto en los destajos.
Explica que el animalito que lleva a cuestas, en su caso un tejón, representa al dios del agua, la fertilidad para un pueblo.
En tanto, el chicote representa al dios del trueno para que comience a llover.
“Iniciamos mi compadre y yo con este papel y no lo hemos perdido, hasta que me muera lo voy a perder, sé que ya voy a caer, pero mi San Nicolás no me va abandonar, siempre le he servido, gracias a Dios”, puntualiza.
José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
- José Carlos Avendaño Flores
Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías
- Fotografía: Federico Ríos Macías








