Economista por la UNAM. Maestría en Comunicación Política y Gobernanza Estratégica en la George Washington University.
Doctora en Administración Pública por el Instituto Nacional de Administración Pública.
Claudia Corichi creció observando las luchas de su madre por causas sociales, lo que definió su camino. Hoy es una líder comprometida con la lucha por la igualdad de género, que ha enfrentado violencia política y ha aprendido a ver los fracasos como oportunidades de crecimiento.

—¿Cómo se siente en esta etapa de su vida?
—Me siento muy satisfecha y plena. Disfruto mucho luchar por las causas que aprendí desde niña, tanto desde la administración pública como desde la sociedad civil con la organización de 50+1. Estoy estudiando, tengo dos hijos maravillosos y un esposo que es mi equipo de amor y admiración mutua.
—¿Imaginó de niña ser la mujer que es hoy?
—No necesariamente imaginé ser la mujer que soy hoy. De niña quería ser una mujer libre, feliz, estudiar; siempre me imaginé autosuficiente. Al ver a mis primas o amigas casarse muy jóvenes, siempre tuve claro que quería primero mi propio desarrollo, ser autónoma, autosuficiente y sentirme con un grado importante de libertad. Eso me lo inculcó mucho la vida que viví con mi mamá, siendo ella una mujer que abrió brecha en el feminismo, con mis dos abuelas de mucho carácter y con hombres y mujeres de la familia que siempre respaldaron esta autonomía.
—¿Qué momento de su vida es el que más la ha marcado?
—La etapa de mi infancia, viendo las luchas que mi madre daba por causas sociales; eso para mí fue determinante. También estudiar la secundaria en el centro activo Freire, donde la lectura me abrió un mundo nuevo. Al entrar a la UNAM, me marcó la lucha en la Facultad de Economía por las reformas al plan de estudios, así como mi activismo contra las cuotas.
—¿Es difícil ser mujer?
—Sí, es un reto, porque no tienes un piso parejo. Hay enormes prejuicios, machismo y un pacto patriarcal que nos margina o cosifica. Es difícil ser mujer cuando tienes miedo de salir sola a la calle o que tus hijos lo hagan. Ser mujer triplica las posibilidades de que no regreses a casa, se nos mira de otra manera. A las mujeres en espacios de liderazgo no solo se nos exige más, se nos mide de otra manera. Hay muchos prejuicios que en los hombres no hay, prejuicios por tu físico, cómo vistes, cómo te diviertes, si eres buena o mala madre.
Hay muchas tareas adicionales y de cuidados que hacen que sea mucho más duro y que te quedes prácticamente sin vida propia.
—¿Cómo ha vivido la violencia, si es que se ha presentado en su vida?
—Recuerdo que tomaba clases de pintura en el Castillo de Chapultepec; mis papás me querían autosuficiente y viajaba sola en metro a los 12 años, donde sufrí acosos. Viví mucha violencia política al ser muy atacada por un medio de comunicación en mi estado, que me hacía daño, le hacía daño a mi mamá y a mi abuela; era como una forma de advertirme que no entrara en el círculo de decisiones. Como diputada encabecé una lucha junto a Amnistía Internacional para denunciar la tortura sexual a manos de cuerpos policiacos o de los cuerpos armados en México. Vi las historias más desgarradoras de mujeres. Aunque me afectó profundamente, tenía que dar esa batalla por que se visibilizaran las violencias e intentar que esas mujeres tuvieran justicia.
—¿En los días difíciles qué hace por usted?
—Medito un poco y respiro. Lo más importante es el valor que me doy a mí misma y la paz de saber que doy lo mejor en mis causas. No me deprimo fácilmente. He aprendido e intento ahora ver más las cosas buenas de la vida y valorar profundamente lo más importante: que tengo vida, salud, una familia a la que amo profundamente y muchas causas por las cuales luchar.
—Las mujeres estamos en circunstancias distintas a otra época, ¿qué considera que nos toca hacer a esta generación?
—Nos toca no dar por sentado que las cosas que hemos avanzado en México son para siempre. Un reto enorme, principalmente para el Estado, pero también para la sociedad y nosotras, es la lucha contra las violencias.
Desde mi entorno, lo que tenemos que transformar ya son las oportunidades económicas para las mujeres, incorporarlas al mercado laboral en igualdad de oportunidades. Y para reducir la brecha salarial, un tema fundamental es el sistema nacional de cuidados, pero también un estado cuidador.
—El peor fracaso o momento de su vida ¿Qué le enseño?.
—No lograr ser diputada me enseñó a ganar mucha seguridad para enfrentar difamaciones y violencia política. Me permitió explorar nuevas oportunidades, como estudiar una maestría, crear una consultoría y ser madre.
Aprendí que los fracasos en política revelan quiénes son verdaderas amistades, quién te busca por ti y no por un interés. Saber que nada es para siempre y hay que encausar lo más que puedas hacer por los demás y por las causas que enarbolas.
—¿Cuál considera que es la mayor virtud de nosotras las mujeres?
—Somos fuertísimas, resistentes, perseverantes. No hay un hombre que pueda parir como nosotras, somos multitask. Valiosas en el ámbito laboral por nuestra capacidad de manejar muchas tareas. Nuestra fuerza y sensibilidad nos dan equilibrio. Tenemos una visión de mayor presupuesto, de resolución de conflictos, propensas a la paz porque tenemos mucha sensibilidad.
—Un defecto…
—Un defecto que no es nuestro, es un defecto cultural, que nos creímos la historia que nos impuso la cultura patriarcal, de sentir que no merecemos estar en primer lugar en todo y autocensurarnos. El mayor defecto es creerle a esta cultura patriarcal e incluso asimilar el machismo como propio.

Me gustaría que completara las siguientes frases:
Las mujeres no deberían: No deberían quedarse fuera.
Los hombres no deberían: No deberían ser machistas.
“Fuerte e intrépida”
Marisol Fernández Muñoz
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Lucero Ivonne Peña Jiménez
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